David Strauss, el confesor y el escritor apareció en 1873 como la primera de las Consideraciones intempestivas, serie con la que Friedrich Nietzsche intervino directamente en la cultura alemana de su tiempo. La guerra franco-prusiana había terminado dos años antes y la fundación del Imperio alimentaba un clima de confianza que llevaba a identificar el triunfo político con una supuesta superioridad cultural. Nietzsche dirige su ataque contra esa equivalencia y elige como figura central a David Friedrich Strauss, cuya obra La antigua y la nueva fe había alcanzado una amplia difusión entre lectores alemanes. La polémica contra un autor concreto se convierte así en una crítica del ambiente que podía reconocerlo como representante de una cultura satisfecha consigo misma.
Strauss tenía además una trayectoria intelectual que volvía más significativo el enfrentamiento, pues décadas antes había adquirido notoriedad por su crítica histórica del cristianismo. Nietzsche concentra su atención en el escritor de los años setenta y utiliza La antigua y la nueva fe para examinar una actitud que considera extendida entre la burguesía cultivada. De allí surge la figura del «filisteo de la cultura», expresión con la que describe a quien acumula educación y prestigio sin desarrollar una relación exigente con aquello que lee. La primera Intempestiva avanza desde ese diagnóstico hacia un problema mayor: qué ocurre cuando una sociedad confunde la posesión de conocimientos con la existencia de una cultura viva.
La victoria alemana y la ilusión cultural
La crítica comienza con el clima posterior a la victoria sobre Francia porque Nietzsche percibe allí una confusión que afecta directamente la manera en que Alemania se contempla a sí misma. El éxito militar podía interpretarse como prueba de superioridad intelectual, de manera que el resultado de una guerra terminaba trasladándose hacia ámbitos donde esa conclusión carecía de fundamento. La advertencia inicial permite que el ensayo pase rápidamente del acontecimiento político al problema cultural, ya que el peligro reside en que una sociedad satisfecha deje de reconocer sus propias carencias.
Dentro de ese clima, Strauss adquiere importancia porque su éxito editorial ofrece a Nietzsche un ejemplo de aquello que esa nueva confianza considera digno de admiración. El problema deja entonces de limitarse al contenido de un libro y alcanza también al público que lo recibe, pues la autoridad de un escritor depende de lectores dispuestos a reconocerla. De esta manera, atacar a Strauss implica examinar el gusto de una época y preguntarse qué tipo de educación permite que determinadas ideas circulen como expresión de una cultura avanzada.
La condición «intempestiva» del ensayo nace precisamente de esa decisión de escribir contra el consenso inmediato. Nietzsche adopta una posición deliberadamente incómoda frente al entusiasmo nacional y juzga el presente desde criterios que no dependen de su aprobación pública. Ese gesto dará unidad a las otras Consideraciones, aunque en esta primera entrega la polémica conserva un adversario claramente identificado.
El filisteo de la cultura
La figura del «filisteo de la cultura» precisa el blanco de la crítica porque Nietzsche no está describiendo a alguien ajeno a los libros. Su adversario participa del mundo intelectual y utiliza referencias culturales, pero convierte esa formación en una confirmación de los valores ya aceptados por su entorno. El conocimiento deja entonces de abrir un conflicto con las propias certezas y pasa a funcionar como signo de pertenencia dentro de un grupo que se reconoce cultivado.
Strauss representa esa actitud porque La antigua y la nueva fe propone una visión secular del mundo compatible con los avances científicos de su época y ofrece al lector una nueva base para organizar sus convicciones. Nietzsche observa, sin embargo, que la ruptura con la religión tradicional conserva una necesidad de tranquilidad que acerca esa nueva fe a aquello que pretende reemplazar. Por esta razón, su crítica se dirige hacia la clase de seguridad que el libro ofrece y hacia la satisfacción con la que esa respuesta puede ser recibida por un público ya convencido de su superioridad cultural.
