La ciudad y sus muros inciertos, Haruki Murakami: reseña y análisis

Tiempo de lectura: 9 minutos
La ciudad y sus muros inciertos

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La ciudad y sus muros inciertos apareció en Japón el 13 de abril de 2023, publicada por Shinchōsha, y llegó a España en 2024 mediante Tusquets, con traducción de Juan Francisco González Sánchez. La novela comienza con una relación adolescente entre un muchacho de diecisiete años y una joven de dieciséis que le habla de una ciudad rodeada por una muralla, espacio donde asegura que reside su verdadero yo. Cuando ella desaparece de la vida del protagonista, aquella ciudad deja de ser únicamente una historia compartida y empieza a quedar asociada con una pérdida que él conservará durante décadas. Esa relación entre ausencia y espacio imaginado organiza buena parte del libro, porque el narrador llegará finalmente a la ciudad y descubrirá allí una biblioteca donde deberá leer viejos sueños después de separarse de su propia sombra.

La novela posee además una procedencia excepcional dentro de la obra de Murakami, ya que su núcleo se remonta a una narración publicada en 1980 con un título prácticamente idéntico y nunca incorporada después a un libro. Parte de aquel material fue transformado en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas de 1985, aunque Murakami regresó décadas más tarde a la historia original y comenzó una nueva versión durante la pandemia de 2020. Por consiguiente, el libro de 2023 no recupera simplemente una idea antigua, sino que vuelve sobre uno de los espacios imaginarios de su primera etapa desde una trayectoria literaria ya muy extensa, circunstancia que explica la presencia de motivos conocidos junto con una organización diferente.

La relación adolescente y la construcción de la ciudad

La ciudad adquiere forma durante las conversaciones entre los dos jóvenes, y esa procedencia resulta importante porque todo lo que el narrador conoce inicialmente sobre ella depende de la muchacha. Es ella quien describe la muralla, la torre del reloj sin agujas y una biblioteca donde se conservan viejos sueños, mientras insiste en que la persona que se encuentra a su lado pertenece al mundo exterior y que su verdadero yo permanece dentro del recinto. A partir de esa afirmación, la ciudad deja de funcionar como una fantasía compartida sin consecuencias y empieza a intervenir directamente en la manera en que el protagonista comprende a la joven.

La desaparición posterior intensifica esa relación porque el narrador ya no dispone de la persona que podía explicar qué significaba aquel lugar. De esta manera, la ciudad conserva algo que la relación real ha perdido y termina convirtiéndose en el único espacio donde él imagina que todavía podría encontrarla. Cuando finalmente logra entrar, descubre a una versión de la muchacha trabajando en la biblioteca, aunque ella no reconoce la historia que ambos habían compartido fuera de los muros. El reencuentro, por ende, confirma la existencia de aquello que él buscaba y al mismo tiempo demuestra que llegar hasta allí no equivale a recuperar la relación desaparecida.

Esa diferencia empieza a definir el conflicto central de la primera parte. El protagonista ha conseguido acceder al espacio que durante años había asociado con la joven, pero para permanecer allí debe aceptar unas condiciones que afectan su propia identidad y lo separan progresivamente del mundo exterior.

La separación de la sombra y las condiciones de permanencia

Entrar en la ciudad exige abandonar la sombra, que queda bajo la vigilancia del guardián mientras el narrador recibe alojamiento y comienza a trabajar en la biblioteca. La separación introduce una consecuencia inmediata de la decisión anterior, ya que el acceso al lugar donde espera reencontrar a la muchacha requiere desprenderse de una parte de sí mismo. Conforme pasan los días, esa pérdida deja de parecer provisional porque la sombra empieza a debilitarse y advierte que, si permanecen demasiado tiempo dentro de los muros, la separación puede volverse definitiva.

