La canción del pirata

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Piratería

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La piratería es el tema eterno. El elefante rosa en la habitación de cada grupo de escritores, el cuchicheo en los pasillos de las ferias del libro y, últimamente, la fiesta de pijamas virtuales que me encuentro continuamente en Threads.

Parece que no podemos pasar una semana sin que algún «threader» bienintencionado (o no tanto) pregunte con total naturalidad: «¿Alguien sabe dónde puedo bajarme epub gratis?». Y pum, ahí tienes la cascada de respuestas. Unos te pasan enlaces acortados sospechosos de contener malware, otros te citan de memoria webs oscuras que cambian de dominio cada tres días y, los más generosos, te comparten directamente el enlace a su Drive personal, un enorme alijo digital cargado con gigas y gigas de libros robados, organizados alfabéticamente para que no te pierdas.

La naturalidad con la que se pide y se comparte es lo que mas me llama la atención. Piden como quien pregunta por una receta de croquetas. El mundo literario está siendo desangrado por la piratería desde hace años, mucho antes de que existiera Amazon Kindle, cuando fotocopiábamos libros enteros en la facultad porque no nos daba el dinero para el original. Pero el salto digital lo convirtió en una epidemia invisible y silenciosa.

La piratería es parte del paisaje

En redes sociales, el revuelo es constante. Los autopublicados, que dependen de cada venta para pagar la hipoteca, se echan las manos a la cabeza. Los lectores que defienden la libre circulación de la cultura argumentan que el conocimiento debe ser libre. Y yo me quedo en medio, mirando la pantalla, pensando: «Madre mía, qué mal está la peña».

Pero, cuidado. Antes de ponernos la capa de paladines de la justicia y exigir que encierren a todos los que tienen un Drive con epubs, tenemos que admitir una verdad, como poco, incómoda. En este tema, como en casi todo lo que rodea al mundo de la creación, no hay blancos fulgurantes ni negros abisales. El mundo literario es un lugar complejo y fascinante, y la piratería es parte del paisaje.

De hecho, aunque te cueste creerlo, hay autores que se han manifestado abiertamente a favor de que pirateen sus libros. Y no son ningunos desconocidos.

El pirateo como promoción

El primer gran embajador de la piratería «consecuente» es, sin duda, Paulo Coelho. Sí, el autor de El Alquimista, el tipo que vende millones de copias en todo el mundo. Coelho no solo no tiene problema con la piratería, sino que participa activamente en ella. Durante años, él mismo se dedicaba a subir copias digitales de sus propios libros en ruso a sitios de Bittorrent.

¿Por qué leches haría algo así un tipo que vive de los derechos de autor?

Coelho ha contado varias veces la historia: cuando se publicó El Alquimista en Rusia, el libro fue un fracaso. Vendió apenas mil copias y su editor lo abandonó. En lugar de rendirse, Coelho tomó una decisión suicida. Encontró una copia pirata en ruso en internet, la subió a su propia página web y la promocionó. Las descargas se dispararon. Y entonces ocurrió la magia: la gente empezó a leerlo en digital, se enganchó a su estilo y, pum, empezaron a comprar los libros físicos. En un año vendió diez mil copias físicas; al siguiente, cien mil. Hoy ha vendido más de diez millones de libros en Rusia.

El argumento de Coelho es:

«Cuanto más a menudo escuchamos una canción en la radio, más ganas dan de adquirir el CD. Es lo mismo con la literatura. Cuanta más gente «piratee» un libro, mejor. Si les gusta el principio, comprarán el libro entero al día siguiente, porque no hay nada más cansado que leer largos textos en la pantalla de una computadora.».

La piratería, para él, es un Caballo de Troya que te permite saltarte el filtro de los editores y los distribuidores y llegar directamente al lector. Una vez que el lector está dentro de tu universo, si tu historia es buena, querrá el objeto físico, querrá apoyar al creador y querrá leer todo lo que publiques después. Se trata de un marketing de ventas alternativo.

Neil Gaiman y la irrelevancia

Otro titán que ha defendido la piratería como herramienta de descubrimiento es Neil Gaiman. El creador de Sandman y American Gods, es un defensor de la cultura abierta. Ha argumentado que la piratería no es una venta perdida, sino una oportunidad de publicidad. Para Gaiman, el mayor enemigo de un escritor no es el pirata, sino la irrelevancia.

