José Saramago publicó Ensayo sobre la ceguera en 1995, cuando su narrativa ya había desarrollado una relación persistente con la alegoría, la historia y las estructuras de poder. La novela parte de una alteración mínima y al mismo tiempo inexplicable: un hombre detenido ante un semáforo pierde repentinamente la vista. No ve oscuridad, sino una superficie blanca, semejante a encontrarse sumergido en leche. A partir de ese primer caso, la ceguera comienza a extenderse hasta adquirir las dimensiones de una epidemia. El gobierno encierra a los primeros afectados en un antiguo manicomio y la medida destinada a mantener el orden produce, dentro del recinto, una sociedad sometida a condiciones cada vez más extremas. Saramago construye de esta manera una ficción sobre una catástrofe sin explicar nunca qué la causa. La ausencia de una respuesta médica desplaza desde el comienzo el interés hacia otra cuestión: qué ocurre con las relaciones humanas cuando las instituciones y las normas que parecían sostenerlas dejan de funcionar.
La novela ocupa una posición importante dentro de la obra de Saramago porque concentra ese problema en un presente deliberadamente indeterminado. Después de haber trabajado con acontecimientos históricos o figuras reconocibles en libros como Memorial del convento, El año de la muerte de Ricardo Reis y El Evangelio según Jesucristo, el escritor elimina aquí casi todas las referencias capaces de localizar con precisión la acción. No conocemos el nombre de la ciudad ni el de los personajes, tampoco existe una fecha que permita establecer cuándo sucede la epidemia. Esa reducción convierte el experimento narrativo en una de sus formas más desnudas. El propio Saramago explicó posteriormente que el libro intentaba plantear una pregunta acerca de aquello que somos; en su discurso del Nobel relacionó además la ceguera con la degradación de la razón y con la pérdida del respeto hacia los demás.
De qué trata Ensayo sobre la ceguera
El primer ciego acude a la consulta de un oftalmólogo después del episodio ocurrido en el tráfico. El médico no encuentra ninguna lesión capaz de explicar la pérdida de visión y, poco después, también queda ciego. Lo mismo sucede con varias personas relacionadas directa o indirectamente con aquellos primeros casos. La rapidez del contagio provoca una respuesta gubernamental basada en el aislamiento: los enfermos son trasladados a un manicomio abandonado, custodiado desde el exterior por soldados que tienen órdenes de impedir cualquier salida.
Dentro del grupo inicial entra también la mujer del médico, aunque ella conserva la vista y finge haberse contagiado para permanecer junto a su marido. Esta diferencia organiza buena parte de la novela. Mientras los demás personajes deben reconstruir el espacio mediante el tacto, los sonidos y la memoria, ella puede observar la transformación del recinto y comprobar aquello que el resto únicamente conoce de manera parcial. La elección introduce una desigualdad decisiva sin convertirla inmediatamente en una posición de autoridad. Ver significa también presenciar situaciones frente a las cuales intervenir puede poner en peligro al grupo.
El encierro permite que Saramago reduzca progresivamente las estructuras que regulaban la vida anterior. La comida escasea, la higiene desaparece y el crecimiento de la población recluida vuelve insuficientes los espacios disponibles. Más adelante, uno de los grupos utiliza las armas y el control de los alimentos para imponer condiciones al resto. La degradación no aparece entonces como consecuencia automática de la ceguera. Surge de decisiones concretas tomadas cuando desaparecen las instituciones capaces de limitar determinadas formas de poder.
Una epidemia sin explicación
Saramago evita dedicar páginas a investigar el origen de la enfermedad, una decisión especialmente significativa dentro de una novela construida alrededor de una epidemia. No existe un laboratorio que identifique el agente responsable ni un especialista que finalmente establezca su mecanismo de transmisión. Incluso el oftalmólogo, el personaje que debería disponer del saber necesario para interpretar la anomalía, queda sometido a ella casi inmediatamente. El conocimiento científico pierde así su posición privilegiada antes de que pueda ordenar lo ocurrido.
Esa falta de explicación impide leer Ensayo sobre la ceguera únicamente como una novela sobre una enfermedad. La epidemia establece las condiciones necesarias para retirar determinadas seguridades y observar qué relaciones aparecen después. Por esta razón, también importa que la ceguera sea blanca. La percepción tradicional de la pérdida de visión como oscuridad queda sustituida por una luminosidad continua que impide distinguir las cosas precisamente porque lo ocupa todo. Maria Alzira Seixo llamó la atención tempranamente sobre esta inversión, que transforma el blanco en una forma de privación en lugar de asociarlo con claridad o conocimiento.
El juego narrativo de la eliminación de nombres
La eliminación de los nombres trabaja en la misma dirección, pues los personajes son identificados como el médico, la mujer del médico, el primer ciego, la mujer del primer ciego, la chica de las gafas oscuras, el viejo de la venda negra o el niño estrábico. Saramago no los convierte por ello en figuras intercambiables. Cada uno conserva conductas, recuerdos y relaciones reconocibles, pero la identidad deja de depender del nombre propio y comienza a reconstruirse mediante aquello que los demás pueden percibir.
En un mundo donde ya casi nadie ve, una voz, una mano o una manera de actuar proporcionan más información que las categorías mediante las cuales esas personas eran reconocidas antes de la epidemia. La ceguera modifica, por tanto, algo más que las condiciones materiales de los personajes. También altera el sistema mediante el cual podían identificar a los otros y ocupar una posición frente a ellos. Sobre esa pérdida construirá Saramago buena parte de la forma narrativa de la novela.