A partir de esa amenaza, la ciudad adquiere una dimensión distinta de la que tenía durante las conversaciones juveniles. Hasta entonces había sido principalmente el lugar donde supuestamente residía el verdadero yo de la muchacha; ahora también impone una transformación sobre quien entra y obliga al protagonista a decidir cuánto está dispuesto a ceder para conservar su cercanía con ella. Por esta razón, la muralla no organiza solamente un espacio físico, sino también una frontera entre dos formas de existencia cuyas reglas resultan incompatibles.

La incertidumbre del título se vuelve especialmente visible en ese punto, porque los muros poseen una presencia material muy concreta y, sin embargo, el mundo que delimitan nunca recibe una explicación única. El narrador puede recorrer sus calles y conocer sus rutinas, pero esa precisión espacial no aclara del todo qué relación existe entre la ciudad y el mundo exterior. Murakami mantiene así una tensión entre la solidez del lugar y la dificultad de determinar su naturaleza, de modo que la experiencia del protagonista depende de unas reglas visibles cuyo sentido permanece abierto.

La biblioteca y los viejos sueños

Dentro de ese espacio regulado por límites estrictos, el narrador encuentra en la biblioteca la actividad que organiza sus días y prolonga su vínculo con la joven. Cada tarde recibe antiguos cráneos que contienen los llamados viejos sueños y debe leerlos mediante una luz que surge de ellos, tarea cuya lógica nunca llega a explicarse mediante un sistema completo. Precisamente por esa ausencia de instrucciones definitivas, el trabajo exige una relación cada vez más intuitiva con imágenes que aparecen ante él sin formar un relato continuo.

La joven participa en esas sesiones y, por consiguiente, la biblioteca concentra la contradicción que impulsa al protagonista desde su llegada. Él puede verla de manera regular y compartir con ella un espacio íntimo, pero sigue sin conseguir que reconozca la relación mantenida fuera de la ciudad. Así, cada jornada reduce la distancia física entre ambos mientras conserva intacta otra separación mucho más difícil de superar, relacionada con aquello que ella puede reconocer como parte de su propia vida.

El deterioro de la sombra vuelve entonces más urgente esa contradicción. Cuanto más tiempo permanece el narrador leyendo sueños y acercándose a la muchacha, mayor es el riesgo de perder definitivamente su vínculo con el exterior; de ahí que la permanencia en la ciudad deje de ser una forma de recuperación y empiece a exigir una elección que ya no puede aplazarse.

El regreso al exterior y el cambio de escala

La salida de la ciudad abre una segunda etapa que se desarrolla muchos años después y modifica profundamente la escala del relato, porque el protagonista ya no es el adolescente que intentaba recuperar a la muchacha, sino un hombre de mediana edad cuya vida ha seguido marcada por aquella experiencia. Tras abandonar su empleo en Tokio, acepta dirigir una pequeña biblioteca en una localidad montañosa de Fukushima, y ese nuevo trabajo crea una continuidad concreta con el espacio anterior sin reproducir sus condiciones fantásticas.

El cambio resulta importante porque la biblioteca del mundo exterior pertenece a una comunidad y está integrada en rutinas reconocibles, de manera que el protagonista debe relacionarse nuevamente con personas cuya presencia no depende de las reglas de la ciudad. Allí conoce al señor Koyasu, antiguo director de la institución, y empieza a construir una vida organizada alrededor de tareas cotidianas que contrastan con la inmovilidad del recinto amurallado. Sin embargo, esa aparente estabilidad conserva un vínculo con la experiencia anterior, pues los libros vuelven a situarlo en un lugar donde la lectura funciona como contacto con realidades que no están completamente presentes.

La aparición de un joven lector con una capacidad excepcional para recorrer los libros de la biblioteca intensifica esa conexión y devuelve gradualmente la ciudad al centro del relato. A partir de ese encuentro, aquello que parecía pertenecer a una etapa cerrada empieza a intervenir otra vez en la vida del narrador, de modo que la frontera entre ambos espacios pierde la claridad que había recuperado después de su regreso.

