«Pero estaba bien. Todo estaba bien. Había conseguido la victoria sobre sí mismo. Él amaba al Gran Hermano», escribió Eric Arthur Blair (1903-1950) en la soledad de la isla de Jura, en Escocia, quién sabe si con la apacibilidad del oficio literario, o si con un escalofrío, ora por darle forma final a una metáfora terrible, ora por su incipiente tuberculosis que lo llevaría a la muerte apenas unos cuantos meses después.
Sea como sea, el peso de la metáfora política que estaba construyendo lo inmortalizaría en el imaginario colectivo. El término «orwelliano» difícilmente dejará de ser usado para designar las afrentas a la intimidad y la democracia.
Eric Blair, que publicaba bajo el pseudónimo de George Orwell, desde el estreno de Rebelión en la Granja en 1945 había adquirido una gran notoriedad en el medio literario y periodístico. Su fábula ya hablaba de los temas más tratados en su novela cumbre: la manipulación de la verdad, la corrupción propia del poder, el control social, la violencia como mecanismo disuasorio, la figura de un líder carismático que catalice la fuerza de un colectivo.
Pero no sería hasta la publicación de 1984 (1949) que su genio literario lograría presentar ante el mundo una de las más lúcidas advertencias sobre el totalitarismo que habríamos de leer como ciudadanos de la contemporaneidad, época que no ha traído menos regímenes demagogos y autocráticos, a pesar de las claras predicciones de Orwell sobre lo que podría llegar a ser el futuro de la humanidad.
¿Por qué dio con esta novela?
La ficha biográfica de Eric Blair perfila a alguien que desde muy pequeño vivió bajo la lógica del poder. Nació en Motihari, India, en 1903. Su padre, Richard Walmesley Blair, un funcionario público en la India Británica, trabajaba con órdenes exteriores, cumpliendo con su deber en el Departamento del Opio, un órgano estatal encargado de exportar esta sustancia adictiva y costosa desde la India hacia la República de China.
Su padre nunca titubeó. Nunca objetó alguna orden. Cumplía con eficiencia con sus obligaciones porque eso mantenía estable a su familia. El futuro George Orwell crecería en una aparente normalidad en la que no se cuestionaba el fondo de las cosas. Una amoralidad que, más que un síntoma, fue toda una enfermedad por sí misma.
Influido por su familia y por la imposibilidad económica de cursar estudios universitarios en Oxford o Cambridge, se volvería parte de la Policía Imperial Británica en Birmania, en 1922. Su perspectiva sobre su propia labor y sobre el colonialismo británico cambiaría drásticamente en apenas cinco años. Ya para 1927, cansado de las ejecuciones, las constantes injusticias y la represión de las cuales él mismo formaba parte, renunció como parte de esta institución y decidió purgarse a través de la escritura.
En 1931 publicaría Un Ahorcamiento, narración cruda en el que describiría una ejecución en la horca que él mismo presenció. Esas y otras experiencias reunidas en Los Días en Birmania (1934) le serían útiles para cuestionar desde la madurez de la vivencia los mecanismos violentos e inhumanos del poder.
Para completar su vista panorámica sobre la política autocrática, se embarcó en un viaje hacia el Reino de España en diciembre de 1936. Quería apoyar la causa republicana en la Guerra Civil Española (1936-1939) como militar en contra del fascismo del futuro dictador Francisco Franco.
Logró escapar milagrosamente de las purgas anticomunistas de Barcelona en junio de 1937. Su paso como soldado le dio vida a su libro Homenaje a Cataluña (1938), en el que señalaría las fuertes divisiones existentes en el bando republicano, criticando duramente las narrativas capciosas no sólo de la derecha política, sino también de la izquierda.
Estaba desencantado. Independientemente del lado en el que se encontrara, ya sea en el oficialismo o en la oposición, chocaba con los mismos vicios e infortunios de la violencia y el despotismo. Parecía imposible figurarse una realidad en la que no entraran en conflicto las fuerzas del poder, perjudicando a las poblaciones necesitadas de algo más importante: justicia.
El hilo conductor: el individuo
George Orwell, había visualizado en su fábula Rebelión en la Granja (1945) la imagen de una sociedad acomodada por mitos, altamente sujeta a un liderazgo político que manipula la verdad; una población que es usada como arma contra sí misma. En 1984 Orwell decide ser todavía más frontal.
Concibe la historia de una sociedad injusta y manipulada, una sociedad distópica. Pero más allá de eso, la novela orwelliana es una novela del individuo y de la integridad del yo, ese yo que recorre nuevas y extravagantes formas de destrucción en cada vericueto de la trama.
Ese ciudadano individual, ya famoso por el tiempo, se llama Winston Smith. Trabaja en el Ministerio de la Verdad falsificando documentos históricos y adaptándolos a la realidad conveniente del Partido, el ente político que gobierna con mano dura Oceanía, un superestado que abarca Australia, todas las islas del Pacífico, América y Gran Bretaña.