El concepto de filisteo permite unir, por ende, al autor con sus lectores. Strauss importa porque expresa una sensibilidad que Nietzsche considera más amplia, mientras el éxito del libro confirma que esa sensibilidad encuentra reconocimiento social. La polémica adquiere así una dimensión cultural que prepara el paso hacia el primer término del título, pues examinar al «confesor» significa preguntarse qué necesidad revela realmente aquello que Strauss presenta como una nueva fe.
Strauss como confesor de una nueva fe
Nietzsche encuentra en La antigua y la nueva fe un intento de sustituir las antiguas creencias religiosas por una visión apoyada en la ciencia moderna. Strauss acepta una concepción naturalista del mundo y busca extraer de ella una orientación capaz de ocupar el lugar que el cristianismo había perdido para muchos lectores cultos. La dificultad aparece cuando esa ruptura doctrinal desemboca en una nueva forma de reconciliación con el orden existente, ya que la renuncia a la religión no conduce necesariamente hacia una revisión más exigente de los valores heredados.
Por esa razón, llamar a Strauss «confesor» permite a Nietzsche tratar sus afirmaciones como síntomas de una posición cultural. La confesión expresa unas convicciones y, al mismo tiempo, revela la clase de tranquilidad que quien las formula desea conservar. Desde allí, la discusión puede desplazarse hacia el segundo término del título, porque Nietzsche no se limitará a examinar qué cree Strauss, sino que estudiará también cómo escribe y qué revela su estilo acerca de la cultura que representa.
Strauss como escritor y el problema del estilo
Después de examinar la nueva fe de Strauss, Nietzsche dirige la atención hacia la prosa con la que esa visión del mundo busca presentarse como expresión autorizada de la cultura alemana. El cambio de foco resulta coherente con el argumento anterior, porque para Nietzsche una obra cultural no puede separarse por completo de la forma en que organiza sus ideas. Por ello, la crítica del contenido continúa en el terreno del estilo, donde las elecciones de lenguaje pasan a revelar la relación que Strauss mantiene con el público al que se dirige.
Nietzsche dedica buena parte de las secciones finales a señalar expresiones que considera torpes o impropias de un escritor presentado como modelo cultural. El tono adquiere allí una agresividad que supera la discusión doctrinal y convierte el ensayo en una intervención polémica de alcance personal. Esa intensidad explica en parte por qué la primera Intempestiva ha sido leída con frecuencia como una pieza menos filosófica que las tres siguientes, aunque estudios recientes han insistido en que el ataque a Strauss forma parte de una reflexión más amplia sobre el adversario cultural y sobre la función que cumple el conflicto dentro del pensamiento temprano de Nietzsche.
La cuestión del estilo permite además regresar al concepto de cultura que había aparecido desde las primeras páginas. Nietzsche entiende una cultura auténtica como una unidad reconocible en las formas de vida de un pueblo, mientras la Alemania contemporánea le parece una acumulación desordenada de influencias que carecen de verdadera articulación. Esa diferencia explica por qué la escritura de Strauss adquiere tanta importancia dentro del ensayo, pues su prosa funciona para Nietzsche como un indicio concreto de la dispersión cultural que viene denunciando.
Cultura y conocimiento acumulado
La crítica al estilo conduce hacia una distinción que atraviesa las Consideraciones intempestivas, donde Nietzsche separa la posesión de conocimientos de una formación capaz de intervenir sobre la vida. La cultura filistea dispone de libros y referencias, aunque esas adquisiciones permanecen yuxtapuestas y no llegan a producir una orientación común. Por esta razón, la abundancia intelectual puede convivir con una profunda falta de criterio cuando aquello que se conoce funciona como ornamento o como confirmación de opiniones previamente aceptadas.
Esta diferencia permite comprender mejor la severidad del ataque contra Strauss. Nietzsche no le reprocha simplemente que posea determinadas opiniones, pues lo presenta como ejemplo de una relación con el conocimiento que ya no exige una transformación de quien lo recibe. El lector culto puede reconocer nombres y aceptar explicaciones científicas mientras permanece satisfecho con su posición dentro del orden existente, situación que para Nietzsche expresa precisamente la distancia entre erudición y cultura.
