La muerte del comendador, Haruki Murakami: reseña y análisis

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La muerte del comendador

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La muerte del comendador apareció en Japón el 24 de febrero de 2017, publicada por Shinchōsha simultáneamente en dos volúmenes, La aparición de la idea y La metáfora cambiante. La novela está narrada por un retratista de treinta y seis años cuyo nombre nunca se revela y cuya vida pierde su organización habitual cuando su esposa le comunica que quiere separarse. Después de abandonar Tokio y pasar varias semanas viajando por el norte de Japón, acepta instalarse en la casa que Masahiko Amada, antiguo compañero de estudios, mantiene vacía mientras su padre permanece internado en una residencia. Ese padre es Tomohiko Amada, pintor de reconocido prestigio, y la convivencia indirecta con su obra empieza a transformar tanto la situación personal del protagonista como su manera de entender la pintura. La edición original de Shinchōsha sitúa precisamente en esa casa de montaña el período de aislamiento que organiza el comienzo de la novela.

Publicada cuatro años después de Los años de peregrinación del chico sin color, la obra recupera una amplitud narrativa cercana a 1Q84 y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, aunque concentra su punto de vista en una única voz que reconstruye los acontecimientos desde una etapa posterior. El aislamiento inicial abre progresivamente una historia donde el retrato, una pintura escondida y la figura de Wataru Menshiki empiezan a relacionarse con episodios del pasado de Tomohiko Amada. Murakami vuelve así a una estructura en la que una crisis privada conduce hacia una realidad cuyas reglas se descubren gradualmente, pero aquí la pintura ocupa una posición central porque cada avance depende de mirar, interpretar y decidir qué aspectos de otra persona pueden trasladarse a una imagen.

La separación y el abandono del retrato comercial

Antes de instalarse en la montaña, el protagonista llevaba años pintando retratos por encargo a partir de fotografías, actividad que le proporcionaba ingresos estables sin responder plenamente a aquello que deseaba explorar como artista. La ruptura matrimonial coincide con el abandono temporal de ese trabajo y crea un período en el que desaparecen varias de las rutinas que habían organizado su vida adulta. El viaje posterior por Japón prolonga esa suspensión hasta que la casa de Amada le proporciona un lugar donde volver a pintar sin las obligaciones anteriores.

La crisis de pareja adquiere importancia formal porque Murakami la utiliza para separar al narrador de su entorno habitual antes de introducir los elementos extraordinarios. Durante las primeras semanas en la casa, la soledad está compuesta por actividades ordinarias y por la observación de un espacio que perteneció a otro pintor, circunstancia que le permite entrar en contacto con materiales y hábitos que desconoce. La montaña crea una distancia respecto de Tokio y, al mismo tiempo, coloca al protagonista dentro del lugar donde Tomohiko Amada había trabajado durante décadas.

Su relación con el retrato empieza a cambiar cuando deja de considerarlo únicamente una tarea profesional. El narrador posee una capacidad particular para captar rasgos de las personas y trasladarlos al lienzo, aunque hasta entonces esa habilidad había quedado condicionada por encargos construidos desde fotografías. La posibilidad de pintar directamente frente a un modelo introduce otra relación con el tiempo de observación y prepara el encuentro con Menshiki, cuya presencia obligará a explorar esa capacidad con mayor libertad.

El cuadro escondido de Tomohiko Amada

La casa adquiere una dimensión distinta cuando el protagonista descubre en el desván una pintura cuidadosamente envuelta y protegida que lleva por título La muerte del comendador. Tomohiko Amada había construido su carrera pública dentro de la tradición del nihonga, por lo que la existencia de una obra desconocida y apartada del resto plantea desde el comienzo una pregunta sobre las razones de ese ocultamiento. La escena representada remite al asesinato del Comendador en Don Giovanni, de Mozart, aunque los personajes aparecen trasladados a un ambiente japonés antiguo y ejecutados mediante un lenguaje pictórico asociado con la etapa madura del artista.

La referencia operística amplía la función del cuadro porque el narrador conoce la música de Mozart y puede reconocer la acción representada sin reducir la pintura a una simple ilustración. Amada ha trasladado una escena europea a otro sistema visual y ha añadido elementos cuya presencia no encuentra una explicación inmediata, de manera que observar la obra exige preguntarse por las decisiones de quien la pintó y por aquello que pudo haber querido dejar oculto. El pasado del artista empieza a adquirir entonces un peso que la casa por sí sola todavía no tenía.

