De qué hablo cuando hablo de correr, Haruki Murakami: reseña y análisis

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De qué hablo cuando hablo de correr

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De qué hablo cuando hablo de correr (Hashiru koto ni tsuite kataru toki ni boku no kataru koto) apareció en Japón en 2007, publicado por Bungeishunjū, y se aparta de la ficción para construir un relato autobiográfico alrededor de la práctica deportiva que Haruki Murakami había incorporado a su vida veinticinco años antes. La edición española de Tusquets llegó en 2010 y presentó un libro donde las carreras de larga distancia sirven como punto de partida para examinar el trabajo cotidiano de un novelista, su relación con el cuerpo y las condiciones que ha impuesto a su propia escritura. La autobiografía queda acotada por ese propósito, ya que el autor selecciona episodios personales únicamente cuando ayudan a explicar la convivencia entre correr y escribir.

El libro ocupa por ello una posición singular dentro de una trayectoria dominada por novelas y relatos, pues aquí Murakami habla directamente de decisiones que habían acompañado su actividad literaria desde comienzos de los años ochenta. En 1982 vendió el club de jazz que administraba en Tokio para dedicarse por completo a escribir y comenzó a correr poco después, cuando la nueva rutina profesional redujo considerablemente su actividad física. Él mismo reconstruyó aquel período en un texto publicado por The New Yorker, donde sitúa en el otoño de 1982 el comienzo de sus salidas diarias. Esa coincidencia temporal organiza el problema central del libro, porque la carrera aparece ligada desde su origen a la disciplina material que exige una vida dedicada durante horas al trabajo sedentario.

Un diario de entrenamiento que se abre hacia el pasado

Murakami empezó a redactar buena parte del libro mientras se preparaba para el maratón de Nueva York de 2005, circunstancia que proporciona al texto un presente reconocible desde el cual se producen numerosos regresos a décadas anteriores. La estructura avanza entre anotaciones sobre entrenamientos recientes y episodios de su vida como corredor, sin obedecer a una autobiografía cronológica que comience en la infancia y recorra sucesivamente cada etapa. El movimiento depende de asociaciones concretas, porque una sesión de entrenamiento puede llevarlo hacia una carrera anterior o hacia las circunstancias en que empezó a escribir profesionalmente.

Ese marco evita que el libro quede reducido a un registro deportivo. Las distancias recorridas y el estado físico poseen importancia porque proporcionan información verificable sobre una práctica repetida durante años, mientras los recuerdos asociados con ellas permiten examinar cómo esa continuidad afectó su organización diaria. Murakami escribe desde la perspectiva de alguien que ya conoce el desgaste producido por el paso del tiempo, de manera que comparar ritmos o tiempos de carrera también le permite registrar cambios corporales sin separarlos artificialmente del período de vida en que ocurrieron.

La relación entre presente y pasado adquiere fluidez porque cada regreso responde a un problema planteado por el entrenamiento actual. Cuando el cuerpo ya no ofrece los mismos resultados que años atrás, el autor recupera períodos en que correr largas distancias respondía de otra manera al esfuerzo y examina esa diferencia desde una edad posterior. La autobiografía queda así organizada por la experiencia física antes que por una cronología exhaustiva.

Correr después de cerrar el club de jazz

La decisión de dedicarse exclusivamente a la escritura alteró una rutina que hasta entonces había estado dominada por las exigencias de su local. El trabajo en el club requería muchas horas de actividad y horarios nocturnos, mientras escribir novelas imponía largos períodos sentado, por lo que comenzar a correr respondió inicialmente a una necesidad corporal bastante concreta. Murakami recuerda que al principio apenas podía mantener el esfuerzo durante veinte o treinta minutos y que la capacidad para recorrer mayores distancias apareció mediante la repetición cotidiana, no como consecuencia de una predisposición deportiva excepcional.

Un año después de haber iniciado aquella práctica recorrió en solitario el trayecto entre Atenas y Maratón, experiencia que convirtió la distancia clásica en una referencia personal mucho antes de participar regularmente en competiciones organizadas. El episodio ocupa un lugar relevante porque permite observar una característica que reaparece durante el libro, relacionada con la preferencia por actividades prolongadas cuyo resultado depende principalmente de administrar el propio esfuerzo. La carrera de fondo ofrece además una medida externa —distancia, duración, resistencia física— que obliga al narrador a confrontar sus impresiones con aquello que efectivamente puede hacer.