El narrador y una sintaxis que obliga a orientarse
La pérdida de referencias afecta también a la manera en que Saramago organiza la voz narrativa. Ensayo sobre la ceguera conserva un narrador capaz de entrar y salir de la conciencia de distintos personajes, aunque esa movilidad no se presenta mediante una separación convencional de las voces. Los diálogos aparecen integrados dentro de párrafos extensos, con escasas marcas tipográficas y con cambios de interlocutor que el lector debe reconocer por el sentido de la conversación. La puntuación, característica de buena parte de la obra madura del autor, elimina así una parte de las señales utilizadas habitualmente para ordenar quién habla y cuándo termina una intervención.
Esa decisión adquiere aquí una consecuencia especialmente precisa. Los personajes deben desplazarse por un mundo en el que han desaparecido las referencias visuales; el lector, a su vez, necesita orientarse dentro de una prosa que reduce ciertas ayudas gráficas. La equivalencia no es absoluta, porque la narración continúa ofreciendo información que los ciegos desconocen, pero la forma obliga a prestar una atención mayor a la continuidad de las voces. Saramago evita de esta manera representar la ceguera únicamente como asunto argumental y modifica también las condiciones bajo las cuales se recibe la historia.
La mujer del médico ocupa una posición distinta dentro de ese sistema. Es la única integrante del grupo que conserva la vista y, por ello, puede describir aquello que los demás no perciben directamente. Sin embargo, la novela no transforma esa capacidad en una ventaja estable. Ver aumenta su responsabilidad porque la convierte en testigo de la suciedad, la violencia y las relaciones de dominio que se desarrollan dentro del manicomio. La diferencia entre mirar y actuar termina siendo una de las tensiones centrales del libro. La visión no garantiza una conducta justa; solamente impide alegar desconocimiento.
El manicomio y la construcción del poder
El aislamiento impuesto por las autoridades funciona inicialmente como una medida sanitaria, pero Saramago organiza el recinto de manera que esa decisión política pueda observarse en sus consecuencias materiales. Los soldados permanecen fuera y reducen el contacto con los internados al mínimo. La institución continúa ejerciendo autoridad, aunque renuncia progresivamente a administrar la vida que ha encerrado. En el interior comienzan entonces a aparecer otras formas de organización. La distribución de los alimentos resulta decisiva porque permite convertir una necesidad básica en instrumento de poder. Cuando un grupo armado controla la comida, la desigualdad deja de depender de una posición social anterior y comienza a construirse mediante el acceso a un recurso indispensable. La novela muestra así que la desaparición del orden existente no elimina las jerarquías. Puede producir otras con mayor rapidez, especialmente cuando alguien dispone de un medio para imponerlas.
Saramago lleva esa lógica hasta una violencia extrema sin reducirla a la idea de que una catástrofe revela una supuesta naturaleza humana invariable. El libro conserva conductas diferentes dentro de las mismas condiciones: aparecen abuso, egoísmo y sometimiento, pero también cooperación, cuidado y formas elementales de comunidad. Esa coexistencia impide que la alegoría funcione como una demostración cerrada. En su conferencia del Nobel de 1998, el propio escritor relacionó la novela con una “ceguera de la razón” y con la pérdida del respeto hacia los demás, formulación que sitúa el problema menos en una enfermedad física que en la forma de utilizar aquello que llamamos racionalidad.
Una alegoría que evita fijar una equivalencia única
La ausencia de nombres, fechas y localizaciones favoreció desde temprano una lectura alegórica de Ensayo sobre la ceguera. La propia Fundación José Saramago presenta el libro como una interrogación sobre aquello que somos y conserva declaraciones del autor en las que insistía en que su intención no consistía en proporcionar una respuesta, sino en obligar a formular la pregunta. Ese planteamiento ayuda también a establecer un límite crítico.
La ceguera no corresponde de manera exacta a una sola realidad histórica, ideología o institución. Puede relacionarse con la indiferencia, la pérdida de responsabilidad o la facilidad con que una sociedad acepta la deshumanización de otros, pero la novela mantiene abierta esa correspondencia porque nunca explica la epidemia ni identifica un enemigo exterior responsable de ella. La indeterminación amplía el alcance de la ficción y evita que el relato pueda resolverse mediante una equivalencia sencilla entre cada elemento narrativo y un significado previamente establecido.
Ensayo sobre la ceguera dentro de la obra de Saramago
Dentro de la trayectoria de Saramago, esa concentración marca además una diferencia respecto de novelas anteriores apoyadas sobre materiales históricos claramente reconocibles. Aquí no necesita reconstruir el Portugal del siglo XVIII ni intervenir sobre la biografía de una figura literaria. El experimento consiste precisamente en retirar información hasta dejar a los personajes frente a necesidades elementales y observar qué estructuras producen a partir de ellas. La recepción posterior consolidó Ensayo sobre la ceguera como uno de los libros centrales de su etapa madura.
Cuando Saramago recibió el Premio Nobel de Literatura en 1998, incluyó explícitamente la novela dentro del recorrido mediante el cual explicó la relación entre sus personajes y su concepción de la dignidad humana. Las reediciones posteriores incorporaron además lecturas críticas de autores como Maria Alzira Seixo, Leyla Perrone-Moisés y Marco Lucchesi, señal de una recepción que continuó examinando la blancura de la epidemia, la alegoría y la organización ética del relato.
Ensayo sobre la ceguera termina así ocupando un lugar particular dentro de la obra de Saramago porque reduce el mundo narrativo hasta eliminar nombres, coordenadas y explicaciones causales, pero utiliza esa reducción para observar con mayor precisión cómo se forman el poder y la dependencia, así como también la responsabilidad cuando desaparecen las referencias que parecían garantizar el orden.