El señor Koyasu y una biblioteca que altera la frontera entre ambos mundos

La llegada del joven lector adquiere mayor importancia porque ocurre en una biblioteca que ya había empezado a debilitar la separación entre lo cotidiano y aquello que el narrador creía haber dejado al otro lado de la muralla. Esa inestabilidad estaba presente desde su relación con el señor Koyasu, antiguo director del establecimiento, cuya apariencia excéntrica y conversación cordial terminan acompañadas por una revelación decisiva: el hombre con quien habla ha muerto y continúa apareciendo en la biblioteca bajo una forma que él mismo acepta sin dramatismo. La información cambia retrospectivamente los primeros encuentros entre ambos y confirma que el mundo exterior tampoco responde por completo a las reglas ordinarias que parecían diferenciarlo de la ciudad.

A partir de esa revelación, la biblioteca deja de funcionar únicamente como contrapunto realista del recinto donde se leen viejos sueños. Koyasu puede conversar con el protagonista y relatar su historia familiar aunque su existencia ya no corresponda a la vida física, circunstancia que introduce una continuidad entre espacios que al principio parecían separados con claridad. El narrador, además, recibe esa presencia con una naturalidad creciente, por lo que Murakami evita transformar la condición de Koyasu en un enigma cuya solución deba buscarse fuera de la experiencia que ambos comparten.

La idea de una «biblioteca ideal» surge dentro de esas conversaciones y amplía el sentido que los libros han adquirido desde la primera parte. Si detrás de los muros la biblioteca conservaba sueños encerrados en antiguos cráneos, en Fukushima los volúmenes pertenecen a una institución abierta y pueden pasar de una persona a otra. Sin embargo, la aparición de Koyasu demuestra que incluso ese espacio aparentemente cotidiano admite presencias cuya naturaleza escapa a una explicación estable.

El muchacho de la parka amarilla y el regreso de la ciudad

La conexión se vuelve más directa con el muchacho conocido por su parka de Yellow Submarine, un lector adolescente capaz de asimilar cantidades extraordinarias de información y particularmente interesado en la ciudad amurallada. Su relación con los libros difiere de la del narrador, pues puede recorrerlos con una velocidad excepcional y retener su contenido con una precisión que lo distancia de quienes lo rodean. Esa capacidad lo ha convertido también en una figura aislada, de modo que la biblioteca le proporciona uno de los pocos espacios donde su manera de relacionarse con el mundo encuentra una función reconocible.

Cuando el muchacho manifiesta su deseo de acceder a la ciudad, aquello que el narrador había vivido como una experiencia íntima empieza a adquirir una existencia independiente de su propia historia. La posibilidad resulta decisiva, ya que el recinto deja de pertenecer exclusivamente a su relación con la joven desaparecida y aparece como un lugar al que otra persona también puede dirigirse. De esta manera, Murakami amplía la pregunta planteada desde el comienzo acerca de quién puede entrar y qué debe abandonar para hacerlo.

El joven encuentra en ese espacio una forma de pertenencia difícil de alcanzar en el exterior, mientras el narrador debe asumir que su propia relación con la ciudad ya no determina todo lo que allí puede suceder. Por consiguiente, la transferencia entre ambos personajes desplaza gradualmente el centro del relato desde la recuperación de una pérdida juvenil hacia la posibilidad de que un mismo lugar adquiera funciones distintas para personas diferentes.

La ciudad, la sombra y una frontera que depende de quien la atraviesa

El recorrido del muchacho también obliga a reconsiderar el significado de la sombra, porque la separación sufrida por el protagonista había presentado inicialmente la entrada como una pérdida necesaria para permanecer dentro de los muros. Con el desarrollo posterior, esa división adquiere una función más amplia y empieza a relacionarse con la posibilidad de habitar una realidad renunciando a aquello que todavía vincula al individuo con otra. La sombra conserva deseos propios y puede discutir las decisiones de quien la llevaba, de modo que su existencia impide interpretar la separación como un simple desdoblamiento decorativo.

