El Túnel de las Delicias

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Egon Schiele, Amantes

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Johanna, Johanna Bellarosa… mis labios se pegaban, bien juntitos, cálidos, como dos flores rojitas, y pronunciaban ese nombre, y ella me miraba enternecida también cuando le decía cosas así, cuando estábamos en el parque y nos dábamos la mano, tímidos, casi como si fuese algo indebido, como si el propio Dios nos estuviera viendo, y era un poco así, caminar despegados del suelo, acompañados por una presencia que no era ni la suya ni la mía, sino la presencia, un peso extra. Pero no se confundan. Este cuento no es de amor. Ni siquiera de afectos.

Fue, sin embargo, parecido a eso. Yo daba clases en Los Robles, y el resto de mi tiempo lo invertía leyendo o escribiendo, pequeños relatos policiales en un inicio, y luego la gran máscara caída, la pasión descubierta, empecé a escribir poesía y frecuentar clubes y declamar poemas todos los sábados en una librería de Pampatar que organizaba esas cosas.

En un viaje en bus hacia allá, el bululú del pago móvil, el sol eternizado allá arriba, el motor ruidoso, y yo sudando como un demonio o como yo mismo en un viaje a esa hora, justo ahí estuve por primera vez en el Túnel de las Delicias.

Cuando se lo conté a Johanna echados en Bahía Dorada al día siguiente, no me lo quiso creer; y yo: «Ah pues, claro que sí, vi una interminable fila de figuras de pasteles alzando brazos como si estuvieran nadando alrededor del bus, parecidas a trozos de humo con forma, musas, espectros, fantasmas, yo qué sé». Y ella se estiró en la esterilla, alzó la mirada, se recostó sobre una almohadita que le traje y sus ojos se iban cerrando con sutileza, y una ola reventó y la playa se iba llenando y pasó un vendedor de rompecolchón, matalasuegra, liberenawilly, también otro de bisutería y lentes y algún alumno conocido, a lo lejos, y yo quería que me vieran porque estaba con Johanna, y Johanna era todo lo que yo deseaba en este mundo.

—¿Por qué lo llamas el Túnel de las Delicias? —Preguntó.

Me quedé pensando un buen rato. Las olas seguían reventando, una tras otra.

Los relatos iniciáticos de mi vida como escritor eran ingeniosos en fondo, no en forma, y por lo demás, eran muy olvidables. Siempre quise ser de esos escritores que le dan vida a la cotidianidad. Un día pasó un muchacho en una bicicleta, y la bicicleta iba ladeada, se notaba que tenía algo, y el chico iba muy seguro, quizás unos dieciséis, quince, no mucho más, máximo eso, y yo pensé en que en Caracas, en los barrios, hay muchos chicos que a esa edad ya están viviendo sus últimas, ya han matado demasiado en sus barrios y en sus pechos no anidan sueños ni bachillerato ni enamorarse de una chica de quinto año imposible, sino balas, plomo y si acaso un apodo terrible, un terror en los ojos del pobrecito que se cruzó contigo del otro lado de la vereda. Mi primer cuento serio, publicado y comentado, fue de eso.

Luego me pasó como a todos, o como a todos los privilegiados que escapamos del círculo de violencia, más bien, y nunca morimos o no morimos todavía y pudimos ir al liceo y luego a la universidad y luego a una vida de relativa normalidad, unas arepas de desayuno, el saludito a la vecina que también se va a trabajar temprano, el sol apenas arrancando y prendiendo los motores como el bus que tomo todos los días hacia Los Robles, y con pasó me refiero a que conocí el amor, o mejor dicho el enamoramiento, y fue tal mi obsesión, mi arrebato en torno a Johanna que me incliné por ese género lírico y transparente y por poquito invisible que es la poesía; oh, mi corazón henchido de embriagador letargo y ese ritmo mecánico del corazón, el reloj interno que nunca paraba y yo tampoco y la Johanna menos.

Quizás gracias esos trances de la poesía fue que entré al Túnel de las Delicias.

—No sabría decirte —respondí—. Surgió así de espontáneo el nombre, plácata, como una moneda que se cae al piso y rueda y rueda y gira y gira y nunca te muestra si es cruz o es cara.

Johanna me sonrió y me dijo que me haría bien un baño, que dejara tanto la habladera, y así fue. El agua de Bahía Dorada estaba riquísima, y el sol, casi en su cénit, le daba toquecitos dorados a las crestas de las olas, y por supuesto la cercanía, el tibio anhelo ya acostumbrado de amarrarla por la cintura con mis brazos, levantarla en la levedad del agua y sostener su cuerpo blanco, oh y qué tortura para los sentidos, la delgadez chorreante de su abdomen, mis manos rodeando sus piernas, y de repente Johanna se hacía como si no estuviera allí, y sonreía pero no estaba, estaba muy lejos, en otro lugar, en otro sitio, pero no en la playa conmigo, y yo la miraba de frente y ella también me miraba, me miraba con unos ojos que nunca pude robarle por más que quisiera, y detrás de esos ojos la nada, el vacío, una ola que revienta en la orilla. Y pensé de nuevo en eso.

Durante el resto del día ella volvió, aunque parcialmente, y comimos pescado frito con tostones, jugamos vóley, vinieron unos amigos y chismeamos y bebimos y jugamos Uno y yo jugué fútbol playa en una parte lisita de arena mientras ella se reía con unas amigas y se veía feliz y tan real que hasta pareciera que nunca se hubiera ido, que siempre había estado conmigo desde el primer instante, el instante mismo en el que nos miramos por primera vez.