Si nadie te conoce, nadie te lee. Y la piratería es una forma muy eficiente de que te conozcan. Gaiman ha señalado que muchos de sus fans más leales le descubrieron a través de una copia pirata de American Gods o Good Omens. Una vez que entraron en su mundo, se convirtieron en coleccionistas de sus obras, compraron sus cómics, pagaron por entradas para sus charlas y, en definitiva, se convirtieron en sustento económico de su carrera. El pirata de hoy es el fanático de mañana.

Rasquemos un poco

Si prescindimos de la moralidad y miramos el tema con frialdad comercial, tenemos que admitir que la piratería puede ser un aliado inesperado para sobrevivir en un mundo tan saturado de novedades. La mayor batalla hoy no es contra el robo, sino, como dice Gaiman, contra la irrelevancia. La piratería funciona como un megáfono gratuito, un altavoz que te permite llegar a lectores que jamás habrían gastado un euro en un autor desconocido.

Ese lector pirata, si la historia le engancha, se convierte en un fan, generando un boca a boca que alimenta el «hype». Es ese «azúcar» ese envoltorio bonito y gratuito que mete tu «veneno» en la cabeza del lector, quien, una vez dentro, puede acabar comprando el físico, pagando por el audiolibro, asistiendo a firmas o recomendando tu obra en su club de lectura. Incluso, un autor autopublicado inteligente puede leer la piratería masiva como un indicador de éxito, validando su nicho para ajustar su estrategia o negociar con un editor tradicional mostrando la tracción de su obra en los repositorios digitales.

Pero, cuidado. Antes de que empieces a subir tus propios epubs a Mega pensando que te vas a forrar, tenemos que, una vez mas, mover la cámara y mirar hacia el otro lado de la cama. Porque para muchos otros autores, la piratería no es un Caballo de Troya, sino un verdugo que les está anudando la soga.

Miles de ventas perdidas

El mundo literario también está lleno de autores que se han manifestado abiertamente en contra de la piratería, defendiendo que su trabajo tiene un valor y que el robo digital tiene consecuencias muy feas.

Una de las voces más firmes y guerreras en este sentido ha sido la de Maggie Stiefvater, una autora de fantasía juvenil superventas, famosa por sagas como The Raven Cycle. Podrías pensar que alguien con ese éxito puede permitirse que la pirateen. Te equivocas.

Hace unos años, Stiefvater se dio cuenta de que las ventas de los e-books de su tercera entrega en una saga estaban cayendo en picado, mucho más de lo habitual en una serie. Mientras tanto, las conversaciones online sobre el libro y la asistencia a sus firmas de libros físicos seguían creciendo. Algo no cuadraba. Stiefvater estaba convencida de que la piratería estaba canibalizando sus e-books, pero su editorial no estaba segura de cómo cuantificar ese daño.

Así que Stiefvater hizo un experimento genial. Cuando salió la cuarta entrega, se alió con su hermano y, en lugar de intentar borrar las copias piratas de internet, decidieron saturar el mercado. Subieron cientos de archivos PDF «fake» de The Raven King a todos los foros y sitios de torrents. El archivo tenía el mismo peso y la misma extensión que el libro real, pero contenía solo los primeros cuatro capítulos repetidos una y otra vez.

El resultado fue instantáneo. Los foros explotaron con comentarios de fans cabreados que no podían encontrar la copia real. Muchos de ellos, desesperados por saber cómo terminaba la historia y cansados de bajarse copias falsas, compraron el e-book legal. El libro físico se agotó en dos días en todo Estados Unidos y la editorial tuvo que reimprimir de emergencia. Stiefvater demostró su punto: en la era del smartphone, donde bajarse un libro es tan fácil como mandar un «ola ke ase» por redes, un libro pirateado a veces SÍ es una venta perdida.

J.K. Rowling y la protección digital

Otra autora que tradicionalmente ha luchado contra la piratería con uñas y dientes es, lógicamente, J.K. Rowling. La creadora de Harry Potter se negó durante años a publicar las ediciones e-book de su saga. Quería que los niños leyeran en papel, pero también quería proteger su propiedad intelectual de un mundo digital que no entendía y que, a su juicio, solo generaba copias ilegales.

Su postura tuvo un efecto rebote irónico al principio: al no existir una versión digital legal de Harry Potter, el tráfico de copias pirateadas caseras, mal maquetadas y escaneadas llegó a niveles récord. Al final, Rowling tuvo que rendirse y lanzó Pottermore (ahora Wizarding World), una web que se convirtió en la única fuente legal y segura para comprar los e-books de Harry Potter, utilizando marcas de agua digitales para rastrear las copias. Su lucha histórica demuestra que incluso la autora más vendida del planeta siente la necesidad de defender su obra de la libre circulación de copias que no controla.