Durante su juventud, Amada había vivido en Viena antes de regresar inesperadamente a Japón y abandonar la pintura occidental que practicaba hasta entonces. Ese cambio precede a la etapa por la que llegaría a ser reconocido y convierte el cuadro escondido en un posible vínculo entre períodos de su vida que habían permanecido separados. Murakami introduce esa información de manera gradual, dejando que la investigación artística avance al mismo tiempo que aparecen preguntas sobre la violencia histórica europea que rodeó la estancia del pintor en Austria.

Menshiki y el retrato como forma de investigación

Wataru Menshiki vive en una casa situada al otro lado del valle y entra en contacto con el protagonista después de conocer su trabajo como retratista. Su propuesta consiste en posar personalmente y pagar una cantidad muy superior a la habitual, pero concede al pintor libertad para abandonar las convenciones comerciales que habían marcado sus encargos anteriores. El retrato se convierte por ello en una oportunidad para comprobar qué puede descubrir mediante la observación directa de un modelo cuyo aspecto controlado ofrece pocas pistas sobre su vida.

Las sesiones obligan al narrador a estudiar durante horas un rostro que Menshiki presenta con aparente serenidad, mientras las conversaciones revelan únicamente partes seleccionadas de su pasado. Esa distancia entre apariencia e información modifica la propia práctica del retratista, que empieza a buscar una imagen capaz de registrar algo más que semejanza física. La pintura avanza a medida que su relación con Menshiki se vuelve más compleja, por lo que el proceso creativo queda integrado en la investigación sobre un hombre que ha organizado cuidadosamente la imagen que ofrece a los demás.

La posición de su casa también adquiere importancia porque desde ella Menshiki puede observar la vivienda de los Akikawa, familia con la que mantiene un interés que tarda en explicar. La proximidad geográfica entre ambas propiedades convierte el valle en un espacio donde mirar desde lejos empieza a tener consecuencias concretas, relación que prolonga el problema ya planteado por el retrato y por la pintura escondida de Amada. En cada caso, ver algo no equivale todavía a conocer su significado.

La campana y la apertura de un espacio bajo tierra

Las noches en la montaña cambian cuando el protagonista empieza a escuchar el sonido de una campana procedente del bosque cercano. La repetición ocurre a horas semejantes y resulta suficientemente precisa para descartar una impresión pasajera, por lo que Menshiki participa en la búsqueda del origen y ambos terminan localizando una estructura cubierta por piedras. Al abrirla encuentran una cavidad subterránea cuyo interior contiene la campana responsable del sonido, aunque no aparece una explicación material convincente sobre quién podía hacerla sonar desde allí.

El hallazgo relaciona por primera vez la casa con un fenómeno que excede la investigación sobre Tomohiko Amada. Hasta ese momento, las preguntas podían dirigirse hacia documentos, decisiones pictóricas o acontecimientos históricos vinculados con una persona concreta; la campana introduce algo que ocurre en el presente y obliga al narrador a reconsiderar los límites de aquello que acepta como posible. La cavidad permanece junto a la casa como una abertura física cuya función todavía desconoce.

Poco después, la figura del Comendador representada en el cuadro aparece ante el protagonista con una forma corporal reducida y se identifica como una Idea. La pintura deja entonces de pertenecer únicamente al pasado de Amada y empieza a intervenir sobre la realidad inmediata de quien la contempla, de modo que el trabajo artístico, la cavidad del bosque y los acontecimientos asociados con Menshiki comienzan a compartir un mismo espacio narrativo.

Mariye Akikawa y la mirada de Menshiki

La relación entre Menshiki y los Akikawa adquiere un sentido más preciso cuando el protagonista conoce a Mariye, una adolescente de trece años a la que empieza a retratar. Menshiki sospecha que podría ser su hija biológica y observa desde la distancia la casa donde vive con su tía, aunque carece de una confirmación que le permita intervenir abiertamente en su vida. El retratista queda situado entre ambos cuando acepta pintar a la muchacha y descubre que su trabajo puede proporcionar una cercanía que Menshiki intenta alcanzar por otros medios.

El retrato de Mariye exige una atención diferente de la que había requerido Menshiki, porque ella interviene activamente en la manera en que quiere ser observada y obliga al pintor a revisar algunas de sus propias expectativas. La relación entre modelo y artista deja de depender únicamente de captar aquello que permanece oculto en un rostro, ya que la adolescente también evalúa quién la mira y desde qué posición lo hace. Esa reciprocidad amplía el problema planteado desde los primeros capítulos acerca de cuánto puede conocerse de otra persona mediante una imagen.