La muralla responde a una lógica semejante. Su presencia material parece garantizar una división absoluta, aunque los acontecimientos posteriores demuestran que las fronteras pueden atravesarse y que aquello que existe a cada lado continúa influyendo sobre el otro. Por ello, la incertidumbre anunciada por el título no procede de que los muros sean inexistentes, sino de que su capacidad para determinar dónde empieza una realidad y termina la otra nunca resulta definitiva.

Murakami relacionó esta cuestión con el período en que volvió a escribir la novela. En una conversación publicada por The New Yorker, explicó que retomó el proyecto durante la pandemia y que el aislamiento de aquellos años cambió su manera de pensar el significado de una ciudad cerrada por muros. Esa circunstancia histórica no reduce el recinto a una alegoría del confinamiento, pero ayuda a entender por qué una idea concebida en 1980 podía adquirir otra resonancia al ser reconstruida cuatro décadas después.

Volver sobre una historia escrita al comienzo de su carrera

Ese intervalo de más de cuarenta años distingue La ciudad y sus muros inciertos de otras recuperaciones de motivos anteriores en la obra de Murakami. Después de Primera persona del singular, donde varios relatos examinaban desde una voz tardía episodios relacionados con etapas anteriores de una vida, el novelista regresó directamente a un material producido al comienzo de su trayectoria y decidió reconstruirlo a gran escala. La operación afecta tanto al argumento como a la relación del autor con una historia que había considerado insuficientemente resuelta en su primera versión.

El vínculo más evidente aparece con El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, cuya mitad fantástica ya había reutilizado la ciudad amurallada, el lector de sueños y la separación de la sombra. La novela de 2023 recupera varios de esos elementos, aunque cambia el marco que les da sentido y prolonga la historia hacia la biblioteca de Fukushima. Esa ampliación resulta fundamental porque el recinto deja de depender de la arquitectura paralela que organizaba la novela de 1985 y pasa a relacionarse con distintas etapas de la vida de un mismo narrador.

El propio Murakami explicó que había quedado insatisfecho con la narración de 1980 y que durante años consideró pendiente aquel material. Esa declaración permite entender la nueva novela como una reescritura consciente antes que como una repetición inadvertida. Al mismo tiempo, la cercanía entre algunos episodios es suficientemente grande para que la recepción haya discutido hasta qué punto la recuperación produce nuevas posibilidades narrativas o prolonga motivos ya desarrollados en libros anteriores.

La extensión y el ritmo de una novela construida mediante retornos

La estructura de 672 páginas registrada por Shinchōsha concede un espacio considerable a esas repeticiones y desplazamientos. El relato avanza mediante escenas cotidianas, conversaciones prolongadas y regresos a imágenes cuya función cambia ligeramente conforme el narrador atraviesa nuevas experiencias. Esa cadencia resulta coherente con un libro interesado en la persistencia de una historia durante décadas, aunque también produce tramos donde la reiteración de ciertas preguntas ralentiza el avance.

La recepción internacional se dividió precisamente alrededor de ese aspecto. Algunas lecturas destacaron la forma en que la segunda parte expande el material conocido y encuentra en Koyasu y el muchacho de la parka amarilla nuevas vías para explorar la ciudad; otras señalaron que la novela explica o repite con demasiada frecuencia símbolos que ya habían adquirido suficiente claridad. Esa discrepancia aparece también en la comparación inevitable con El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, pues conocer la novela de 1985 hace especialmente visibles las correspondencias entre ambos libros.

La traducción inglesa de Philip Gabriel apareció en noviembre de 2024 y trasladó esa discusión a una recepción internacional más amplia. Penguin Random House presentó la obra como el regreso de Murakami a una ciudad imaginada originalmente al comienzo de su carrera, dato que resume una particularidad difícil de separar del análisis formal: pocas novelas suyas muestran de manera tan directa lo que ocurre cuando un escritor vuelve sobre la misma construcción ficticia después de más de cuatro décadas.

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