En noviembre de 1998, a algún desquiciado se le ocurrió pedirle a Alfonso Cuarón que adaptara al cine «Grandes esperanzas», una de las novelas más famosas y emblemáticas del escritor inglés Charles Dickens. ¿El resultado?: el nacimiento de una obra con una de las estéticas más hermosas y renacentistas que he visto en toda mi vida; una fantasía visual moderna cuya forma prima sobre la narrativa.
No me malinterpreten: por un lado, pienso que Cuarón destrozó la novela de Dickens —lo cual ya es un «pero» gigantesco según mi criterio— y, por el otro, no puedo sino sentirme deleitada por la fotografía, escenarios y paleta de colores que el director mexicano eligió para llevar a la modernidad esta novela sobre obsesiones, amores y venganzas.
«Grandes esperanzas» es ese tipo de película que yo podría ver solo por lo espectacular que es su imagen, los planos que muestran el desequilibrio mental de sus personajes y los acercamientos maravillosamente encuadrados sacados del ensueño de un maniático del Romanticismo. No me juzguen, ¿quieren? Vi esta obra cuando tenía cuatro años… y me marcó para siempre.
Todo se trata sobre el amor, ¿o no?
La historia, a grandes rasgos, es la misma, aunque extrapolada a la modernidad. En la visión de Cuarón, Pip es Finn, un niño pobre que vive en el golfo de Florida junto a su hermana y el esposo de esta. Una mañana, mientras el pequeño dibujaba peces en su libreta, con su imaginación sumergida en la costa, fue sorprendido por un convicto, quien lo asustó y lo amenazó para que le consiguiera comida.
Finn decide ayudar al sujeto, pero finalmente, el niño es rescatado por la guardia costera y devuelto a su casa. Mientras tanto, el convicto, un hombre llamado Arthur Lustig, es sentenciado a muerte. Más tarde, Joe, el cuñado del protagonista, lo lleva a Paradiso Perduto, la mansión de Nora Dinsmoor, una anciana con el corazón roto a causa de un amor ingrato.
Si el amor no lo es todo, entonces la obsesión lo es
En Paradiso Perduto —una mansión suspendida en el tiempo, eternamente arropada por el verdor de la naturaleza y gastada por los años—, conoce a Estella, una jovencita que fue criada para romper el corazón de los hombres en venganza por aquel que dejó el de Nora Dinsmoor hecho pedazos. La anciana le advierte a Finn que la niña lo va a destrozar por completo, pero él cae sin remedio ante los encantos feéricos de esa ninfa verde, así que comienza a dibujarla.
Meses después del primer encuentro, Finn no puede evitar seguir pintando a Estella, lo que hace a toda hora, incluso frente a su familia. Una noche, su hermana lo alienta a no dejar el arte jamás, y esa es la última vez que el protagonista habla con ella. Luego de su partida, Finn es criado por Joe, a la par que continúa visitando Paradiso Perduto.
El desarrollo de una obsesión
El paso del tiempo se marca con una secuencia de baile, donde Finn y Estella practican la canción favorita de Nora Dinsmoor. Hasta cierto punto, los protagonistas se presentan como los títeres de la anciana: dos almas inocentes que fueron criadas para convertirse en presa y cazador, respectivamente. Nora jamás permitió que Estella aprendiera a amar, a la par que utilizó a Finn como alimento para su mascota mortífera.
Al cruzar el océano
Tiempo después, Estella se va a estudiar y lleva consigo el conocimiento adquirido. Más tarde, Finn es contactado por un leguleyo que le informa que tiene un mecenas, alguien que está dispuesto a donar grandes sumas de dinero para que el muchacho vaya y cumpla su sueño de ser un dibujante reconocido en el mundo entero. Tras dudarlo un poco, el protagonista acepta. Sin embargo, lo único que realmente desea es ser digno del amor de Estella.
Finn se cree capaz de hallarla; piensa que, si se hace rico y famoso, ella encontrará la forma de volver a él y podrán estar juntos, lejos de las influencias de Nora. No obstante, la chica, como ya se estableció antes, es una cazadora. Aunque comparten maravillosos momentos juntos, hay una brecha mucho más ancha que los separa: la incapacidad de Estella para sucumbir al amor, así como un compromiso previo.
¿Puede aprender a amar alguien a quien jamás se le enseñó cómo hacerlo?
Esto es algo que la película plantea en varias ocasiones. El final de la cinta lleva a los protagonistas nuevamente a Paradiso Perduto, el verdadero corazón de la obra. La mansión, abandonada tiempo atrás después de la muerte de Nora Dinsmoor, es una suerte de Overlook (léase «El resplandor» de Stephen King) con sus propios demonios y fantasmas.
Aun así, su encantadora maldad quizá ya no surta efecto en Estella, quien, por primera vez, deja de vestir de verde y porta el atuendo blanco de la pureza, una hija de un hombre al que jamás amó y la mano de aquel que podría amar en el futuro.
Lo más importante en Grandes Esperanzas es el arte
A lo largo del filme es posible apreciar planos de estatuas, cuadros, bóvedas, edificios, estructuras y, sobre todo, naturaleza viva y muerta. También existe un manejo espectacular de la psicología del color para representar emociones y estados mentales, como el verde casi perpetuo en los atuendos de Nora y Estella —reflejo de la melancolía, la inmadurez, la búsqueda de identidad y el deseo— y cómo este pigmento desaparece de la ropa de la última al final de la película.
Además, Finn es artista, por lo que vive de la mezcla y la experimentación cromática. Todo esto es algo que debemos agradecer tanto a Cuarón como al fotógrafo Emmanuel Lubezki.
Dato curioso sobre la arquitectura de Grandes Esperanzas
La película de Cuarón refleja los ideales del movimiento romántico, donde la belleza es sinónimo de emociones, pasiones, decadencia e imperfección. En honor a ello, el director decidió ambientar su cinta en una casa real que alguna vez brilló por su hermosura y elegancia, pero a la que el abandono convirtió en un jardín mortecino, casi gótico. Así, el viejo lugar quedó sumergido bajo las enredaderas y el musgo.
En realidad, Paradiso Perduto es la mansión Ca d’ Zan, ubicada en Sarasota, Florida. Esta residencia fue construida para el matrimonio Ringling en 1924. Ellos soñaban con criar allí a sus hijos. Sin embargo, la pareja no pudo tener descendencia, y tras la muerte de ambos, la casa fue donada al pueblo.
Tiempo después de rodar «Grandes esperanzas», la finca fue restaurada y devuelta a su aspecto inicial, por lo que perdió todo el encanto boscoso que le había otorgado el paso del tiempo. No obstante, los fanáticos de esta cinta siempre tendremos aquellas imágenes que, en los noventa, vistieron de verde una de las historias más conmovedoras de todos los tiempos.
Diferencias entre la película de Cuarón y la novela de Dickens
Aunque ambas obras comparten el mismo eje central —un huérfano que es apoyado por un convicto y se enamora de una joven clasista—, no cabe duda de que Cuarón se desprendió de manera notable de la novela de Charles Dickens. La primera diferencia que podemos notar es la época: mientras el libro está ambientado en la Inglaterra victoriana, la película se sitúa entre la Florida y el Nueva York de finales del siglo XX.
Al mismo tiempo, el director mexicano deja un poco de lado la crítica hacia las clases sociales y se concentra principalmente en el romance, convirtiendo «Grandes esperanzas» en un drama. Cuarón también cambia nombres, profesiones, estéticas y objetivos de algunos personajes, lo que, por supuesto, cambia la dinámica dentro de la trama y transforma la experiencia en una oda al sueño americano.