Abandonar a un gato apareció como libro en Japón en abril de 2020 con el título Neko o suteru: Chichioya ni tsuite kataru toki, después de que el texto se publicara el año anterior en la revista Bungei Shunjū. La edición de Bungeishunjū incorporó trece ilustraciones de Gao Yan y presentó el ensayo como la primera ocasión en que Haruki Murakami escribía extensamente sobre la experiencia bélica de su padre y sobre sus propios orígenes familiares. El relato comienza mucho antes de esa investigación, cuando el autor recuerda una excursión en bicicleta durante la cual acompañó a su padre para abandonar una gata y, al regresar a casa, descubrió que el animal había llegado antes que ellos.
La escena doméstica proporciona una entrada concreta hacia una relación familiar que Murakami había tratado muy poco en sus textos autobiográficos. A partir de ella, el ensayo retrocede hacia la juventud de Chiaki Murakami y examina cómo la guerra intervino en una vida que inicialmente parecía encaminada hacia otros estudios. El movimiento entre ambos tiempos determina la construcción del libro, porque aquello que el hijo recuerda conduce hacia episodios que necesitan comprobación documental antes de incorporarse al relato. Esa diferencia entre experiencia personal e investigación histórica permite que la figura del padre aparezca progresivamente, sin convertirse desde el comienzo en una explicación cerrada.
La gata como origen de la reconstrucción
Cuando Murakami vuelve a aquella salida de su infancia, conserva con claridad el recorrido hasta la costa y la sorpresa de encontrar a la gata nuevamente en casa. El comportamiento del animal desconcierta también a su padre, cuya reacción mezcla asombro con alivio cuando comprende que el intento de abandonarla ha fracasado. La versión publicada por The New Yorker en 2019 sitúa este episodio al comienzo del texto, antes de que la narración se desplace hacia asuntos familiares mucho más difíciles de reconstruir.
Ese orden resulta decisivo porque el primer recuerdo contiene ya una ausencia que después reaparecerá bajo otras formas. Murakami puede reconstruir lo que ocurrió durante aquella mañana, aunque no consigue explicar por qué su padre había decidido desprenderse del animal. En lugar de completar retrospectivamente ese vacío, conserva la incertidumbre y permite que forme parte del relato. Cuando más adelante empieza a investigar la juventud paterna, el mismo criterio obliga a diferenciar aquello que conoció directamente de lo que solo pudo establecer muchos años después.
La transición desde la gata hacia el padre adquiere así una lógica precisa. El episodio inicial recupera una imagen compartida entre ambos y, desde esa cercanía, abre una pregunta más amplia acerca de cuánto puede conocer un hijo de la vida anterior de sus padres. El ensayo empieza en una experiencia común porque esa proximidad vuelve más visible la distancia que aparecerá cuando la narración alcance los años de guerra.
La guerra en la vida de Chiaki Murakami
El pasado militar de su padre exigía una reconstrucción distinta, ya que durante muchos años Murakami había contado con información incompleta acerca de las unidades en las que había servido. Chiaki había nacido en 1917 dentro de una familia vinculada al budismo y cursó estudios antes de incorporarse al ejército japonés, experiencia que interrumpió una trayectoria orientada hacia la vida académica. La guerra entró de ese modo en su biografía antes de que naciera Haruki y continuó influyendo sobre la relación entre ambos mucho después de terminado el conflicto.
Una de las dudas más delicadas estaba relacionada con Nankín, porque Murakami había temido que su padre pudiera haber participado en la campaña asociada con la matanza de 1937. La revisión de las fechas le permitió establecer que aquella incorporación militar fue posterior, precisión que modifica un aspecto concreto de la historia familiar sin eliminar la presencia de la violencia bélica. El padre había contado en casa otro episodio relacionado con la ejecución de un prisionero chino, y esa narración dejó en el hijo una impresión que reaparece cuando intenta comprender qué experiencias habían acompañado a Chiaki después de regresar a la vida civil.
