El folk horror es uno de los subgéneros más apasionantes que se desprenden del terror. Desde sus inicios en fogatas nocturnas, utiliza el folclore para invocar en sus lectores, escuchas y televidentes sensaciones como el miedo y la aprensión. Sus elementos típicos suelen ser un entorno rural, superstición, religiones populares, paganismo, sacrificios y aspectos oscuros de la naturaleza, como bosque, ríos, casas y caminos solitarios.
Dentro de la literatura y el cine, el folk horror tiende a valerse de las creencias populares de las personas más que de aspectos sobrenaturales que funcionen por sí mismos. Es decir: aquí, el credo pesa más que la fantasmagoría. Libros específicos que podemos citar para ejemplificar el concepto son El Wendigo de Blackwood y El gran dios Pan de Machen.
«Ave nocturna», de la escritora y poeta venezolana Levannys Figueroa, es un cuento de folk horror corto que, precisamente, ilustra cómo la creencia en un ser sobrenatural invade la mente de su protagonista hasta desdoblar su realidad, siendo este uno de los textos más directos y costumbristas de la autora.
«Ave nocturna»
Volví a abrir los ojos a causa del «tic» de sus uñas, igual que la noche de ayer y la anterior a esa; el sonido de sus garras en mi ventana se había convertido en mi reloj, en agujas de tejer que construían un nido encima del techo de mi cuarto y más abajo.
«Otra vez no», pensé.
La luna se posaba en el cielo, dejándome ver con más claridad las copas de los árboles del patio, que reposaban calmos en la tierra sin participar en lo que ocurría sobre ellos.
Desvié la mirada con rapidez y cerré los ojos de nuevo, a sabiendas de los hábitos de la criatura. Después, me tapé con las sábanas y me aferré a un viejo oso de peluche de mi abuela, como si su cuerpo de felpa me pudiera proteger del peligro.
Mientras lo abrazaba, mi presión arterial bajó de golpe. Sentí náuseas.
Me propuse rezar, pero no fui capaz de construir una oración correcta. No recordaba el «Credo» o el «Padre nuestro». A la par, ella, él, o… eso, tamborileaba con las uñas en la madera, haciéndome abrir un ojo y mirar de soslayo una forma gaseosa que, muy lentamente, se fue volviendo un cuerpo palpable. En ese momento, una pata gris se asió a la barandilla, y luego otra. Entonces, abrí ambos ojos. Después, no fui capaz de moverme.
¡Si tan solo hubiera podido formular un pensamiento coherente! —un «vete», un «largo», ¡cualquier cosa!—.
Pronto, el frío y el calor fluctuaron en todo mi cuerpo; el ventilador se apagó y se prendió repetidamente, pero lo peor era la mancha oscura con olor a tabaco que comenzaba a formarse delante de mí.
Al grito que quedó atrapado en mi garganta lo acompañó la imagen de un ave gigantesca, confeccionada con plumas más negras que las sombras de mi habitación.
La figura me miraba con estoicismo, evaluándome, examinando qué parte de mí iba a engullir primero. Afuera, más alas se batían en el cielo: era una parvada, y si entraban todas, mis padres ni siquiera iban a encontrar mis huesos.
Pasados unos diez largos segundos, entre el sudor y la asfixia, la imagen de mi abuela cruzó por mi mente.
«Las brujas, cuando están hambrientas, pueden llegar a ser criaturas muy estúpidas —decía con propiedad—. Si algún día te amenaza una, grítale que venga a buscar sal al mediodía y se irá».
Cuando dejé atrás esa extraña memoria, traté de clavarme las uñas en las palmas de las manos.
Al principio no lo conseguí, pero el animal puso una pata en mi cama, y luego otra. Eso me sacó del estupor. Tomé aire y, como si se me fuera la vida en ello, le grité:
—¡Ven a buscar sal mañana al mediodía!
No sabía si aquello iba a funcionar, después de todo, las leyendas tienden a malinterpretarse. Sin embargo, al cabo de un rato la bruja giró el cuello con brusquedad, graznó como un cuervo y retomó esa forma gaseosa para salir por la ventana.
No sé decir en qué momento me venció el sueño, porque horas más tarde desperté con el canto del gallo. Respiré aliviada, pues mi desventura de la noche anterior no había sido más que una pesadilla. Era un momento de gran solaz: el cielo se presentaba despejado, los pájaros cantaban, los árboles eran más verdes esa mañana. Era un cuadro tan hermoso que no quise levantarme.
Me quedé allí hasta que el sol pasó de dorado a amarillo. Luego, alguien tocó la puerta.
—¡Ya voy, ya voy! —dije, molesta, después de que tocara por sexta vez—. ¿Quién es?
—Soy yo, mujer, Albania.
Vi por la mirilla y reconocí a la vecina de enfrente, aunque su voz tenía un tono hueco que no le había escuchado antes.
—¡Voy! Déjame encontrar las llaves. ¿Qué necesitas?
—Vine a pedirte un vasito de sal —dijo ella justo cuando sonó la primera campanada de las doce.