Las otras Consideraciones retomarán este problema desde objetos diferentes, de manera que la primera pieza funciona como una entrada polémica a un proyecto más amplio. Daniel Breazeale observa que los cuatro ensayos comparten preocupaciones relacionadas con la educación y con la diferencia entre sabiduría y simple acumulación de saber, pese a que sus asuntos inmediatos sean muy distintos. La polémica con Strauss adquiere mayor sentido dentro de esa continuidad, porque inaugura una crítica que pronto abandonará al adversario individual para concentrarse en cuestiones más generales.
Una polémica ligada a su tiempo
La dependencia respecto del contexto inmediato explica también algunas dificultades de lectura actuales. Strauss ocupaba una posición mucho más visible en la cultura alemana de 1873 que la que conserva hoy, y numerosas alusiones del ensayo suponían que el lector conocía tanto su trayectoria como el debate provocado por La antigua y la nueva fe. La primera Intempestiva queda por ello más ligada a su ocasión histórica que otros textos tempranos de Nietzsche, circunstancia que obliga a reconstruir parte de esa polémica para comprender la intensidad de sus ataques.
Esa dependencia histórica no reduce el ensayo a un documento circunstancial, porque el enfrentamiento con Strauss le permite formular una pregunta que continuará apareciendo en Nietzsche bajo otras formas. El problema consiste en determinar qué relación existe entre conocimiento y cultura cuando una sociedad dispone de una gran cantidad de información, pero carece de una orientación capaz de conferirle unidad. La figura del filisteo ofrece aquí una primera respuesta negativa, ya que representa a quien posee los signos externos de la formación sin experimentar el conflicto que una cultura exigente debería producir.
Desde ese punto, la primera Intempestiva puede leerse como una crítica del conformismo intelectual antes que como una disputa exclusivamente religiosa. Strauss había abandonado el cristianismo tradicional y aceptaba buena parte de la ciencia moderna, pero Nietzsche considera insuficiente esa ruptura porque todavía encuentra en su pensamiento una aceptación satisfecha del presente. La distancia entre ambos aparece así en el uso que cada uno hace de la crítica, pues para Strauss puede conducir hacia una nueva estabilidad, mientras Nietzsche exige que permanezca abierta la posibilidad de revisar los valores con los que una época se juzga a sí misma.
El lugar de la primera Intempestiva
Dentro de la serie publicada entre 1873 y 1876, David Strauss, el confesor y el escritor conserva el carácter más directamente polémico. Los textos posteriores dedicarán mayor espacio al sentido de la historia, a Schopenhauer y a Wagner, aunque mantendrán la preocupación por las condiciones que permiten una cultura distinta de la complacencia burguesa. Cambridge University Press señala que las cuatro Consideraciones comparten precisamente esa atención hacia la relación entre vida y filosofía, además de una reflexión temprana sobre la formación individual.
La primera pieza muestra esa preocupación todavía unida a un adversario concreto y a una coyuntura precisa. Su estructura avanza desde la euforia nacional hacia la figura del filisteo, después examina la nueva fe de Strauss y termina sometiendo su escritura a una crítica que busca demostrar la distancia entre fama intelectual y cultura genuina. La agresividad de algunos pasajes puede oscurecer ese recorrido, aunque el ensayo conserva una línea reconocible cuando se lee desde la pregunta que lo organiza: qué clase de cultura celebra a Strauss como uno de sus representantes.
Ese problema explica también por qué Nietzsche recurrió a una polémica tan personal para inaugurar las Consideraciones intempestivas. Atacar al escritor significaba discutir al mismo tiempo con el público que lo había convertido en autoridad y con una Alemania que interpretaba su reciente victoria como confirmación de su superioridad cultural. La primera Intempestiva queda así fijada al momento histórico que la produjo y, precisamente por ello, permite observar con claridad el punto desde el cual Nietzsche comenzó a formular su crítica de la cultura moderna.