Lo que el padre llegó a contar
La violencia conocida a través de ese relato adquiere otra dimensión cuando Murakami recuerda las plegarias que su padre recitaba diariamente ante el altar familiar. Chiaki explicaba que rezaba por quienes habían muerto durante la guerra, gesto que el hijo observó durante años sin disponer todavía de todos los elementos necesarios para relacionarlo con el pasado militar. Solo después, cuando empezó a reconstruir aquella etapa, ambas imágenes pudieron quedar próximas dentro del mismo relato.
Esa proximidad tampoco autoriza a explicar por completo el comportamiento del padre, y Murakami conserva esa limitación cuando examina la distancia que apareció entre ambos durante la vida adulta. Su salida de la casa familiar fue seguida por un alejamiento prolongado que redujo las oportunidades de preguntar directamente por aquellos años. Cuando el autor decide escribir sobre Chiaki, buena parte de lo que desea conocer ya depende de documentos y de recuerdos parciales, condición que modifica el sentido de la investigación: reconstruir al padre exige también reconocer qué preguntas llegaron demasiado tarde.
Las preguntas que llegaron después
La imposibilidad de conversar ya con su padre obliga a Murakami a trabajar desde las consecuencias de una vida cuyas causas solo conoce parcialmente. Esa limitación adquiere especial relevancia cuando reconstruye las sucesivas incorporaciones de Chiaki al ejército, pues pequeños cambios administrativos determinaron si permanecía estudiando o era enviado nuevamente al servicio militar. El hijo observa esas bifurcaciones desde una posición inevitablemente posterior y advierte que cualquiera de ellas podría haber alterado la cadena de acontecimientos que terminó haciendo posible su propio nacimiento.
El interés del ensayo se desplaza así desde la biografía paterna hacia la relación entre azar y existencia, aunque Murakami mantiene esa reflexión ligada a episodios verificables. Una fecha de reclutamiento o la disolución de una unidad militar dejan de ser información secundaria cuando muestran hasta qué punto una vida dependió de decisiones externas que pudieron tener otro resultado. La historia familiar aparece entonces atravesada por posibilidades descartadas, y esa conciencia modifica también la mirada del autor sobre sí mismo, cuya presencia queda vinculada con acontecimientos que ninguno de sus padres podía prever.
La distancia entre padre e hijo
Aquella dependencia de circunstancias ajenas convive con decisiones tomadas muchos años después, entre ellas el alejamiento que se produjo cuando Murakami dejó la casa familiar. Padre e hijo compartían el interés por la literatura, aunque esa afinidad no impidió que sus vidas se separaran hasta reducir el contacto durante un período prolongado. El ensayo evita localizar la ruptura en una única discusión y la presenta como un distanciamiento que fue adquiriendo duración conforme cada uno siguió su propio recorrido.
La enfermedad del padre permitió finalmente un acercamiento antes de su muerte en 2008, circunstancia desde la cual el libro puede examinar el período anterior sin fingir que todas las diferencias quedaron resueltas. Murakami escribe desde una relación que tuvo cercanía y después silencio, por lo que la reconstrucción conserva afecto sin convertir a Chiaki en una figura idealizada. Esa posición explica también la atención concedida a episodios aparentemente menores: una salida en bicicleta puede revelar una proximidad que los grandes acontecimientos familiares no siempre permiten recuperar con la misma precisión.
La relación entre ambos adquiere por ello una forma distinta de la que tendría una biografía convencional. Murakami selecciona momentos que permiten reconocer al padre desde perspectivas sucesivas y deja fuera largos períodos cuando carece de información suficiente para describirlos. Esa economía mantiene visibles las zonas desconocidas y evita que la investigación posterior produzca una continuidad artificial.
La historia familiar frente a la historia de Japón
La experiencia de Chiaki adquiere un alcance histórico porque su juventud coincidió con la expansión militar japonesa en China y con una guerra que reorganizó las posibilidades de toda su generación. Murakami introduce ese contexto únicamente cuando afecta la trayectoria paterna, de modo que los acontecimientos nacionales aparecen a través de sus consecuencias sobre una persona concreta. La escala del ensayo permanece familiar incluso cuando entra en uno de los períodos más violentos de la historia japonesa del siglo XX.
