Existe una mentira muy extendida en los círculos literarios. Es esa estúpida idea romántica de que el escritor es un ser tocado por la gracia divina, un bohemio que aguarda en su porche a que la inspiración le dicte versos mientras da sorbos a una taza de té matcha.
Vamos a despojar al oficio de esa aura de santidad y a decir las cosas como son. Escribir, lejos de ser un estado de gracia, es una patología clínica.
Escribir es una compulsión
La inmensa mayoría de los que construimos ficciones oscuras no escribimos porque queramos, lo hacemos porque no podemos evitarlo. Funcionamos a nivel práctico como el obseso compulsivo que se lava las manos con agua hirviendo hasta que los nudillos le sangran, simplemente porque necesita apagar el ruido ensordecedor de su propia cabeza. El autor de raza convive con un picor crónico en la base del cráneo, una presión constante que solo se alivia volcando palabras sobre un documento en blanco.
Robert E. Howard y el secuestro del Cimmerio
Robert E. Howard, el padre de la espada y brujería, lo explicaba mejor que nadie. Howard no hablaba de musas esquivas ni de inspiración etérea. Aseguraba que, cuando se sentaba frente a su máquina de escribir a altas horas de la madrugada, sentía físicamente a Conan el Cimmerio de pie a su espalda. Un gigante bárbaro, oliendo a sangre seca y a cuero curtido, que le apoyaba su espada en la nuca y le obligaba a teclear sus salvajes aventuras. Se trataba, a efectos prácticos, de un secuestro mental.
La hipoteca también escribe
Y luego está la otra gran fuerza motriz. La menos romántica, la más prosaica y, sin embargo, la más efectiva de todas: la hipoteca.
Cuando la necesidad patológica flaquea, cuando la sombra del cimmerio no aparece a tu espalda para amenazarte, surge la alerta del banco. La necesidad de pagar las facturas, de mantener el techo sobre tu cabeza en un mundo que no perdona la debilidad, es el antídoto más efectivo contra la crisis del folio en blanco. El miedo a la ruina tiene un sabor metálico muy particular, como a moneda vieja debajo de la lengua, y acelera las pulsaciones mucho más rápido que cualquier retiro de escritura creativa.
Esa es la doble soga que asfixia a quienes diseñamos universos al límite. Por un lado, la obsesión enfermiza por parir un mundo; por otro, el instinto natural de supervivencia económica.
San Bernardo City: escribir desde la podredumbre
Cuando me siento a trazar los callejones de San Bernardo City, no lo hago buscando la belleza estilística, para nada, lo hago arrastrado por esa misma compulsión. Necesito abrir la puerta de ese submundo, respirar la sopa espesa de jadeos calientes y saborear la pestilencia a salitre y bilis que emanan mis propios personajes.
Es un impulso febril por diseccionar la podredumbre humana y el miedo puro, ese rastro a leche cortada que dejan los que saben que han perdido la partida. Escribo, entonces, porque el Master Dogo me respira en la nuca y me exige que cuente cómo se devoran los unos a los otros, mientras el reloj del alquiler sigue marcando las horas.
Nadie nos ha elegido, simplemente somos prisioneros del oficio
No somos elegidos por los dioses, ni seres tocados por una varita mágica. Somos creadores atrapados en nuestra propia obsesión, construyendo ficciones letales para pagar el peaje.
Si sientes ese mismo impulso por asomarte al abismo y experimentar una narrativa que apela directamente al olfato y a las vísceras, tienes un billete de ida a los bajos fondos. Puedes leer mis primeros relatos de San Bernardo City de forma gratuita en mi perfil de Wattpad. Y si el estómago te aguanta, el universo completo irá apareciendo en Payhip.