El conflicto novelístico se genera a partir de una acción íntima y muy peligrosa de Winston: la decisión de comprar papel, tinta y pluma y escribir sus pensamientos en una suerte de diario. Escapando de las telepantallas y de sus micrófonos y cámaras, Winston halla un espacio en el que pensar por sí mismo. Y allí comienza todo: desde la interioridad del individuo se gesta la gran lucha contra la maquinaria social del Gran Hermano, el líder de la Revolución.
No es vano destacar esta decisión narrativa de Orwell. En vez de describirnos con un worlbuilding imparcial el punto fuerte de su novela, que es la construcción del régimen político que él vaticinaba para el futuro, decide utilizar a un ciudadano promedio, quizás hasta vulgar y antiheroico, para plantearnos los grandes dilemas de su mundo distópico.
A lo largo de la trama es fácil empatizar con Winston. Y es fácil porque no tiene grandes atributos. No es ni muy inteligente ni muy estúpido. Ni muy valiente ni muy cobarde. Un hombre sin atributos, similar al de Robert Musil.
No había nadie más idóneo para reflejar al gran grueso social: un hombre promedio que se hace preguntas sobre su pasado y cuestiona con cierto vértigo y miedo su futuro; un futuro, como puede suponerse, no muy plácido en este terrible entramado político que figuró Orwell.
Algunas de las famosas predicciones
Si por algo es conocido 1984 es por haber sido predictivo con los dilemas existenciales y políticos que vendrían luego de su publicación. Es algo natural, a nuestro entender. Eric Blair vivió de primera mano los terrores del autoritarismo, y regímenes de esa índole han sobrado en la segunda mitad del siglo XX y en pleno siglo XXI.
Aun así, muchas de sus propuestas teóricas brillan especialmente por su sutilidad, una sutilidad que enmascara un genio enorme. Una de las que más llamó mi atención en la segunda lectura que le di a esta novela es el versificador¸ una especie de caleidoscopio textual que diseña versos y canciones enteras para mantener entretenida a la prole:
«La tonadilla llevaba oyéndose semanas por todo Londres. Era una de tantas canciones parecidas publicadas a beneficio de los proles por una subsección del Departamento de Música. Las letras de aquellas canciones se escribían sin la menor intervención humana con un instrumento conocido como versificador». (Blair, E., 1949, p.102)
Además de ver al versificador como una versión casi literal y arcaica del funcionamiento de los generadores de texto con Inteligencia Artificial, podemos conseguir otro interesante hallazgo predictivo en las telepantallas, cuyo equivalente contemporáneo es, sin lugar a dudas, el teléfono móvil y su omnipresencia:
«La telepantalla recibía y transmitía al mismo tiempo. Era capaz de captar cualquier sonido que hiciera Winston por encima de un susurro muy bajo; es más, mientras estuviera en el campo de visión dominado por la placa metálica podían verle y oírle. Por supuesto, era imposible saber si te estaban observando o no en un momento dado. Con qué frecuencia o con qué sistema la Policía del Pensamiento encendía la placa de cada cual eran puras conjeturas. Incluso era concebible que vigilaran a la vez a todo el mundo. Pero en cualquier caso podían conectarse contigo cuando quisieran. Tenías que vivir —y la costumbre acababa por convertirlo en un instinto— dando por sentado que escuchaban hasta el último sonido que hacías y que, excepto en la oscuridad, observaban todos tus movimientos». (Blair, E., 1949, p.12)
La mecanización del arte y la hipervigilancia adquieren nuevos significados leyendo la novela en el 2026, año en el que es más que sabido que la I. A. reemplazará puestos de trabajo creativos y que las empresas tecnológicas supervisan de manera pasiva pero ininterrumpida nuestros diálogos cotidianos para insertarnos publicidad adecuada a nuestra realidad.
A estas dos grandes visiones de Orwell le sumamos el concepto de doblepensar. No hay mejor manera de explicarlo que con los lemas del Partido, muy repetidos a lo largo de la novela.
«La Guerra es la Paz.
La Libertad es la Esclavitud.
La Ignorancia es la Fuerza».
George Orwell creó estos eslóganes como doctrinas rigurosas y fijas que, a simple vista, parecen contraintuitivas. Parecen así porque están escritas bajo la lógica del doblepensar, una filosofía impuesta por el Partido para realizar complicadas operaciones mentales en las creencias más personales de los ciudadanos de Oceanía.