Cuando nos fuimos y la dejé en su casa, una agitación me mantenía con los ojos abiertos hasta la madrugada, y en casa de mi mamá mi gata ronroneaba en el borde de la cama mientras yo me hacía preguntas como un tonto.

Los días siguientes a ese finde traté de entender más de qué se trataba esa visión, pero a fuerza de esforzarme mucho, terminé por enredarme más. Así que decidí olvidarme de todo eso, hacer como si nunca me hubiera pasado, fingir que no existía, y así fueron pasando las jornadas escolares y el «Hola, profesor, cómo está», en la tarde Johanna haciéndome una meriendita, sábado de Club de Poesía, trotar por Valle Hermoso o en Valle Arriba, llevarles unos tostoncitos de pura sorpresa, aburrirnos mirando una serie o un reality show muy malo, y mientras tanto algo de ese presentimiento oscuro adentro de mí, dame otro tostón, dale, apaga el televisor, vamos a siestar un rato, y yo sí, amor, ya voy, y justo cuando estábamos en la cama y ella era un pequeño pajarito blanco, un gemido menudo, ya me acostumbré a ese sonido de la naturaleza, y se apagaba rápido y ya luego era el siguiente día y estaba frente a mis alumnos, y yo me quedaba pensando en su rostro en medio de la palidez de la noche, en la calma aparente de esos cachetes blandos, en sus ojos cerrados, eternizados por mi amor, amor, amor, y quería besar esas mejillas y sus lindos párpados, lamerlos suavemente, tenerlos sólo para mí sólo yo sólo yo lo voy a hacer lo necesito hacer y de pronto el Túnel de las Delicias y sus figuras apasteladas alrededor de mí.

En ese momento ignoraba que se volvería una especie de vicio, que ya no podría desatarme de las figuras líquidas y de extrañas formas que se mecían interminablemente, girando una tras otra, en un compás infinito. Y quién podría, me preguntaba yo, quién podría desatarse de eso tan natural, de esa confusión interior y lacerante, Dios mío. Cuando iba a casa de mi mamá y el sol se ponía sobre el horizonte, el Túnel de las Delicias. Cuando, en una clase de poesía o de literatura latinoamericana alguna de mis brillantes estudiantes atinaba con el significado de Ojos de Perro Azul, el Túnel de las Delicias. Cuando en el autobús íbamos cruzando Tacarigua o Santa Ana y se montaba una linda muchacha delgada que se sostenía presurosamente de la barandilla porque nadie le daba puesto, el Túnel de las Delicias.

Hacía dibujos para tratar de expresarlo, una línea se corría por aquí, otra por allá, usaba diversos colores, morado, rosa, azul, rojo, amarillo, y todo giraba y todo se traspasaba en una eterna secuencia. El movimiento del Túnel de las Delicias me mareaba y llegó a aparecerse tan seguido que empezaba a obstinarme, a darme rabia, a hacerme sentir culpa, y entonces me recriminaba y me daba golpes de pecho, como dicen por ahí, precisamente porque gracias a eso ahora me costaba juntar mis labios, bien juntitos, como dos flores rojas, y pronunciar Jo-Han-Na Be-Lla-Ro-Sa —dejo pegada la s para sentir más sabor sobre la superficie silente de las sólidas y suaves y solitarias salinas…— el Túnel de las Delicias, giros, destellos de cristales, figuras apasteladas, perdición, vacío, nada más. Y entonces le mostraba mi dibujo a Johanna y se sonreía, despreocupada, y yo sabía que me estaba juzgando y yo sabía que era el comienzo del final.

Pero, siendo sinceros, el final fue indoloro.

Estábamos en el parque y nos dábamos las manitos, la mía me sudaba un poco porque estaba nervioso, y tímido y todo, y también muy adentro de mí, un miedo me corroía el corazón. Y ella lo sabía y me miraba, me miraba. Me miraba con los ojos más hermosos que alguna vez alguien tuvo. Y no pude robarlos. No pude, no.

Le dije que me había resignado. Que lo único en lo que pensaba era en el Túnel de las Delicias.

—De nuevo con eso —respondió, obstinada—. Deberías hacerle un cuento, capaz y eso te ayude a entenderlo.

—No lo creo. Un cuento es, ante todo, una exploración. Y yo no necesito explorar el Túnel de las Delicias. Siempre me encuentro allí, quiera o no.

Johanna permaneció en silencio. Nos hallábamos recostados en el césped, a la sombra de un árbol, un niño jugaba en el sube y baja solo, lo cual se me hizo, de pronto, un tanto triste. Quise volverme un niño de su edad y hacerle el contrapeso. Pero ni a su madre sentada en un banquito en su teléfono pareció importarle esa soledad. Tampoco a Johanna. Y pensé que él, igual que yo, estaría satisfecho y feliz en su imaginación, suponiéndose a una figura que estuviera del otro lado del sube y baja.

Me percaté, ay de mí, que Johanna tenía esa pérdida de nuevo, que se ausentaba, que se estaba despegando de allí, que saldría volando, que…

—¡Espera! ¿Tú también lo ves?

Y entonces ella se voltea y me mira y apoya su cuerpo contra el mío y toma mi rostro y mi cuello y a puntito de darme un beso con dos labios floreados, flores amarillas, calientes y seductoras, y sólo para callarme, sólo para arrancarme del desengaño, sólo para soñarme en un sueño, el Túnel de las Delicias.

2 de septiembre de 2025

 

M. C. C.

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