La expansión de la inteligencia artificial generativa está obligando a la industria editorial a revisar una cuestión que hasta hace poco parecía elemental: cómo demostrar que un manuscrito fue escrito realmente por una persona. Brian Murray, director ejecutivo de HarperCollins, pidió en agosto de 2026 que autores, agentes y editoriales desarrollen criterios comunes para acreditar la procedencia de los textos, después de varias controversias que terminaron con contratos cancelados por dudas sobre el posible uso de herramientas generativas.
HarperCollins plantea verificar el proceso de escritura
Murray explicó a Publishers Weekly que los programas destinados a detectar textos generados mediante inteligencia artificial no ofrecen actualmente una respuesta suficientemente fiable. Por esa razón, considera que el sector tendrá que desarrollar procedimientos basados en la colaboración entre las distintas partes que intervienen antes de publicar un libro. Entre las posibilidades mencionó que los escritores conserven registros capaces de documentar cómo evolucionó un manuscrito desde sus primeras versiones.
La preocupación adquirió mayor peso después de la retirada de Call Me, I’ll Hide the Body, novela criminal de Jerry Adedayo Falade que había despertado una competencia extraordinaria entre editoriales estadounidenses. El manuscrito llegó a participar en una subasta con numerosos interesados y recibió ofertas de gran valor económico. Sus agentes terminaron retirándolo después de concluir que ya no podían autenticar completamente la evolución del texto desde su origen hasta la versión presentada a los editores. Falade ha negado haber utilizado inteligencia artificial para escribir la obra.
El episodio resulta especialmente significativo porque el problema editorial apareció después de que el manuscrito hubiera generado un fuerte interés comercial. La dificultad ya no consiste únicamente en evaluar la calidad de una obra, pues las editoriales empiezan a considerar también la trazabilidad del proceso creativo como un elemento relevante antes de asumir compromisos económicos importantes.
La autoría humana empieza a convertirse en una cuestión contractual
El debate contiene además una dimensión jurídica. La Oficina de Copyright de Estados Unidos ha establecido en sus informes sobre inteligencia artificial que una obra generada mediante estas herramientas puede recibir protección solamente cuando exista una aportación humana suficiente sobre los elementos expresivos protegibles. La simple introducción de instrucciones o prompts no concede por sí misma esa protección, aunque utilizar inteligencia artificial como herramienta auxiliar tampoco elimina automáticamente los derechos sobre una obra creada principalmente por una persona.
Esta diferencia afecta directamente a las editoriales porque el derecho de autor constituye la base jurídica de buena parte de sus contratos. Un manuscrito cuya procedencia resulte imposible de determinar puede generar dudas sobre quién posee realmente determinados derechos y sobre qué partes del texto pueden recibir protección legal. Murray señaló precisamente esta incertidumbre al explicar por qué considera insuficiente depender exclusivamente de programas de detección.
El conflicto tampoco se limita a los textos entregados por escritores. La Authors Guild ha advertido que editores o agentes no deberían introducir manuscritos de autores en herramientas generativas de consumo sin autorización escrita, debido a los riesgos relacionados con propiedad intelectual y privacidad. La organización reclama que cualquier utilización autorizada se realice mediante sistemas protegidos que impidan incorporar esos materiales a procesos posteriores de entrenamiento.
La industria comienza a crear mecanismos para acreditar libros escritos por personas
La Authors Guild ya desarrolla una respuesta específica mediante Human Authored, programa que permite registrar libros cuyo texto haya sido elaborado por autores humanos. La certificación admite usos mínimos de herramientas automáticas relacionados con corrección ortográfica o tareas auxiliares, pero excluye la generación sustancial del texto mediante inteligencia artificial.
El programa no examina técnicamente cada manuscrito antes de conceder la certificación, por lo que tampoco resuelve por completo el problema planteado por HarperCollins. Sin embargo, introduce una señal pública destinada a diferenciar libros cuya autoría humana ha sido declarada formalmente. La base de datos asociada permite además consultar títulos y números de registro.
La discusión entra así en una etapa diferente. Hasta ahora, buena parte del debate editorial sobre inteligencia artificial se concentraba en el uso de libros protegidos para entrenar modelos generativos. Los casos recientes trasladan la atención hacia el interior del propio proceso de publicación y obligan a precisar qué pruebas podrían exigir agentes o editoriales cuando aparezcan dudas sobre un manuscrito. La respuesta que adopte el sector puede terminar incorporándose a contratos, procedimientos editoriales y sistemas de certificación durante los próximos años.