«Saber y no saber, tener plena conciencia de algo que sabes que es verdad y al mismo tiempo contar mentiras cuidadosamente elaboradas, mantener a la vez dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer en ambas, utilizar la lógica en contra de la lógica, repudiar la moralidad en nombre de la moralidad misma, creer que la democracia era imposible y que el Partido era el garante de la democracia, olvidar lo que hacía falta olvidar y luego recordarlo cuando hacía falta, para luego olvidarlo otra vez. Y, por encima de todo, aplicar ese mismo proceso al propio proceso. Esa era la mayor sutileza: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego, una vez más, volverse inconsciente del acto de hipnosis que acababas de realizar. Incluso la comprensión del término «doblepensar» implicaba el uso del doblepensar». (Blair, E., 1949, p.32)
Sólo la guerra continua puede distraer a las masas y mantenerlas unidas bajo el mandato de la producción. Asimismo, sólo esclavizándonos al Partido y al Gran Hermano podremos conservar algo de nuestra vida, es decir, la libertad. Sólo manteniéndonos ignorantes seremos un solo Estado, a las órdenes del Partido, a las órdenes de Oceanía, dotando de fuerza al Gran Hermano.
Así es como se cumplen los tres principios contradictoriamente integrados en el mundo de 1984. Lemas que la población cree y descree, hasta que finalmente los vuelven parte de sí.
Eso, junto con un idioma autóctono de la novela denominado neolengua, explícitamente empleado para simplificar el lenguaje, son parte de la fórmula para un paseo sin final por el poder. Mecanización, vigilancia, narrativa, lenguaje. Pero le falta un último elemento a la fórmula.
¿Quién es el Gran Hermano?
El poder no funciona sin un centro. El centro en el mundo de 1984 es el Gran Hermano. Su nombre apela a la fraternidad y a la seguridad de un hermano mayor. Además, su apariencia de hombre robusto con un bigote negro evoca la imagen de Iósif Stalin, figura repudiada por Eric Blair. El Gran Hermano es eso: un caudillo emblemático cuyo rostro se encuentra junto con una frase anexa que puebla de forma casi total las calles y espacios del Londres anodino y gris que recorre Winston Smith, nuestro protagonista:
«El Gran Hermano te vigila».
No se sabe nada del Gran Hermano más allá de que fue y es el líder de la Revolución. Durante la novela se revela que podría no estar vivo o siquiera ser alguien de carne y hueso. El Gran Hermano es un símbolo. Es ubicuo; está en todas partes, acechando con su mirada. Esa aparente camaradería de su nombre no es más que un artilugio para igualarlo con los proles y el resto de ciudadanos subyugados bajo su mando. En 1984 el Poder no reside en un individuo, lo hace en la idea de un individuo, la cual es usada en abstracto por un montón de personas que componen la élite del Partido.
Podríamos decir que el Gran Hermano moderno es cualquier jefe de Estado que se volvió símbolo más que humano, casi como en la religiosidad. Esa iconografía característica del comunismo soviético y el nazismo, pero también de regímenes actuales que omitiremos mencionar. El Gran Hermano, hoy más que nunca, nos vigila. Y sumado a la innovadora visión técnica de Orwell, quizás el Gran Hermano podría ser tanto un presidente o líder convencional como también un tecnócrata que teje telarañas digitales de control en la nube.
Hay que aprender la lección
La enseñanza esencial de la relectura que podamos llegar a tener de Orwell en el 2026 es que somos vulnerables. El Poder constantemente busca nuevas y más eficientes maneras de perpetrarse y justificarse a sí mismo como finalidad. Leibniz creía que vivíamos en el mejor de los mundos posibles; Schopenhauer, lo contrario, aseveraba que nos hallamos en un infierno entre el sufrimiento y el aburrimiento propios de la condición humana. Eric Blair, en cambio, se posiciona en una postura todavía más audaz: nos muestra lo frágil que es la individualidad desde la propia crueldad humana. Porque el Partido no está compuesto por alienígenas o animales. Son seres humanos. Y todas las injusticias políticas del mundo real fueron hechas por humanos para humanos.
El hombre es el lobo del hombre
Somos vulnerables ante nosotros mismos. Homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre) decía Thomas Hobbes. Pero en el viaje de Winston vemos más que eso. Vemos una cotidiana individualidad creciente que se proyecta hacia el infinito desde las letras de Orwell. Recorremos junto con él la mínima esperanza de salvación, de redención, de justicia, de Amor.
Personajes como la mamá de Winston y Julia, su interés romántico, las únicas protagonistas femeninas de la trama, generan, como es de esperarse, ese único espacio de intimidad al que el Partido no puede acceder del todo o siquiera destruir. El Amor es la última baza en contra del Gran Hermano.
George Orwell lo entendió muy bien. Los oficiales en Birmania podrán darle órdenes irremediables; un colega republicano podrá traicionarlo en el último momento; la Segunda Guerra Mundial dejaría millones de muertos a lo largo del planeta… pero nadie, absolutamente nadie, pudo arrebatarle a Blair cierta libertad íntima y discreta con la que decidió no aceptar el mundo tal y como le fue concebido. Tratar de reinventarlo con palabras; tratar de ser libre, al menos de una forma, en él. Él escogió, y nosotros también podemos, no amar al Gran Hermano, sino amar a la Humanidad.
1984 es la muestra inmortal de que Eric Blair consiguió su objetivo de vida: hacer de la escritura política un arte, inspirando a nuevas generaciones a continuar con su legado.