La escritura entra en esa reflexión a partir de una semejanza limitada y concreta. Murakami relaciona ambas actividades con la capacidad de trabajar durante períodos extensos y con la necesidad de repetir una tarea incluso cuando el resultado inmediato no ofrece una recompensa visible. Esa comparación no convierte el entrenamiento en una teoría universal sobre la creación literaria, porque el autor insiste en describir un método personal y vincula sus conclusiones con las condiciones específicas bajo las que ha desarrollado sus novelas.

El cuerpo como condición material de la escritura

Al explicar por qué continuó corriendo durante décadas, Murakami desplaza la atención desde los beneficios deportivos hacia las exigencias físicas de una profesión aparentemente intelectual. Escribir durante meses o años requiere permanecer muchas horas frente a una mesa y mantener la concentración durante períodos prolongados, de manera que la resistencia corporal aparece como una condición práctica del trabajo. La carrera adquiere sentido dentro de ese sistema porque introduce una disciplina paralela capaz de ordenar una parte del día fuera del escritorio.

La relación resulta más precisa cuando el autor separa el talento literario de otras capacidades que considera susceptibles de trabajo continuado. Su razonamiento concede especial importancia a la concentración y a la resistencia necesarias para llevar un proyecto extenso hasta el final, capacidades que vincula con la regularidad antes que con momentos excepcionales de inspiración. La experiencia deportiva le proporciona un vocabulario concreto para examinar ese problema, ya que el entrenamiento obliga a distribuir energía y aceptar que el rendimiento cambia con el tiempo.

Desde ahí, De qué hablo cuando hablo de correr empieza a revelar su verdadera estructura autobiográfica. El libro no intenta reconstruir toda una vida, sino observarla desde una actividad repetida durante décadas y utilizar esa continuidad para examinar cómo se organiza el oficio de escribir cuando deja de ser un impulso ocasional y pasa a ocupar el centro de la existencia cotidiana.

El envejecimiento cambia la relación con el rendimiento

La disciplina que Murakami asocia con la escritura adquiere otro significado cuando el cuerpo deja de responder como en los primeros años de entrenamiento. Buena parte del libro fue redactada alrededor de los cincuenta y siete años del autor, cuando las marcas obtenidas en maratones anteriores empezaban a resultarle difíciles de repetir. En lugar de ocultar esa pérdida de velocidad, incorpora los tiempos más modestos al relato y examina cómo cambia la motivación cuando mejorar una marca deja de ser una expectativa razonable.

Esa conciencia introduce una tensión que diferencia el libro de un manual deportivo. La regularidad puede conservarse durante décadas, pero el esfuerzo ya no garantiza una progresión continua, y Murakami debe ajustar sus objetivos a un cuerpo que también registra el paso del tiempo. El entrenamiento conserva entonces su valor porque proporciona una actividad sobre la que todavía puede ejercer decisiones concretas, incluso cuando los resultados se alejan de los obtenidos años atrás.

La misma observación afecta su manera de hablar sobre la escritura. La continuidad de una carrera literaria depende para él de administrar energía durante períodos extensos y aceptar que cada etapa impone condiciones distintas. Correr le proporciona una experiencia material desde la que pensar esa duración, aunque el libro evita presentar los resultados deportivos como una medida del valor de las novelas.

El ultramaratón y la experiencia de alcanzar un límite

Entre las pruebas recordadas ocupa un lugar especial el ultramaratón de cien kilómetros del lago Saroma, disputado en Hokkaido en 1996. Murakami reconstruye la carrera atendiendo al deterioro progresivo del cuerpo y al momento en que la voluntad consciente parece perder parte del control sobre el movimiento, hasta que continuar depende de una adaptación producida durante la propia prueba. La distancia extrema lleva a un punto que los maratones habituales no le habían mostrado con la misma intensidad.

Después de completar aquella carrera, su relación con el entrenamiento cambió durante un período prolongado. La satisfacción de haber recorrido cien kilómetros convivió con una disminución del entusiasmo que hasta entonces lo había llevado a correr casi diariamente, experiencia que introduce una de las zonas menos triunfalistas del libro. El esfuerzo excepcional tiene un coste y deja consecuencias que Murakami incorpora sin transformarlas en una lección edificante.