¿Tanto daño hace?

Si nos olvidamos del romanticismo y miramos la realidad, tenemos que admitir que la piratería funciona como un tumor que devora la carrera de un escritor. La pérdida directa de ingresos es el primer golpe, el más obvio. Si un lector piratea un libro que, bajo otras circunstancias, habría comprado —como demostró el brutal experimento de Stiefvater—, el autor se queda sin sus regalías. Para un autopublicado que se embolsa un porcentaje del precio de un e-book, cada copia robada puede significar la diferencia entre pagar el alquiler y sobrevivir, o dormir bajo un puente.

La devaluación del trabajo literario

Y este daño económico viene acompañado de un efecto a largo plazo: la devaluación del trabajo literario. Esa alegre facilidad con la que se consiguen libros gratis inocula en el lector medio la idea de que la literatura es un producto gratuito, un derecho. Se borra de un plumazo la conciencia de que detrás de esas cien mil palabras hay meses de insomnio, investigación, corrección, maquetación y diseño de portada. Cuando todo es gratis, la obra pierde su peso. Nada tiene valor.

Este golpe, por supuesto, no hace parpadear a gigantes como Stephen King, Neil Gaiman o Egoitz Martínez; para ellos, unos miles de descargas ilegales son un simple daño colateral asumible o, como vimos, marketing. La verdadera carnicería la sufren los autores autopublicados de menor éxito. Para ellos, cada e-book pirateado es un fantasma que no deja rastro en el algoritmo, no suma en los rankings y se traduce en Amazon como una letal «falta de interés».

Roba este libro

Y ya que estamos paseando por este barrizal de contradicciones, no podemos ignorar una de las mas interesantes paradojas de la contracultura literaria. Hablo, por supuesto, del legendario Roba este libro (Steal This Book), el brutal manifiesto publicado en 1971 por Abbie Hoffman. Como una de las caras más visibles del movimiento hippie, Hoffman no se anduvo con tonterías. Lanzó una guía para exprimir a la sociedad americana sin gastar un solo céntimo. En sus páginas te enseñaba desde cómo conseguir comida y hacer llamadas telefónicas gratis, hasta cómo cultivar marihuana, y, lógicamente, cómo saquear las mercancías de las grandes empresas.

Como era de esperar, ninguna editorial tradicional se atrevió a tocar aquel manuscrito radiactivo ni con un palo. ¿La solución? Hoffman fundó su propio sello, «Pirate Editions», y lo autopublicó. El texto vendió más de un cuarto de millón de ejemplares, aunque la genialidad de su título garantizó que una cifra incalculable de copias desapareciera mágicamente de las librerías sin pasar por caja.

Era, en realidad, un manual anarquista de sabotaje político. Hoffman animaba a robar el objeto físico a la gran cadena comercial para demostrar la vulnerabilidad del imperio, escudado en su propia moralidad:

«No es inmoral robar al sistema; de hecho, es inmoral no hacerlo».

El acceso libre al conocimiento

Esos usuarios que mendigan epubs gratuitos suelen envolverse en la bandera del acceso libre al conocimiento y la rebelión contra el mercado. Suena épico, pero la realidad es otra. Hay un abismo insalvable entre bajarse un archivo suelto, leerlo y borrarlo, y la estúpida práctica de acumular discos duros enteros con miles de novelas que jamás van a leer. Al compartirlas libremente, lo único que consiguen es estrangular la supervivencia del autor modesto que pelea por mantenerse a flote en el mercado.

El pirata literario no es un Robin Hood que roba a las ricas editoriales para alimentar a los pobres lectores. Es una bestia compleja que, casi siempre, acaba devorando a quien dice defender: al creador que se deja la sangre para crear una historia. La verdad siempre hace daño, y el buen escritor sabe que la piratería puede ser un Caballo de Troya magistral para unos pocos, pero es un tiro en las tripas para la inmensa mayoría.

Así que, la próxima vez que te muerdas las uñas frente a la pantalla en Threads, suplicando por ese enlace de descarga gratuita, pregúntate si realmente estás hackeando el sistema para descubrir a tu próximo autor favorito, o si simplemente le estás robando el sustento al tipo que acaba de emocionarte con su escritura.

Piensa detenidamente en ello antes de pulsar el botón.

El mundo te observa.

José Manuel Sarabia Sainz

El enfermo que escribió Crónicas de San Bernardo City (pendiente de piratear).

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