Esa elección resulta especialmente significativa cuando el autor corrige sus propias suposiciones acerca de Nankín. La investigación documental establece que su padre no estuvo allí durante la matanza, pero la precisión cronológica conduce hacia otra forma de violencia que Chiaki sí había relatado. El esclarecimiento de un dato abre entonces un problema distinto en vez de cerrar el anterior, porque conocer mejor el itinerario militar no permite establecer cómo aquellas experiencias fueron procesadas durante las décadas posteriores.
Murakami conserva ese límite y evita atribuir retrospectivamente una explicación psicológica a cada comportamiento del padre. Los rezos cotidianos pueden relacionarse con la guerra porque Chiaki explicó a quiénes estaban dirigidos, mientras otros rasgos quedan sin una causa comprobable. La diferencia entre ambas situaciones permite que el ensayo mantenga separadas la documentación y la interpretación.
Una autobiografía concentrada
La brevedad de Abandonar a un gato condiciona la forma en que esa investigación llega al lector. En lugar de recorrer de manera exhaustiva la vida de Chiaki, el texto selecciona escenas cuya relación se vuelve más clara a medida que avanza la reconstrucción. La gata del comienzo, por ejemplo, reaparece indirectamente en la reflexión final sobre otro animal de la infancia, recurso que devuelve el relato al ámbito doméstico después de atravesar los años de guerra. Esa estructura circular mantiene unidos dos tiempos muy alejados sin exigir una cronología completa.
Las ilustraciones también intervienen en esa concentración. La edición japonesa de 2020 incorporó trece imágenes de Gao Yan, mientras otras versiones internacionales adoptaron soluciones visuales diferentes, circunstancia que confirma el carácter editorialmente singular del volumen. La combinación de un ensayo breve con imágenes de página completa ralentiza la lectura y concede espacio a episodios que en una edición exclusivamente textual quedarían mucho más próximos entre sí.
Esa forma distingue el libro de otros textos autobiográficos de Murakami porque aquí la reconstrucción familiar ocupa prácticamente todo el espacio disponible. Las referencias a su carrera literaria aparecen cuando permiten precisar la distancia respecto de su padre y desaparecen cuando dejan de cumplir esa función. El resultado permanece concentrado en una relación concreta y en los límites que encuentra el hijo cuando intenta reconstruirla décadas después.
El lugar de Abandonar a un gato en la obra de Murakami
Dentro de una producción en la que los datos familiares suelen ocupar un lugar discreto, este ensayo representa una exposición excepcionalmente directa de los antecedentes del autor. El padre deja de aparecer como referencia lateral y se convierte en el centro de una investigación que obliga a Murakami a relacionar su historia personal con hechos anteriores a su nacimiento. Esa decisión acerca el texto a sus ensayos autobiográficos, aunque aquí la atención permanece puesta en otra persona durante buena parte del recorrido.
La publicación inicial en The New Yorker en 2019 hizo visible esa diferencia antes de que el texto llegara al formato de libro. La revista lo presentó como una historia personal, categoría que corresponde mejor a su construcción que una separación rígida entre autobiografía y ensayo histórico. Murakami parte de escenas que puede narrar en primera persona y amplía su alcance cuando la vida del padre exige consultar hechos exteriores a la experiencia del hijo.
El movimiento final regresa a esa primera persona sin resolver todos los interrogantes planteados durante la reconstrucción. Después de establecer fechas y corregir algunas suposiciones, permanecen decisiones familiares cuyo motivo exacto ya no puede recuperarse. Esa diferencia entre lo comprobado y lo inaccesible determina la forma del libro y explica por qué el episodio de la gata conserva su lugar al comienzo: Murakami conoce perfectamente lo que ocurrió aquella mañana, pero todavía desconoce por qué ocurrió.