Años después, los triatlones plantean dificultades diferentes porque obligan a trabajar disciplinas que no dominaba con la misma naturalidad. La natación llegó incluso a impedirle terminar una prueba en 2000, cuando perdió el control de la respiración durante el tramo inicial y quedó descalificado. Al volver posteriormente a competir, el relato se concentra en la preparación necesaria para enfrentarse otra vez a aquella situación y en la aceptación de que una práctica prolongada también contiene retrocesos.

Competir contra una referencia personal

La forma en que Murakami entiende las carreras ayuda a explicar por qué encuentra afinidades con el trabajo solitario del novelista. Su interés competitivo se dirige principalmente hacia las marcas que él mismo establece y hacia el cumplimiento del entrenamiento previsto, de modo que la presencia de otros corredores importa menos que la comparación con una referencia propia. Esta preferencia aparece vinculada con una personalidad poco atraída por deportes organizados alrededor de equipos o enfrentamientos directos.

La soledad adquiere entonces una función práctica. Tanto durante una carrera larga como ante una novela en proceso, buena parte del trabajo ocurre sin una respuesta exterior inmediata y obliga a continuar antes de conocer el resultado final. Murakami encuentra en esa experiencia una semejanza útil entre ambas actividades, aunque mantiene siempre la explicación dentro de su caso particular y evita convertirla en una norma aplicable a cualquier escritor.

Esa cautela también determina el tono del libro. Las afirmaciones sobre concentración o resistencia aparecen acompañadas por episodios concretos en los que el autor ha tenido que ponerlas a prueba, de manera que la reflexión nace habitualmente después de una experiencia física. La estructura autobiográfica conserva así un apoyo material incluso cuando el texto se aproxima a cuestiones relacionadas con el oficio literario.

Raymond Carver detrás del título

El título establece desde el comienzo una referencia a What We Talk About When We Talk About Love, la colección de cuentos de Raymond Carver publicada en 1981. Murakami había traducido ampliamente la obra de Carver al japonés, y la variación del título reconoce de manera explícita esa relación literaria. La referencia resulta particularmente adecuada para un libro construido alrededor de una pregunta personal, pues delimita el asunto desde el que el autor piensa sobre una parte de su propia vida.

La elección también ayuda a entender la forma híbrida del volumen. Murakami lo presenta como una especie de autobiografía acotada y rehúye una reconstrucción exhaustiva de su trayectoria, mientras los capítulos combinan anotaciones fechadas con episodios anteriores y reflexiones nacidas del entrenamiento. La organización depende de esa libertad para pasar de una carrera concreta al trabajo literario siempre que exista una relación reconocible entre ambas experiencias.

La edición inglesa, traducida por Philip Gabriel y publicada en 2008, conservó esa referencia con What I Talk About When I Talk About Running. La ficha editorial de Vintage presenta precisamente el volumen como un texto situado en la intersección entre correr y escribir, mientras The New Yorker publicó ese mismo año un fragmento donde Murakami reconstruía el comienzo de su vida como corredor y lo vinculaba con su consolidación profesional como novelista. El texto apareció en junio de 2008, poco antes de la edición estadounidense.

Una autobiografía limitada por una actividad concreta

La eficacia de De qué hablo cuando hablo de correr depende en buena medida de la restricción que Murakami impone a su material autobiográfico. La venta del club de jazz, el inicio de su dedicación profesional a la literatura y algunos viajes aparecen porque afectan directamente la relación con el ejercicio, mientras grandes zonas de su vida quedan fuera del libro. Esa selección evita que la carrera deportiva funcione como excusa para construir unas autobiografías completas y mantiene cada episodio subordinado al problema que organiza el volumen.

La estructura adquiere coherencia precisamente porque correr proporciona una línea temporal que atraviesa más de dos décadas. A través de ella pueden observarse cambios en el cuerpo y en las expectativas personales sin necesidad de reconstruir año por año la trayectoria del autor. El resultado es un autorretrato parcial cuyo interés crítico reside en mostrar las condiciones materiales bajo las que Murakami entiende su trabajo de novelista.

Cuando el libro termina cerca de otra prueba de triatlón, la práctica deportiva continúa fuera de las páginas y confirma el carácter provisional de la narración. La edición original de 2007 recogía una actividad iniciada en 1982 que todavía formaba parte de su rutina veinticinco años después, de modo que el volumen documenta un tramo concreto de esa relación antes que una historia cerrada sobre ella.

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