Menshiki introduce una tensión distinta porque su deseo de acercarse a Mariye convive con una forma de vigilancia que conserva cuidadosamente fuera de la vista de los demás. La casa blanca situada al otro lado del valle funciona entonces como una extensión de su personalidad, aislada y diseñada para observar sin exponerse, condición que algunas lecturas críticas han relacionado con El gran Gatsby, novela que Murakami tradujo al japonés y cuya figura central también organiza su vida alrededor de alguien contemplado desde la distancia.

Tomohiko Amada y la violencia escondida detrás del cuadro

La investigación alrededor de La muerte del comendador conduce al narrador hacia una etapa de la vida de Tomohiko Amada que había quedado separada de su trayectoria pública como pintor. Su estancia en Viena durante los años treinta coincide con el ascenso del nazismo y con acontecimientos políticos cuya relación exacta con él aparece de manera fragmentaria, mientras el regreso posterior a Japón precede al cambio radical de estilo que definió su carrera.

El cuadro adquiere otra densidad cuando esa información se relaciona con la violencia histórica que rodeó a la familia Amada. La composición inspirada en Don Giovanni deja de ser únicamente una reinterpretación japonesa de Mozart y empieza a contener indicios de experiencias que el pintor nunca explicó públicamente. Murakami utiliza así una obra visual como depósito de un pasado que solo puede reconstruirse de manera parcial, de modo que interpretar el lienzo implica atender tanto a lo representado como a las circunstancias que rodearon a quien lo pintó.

Este vínculo con la historia amplía una característica ya visible en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, donde acontecimientos del Japón imperial irrumpían dentro de una búsqueda privada. Aquí la escala es más concentrada y el acceso se produce mediante la biografía de un artista, pero la violencia colectiva vuelve a aparecer como algo que continúa actuando mucho después del período en que ocurrió.

La Idea y la Metáfora dentro del mundo narrativo

La aparición del Comendador introduce una figura que se presenta a sí misma como una Idea y que adopta la forma del personaje representado en el cuadro de Amada. Su existencia no responde a las reglas físicas del entorno, aunque el narrador puede conversar con él y recibir información cuya utilidad se hace visible conforme avanzan los acontecimientos. Murakami evita elaborar una teoría completa sobre estas entidades y trabaja con denominaciones que adquieren sentido a través de aquello que hacen dentro de la historia.

Esa lógica se amplía cuando aparecen las Metáforas y el protagonista debe atravesar un espacio donde las relaciones entre imagen, lenguaje y experiencia dejan de comportarse de manera ordinaria. El descenso hacia ese territorio recupera un motivo presente en otras novelas de Murakami, especialmente Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, aunque en La muerte del comendador queda ligado de forma directa al trabajo del pintor y a su capacidad para convertir una percepción en representación.

La crítica ha señalado la recurrencia de estos espacios subterráneos dentro de la obra del autor, y The Guardian relacionó explícitamente este descenso con otros pasajes donde un personaje atraviesa un ámbito físico para acceder a una realidad diferente. La repetición del motivo no elimina su función específica aquí, porque el viaje se produce cuando el protagonista necesita actuar sobre una desaparición concreta y depende de conceptos que habían surgido previamente a través de la pintura.

El descenso y la búsqueda de Mariye

La desaparición de Mariye lleva la novela hacia una fase donde las cuestiones planteadas por los retratos y por la cavidad del bosque dejan de permanecer separadas. El protagonista atraviesa un espacio subterráneo cuya organización responde a reglas inestables y debe avanzar guiándose por relaciones que no poseen una explicación literal inmediata. Aquello que había empezado como una investigación sobre un cuadro termina así convertido en una experiencia que exige entrar físicamente en la clase de territorio que la obra de Amada parecía haber abierto.

Murakami concentra aquí varios motivos anteriores sin convertirlos en una equivalencia sencilla. La cavidad, el Comendador y las Metáforas intervienen dentro del recorrido, pero cada elemento conserva una función propia y obliga al narrador a actuar sin comprender enteramente el sistema que los relaciona. El regreso adquiere importancia porque demuestra que atravesar ese espacio tiene consecuencias sobre la vida cotidiana y modifica su disposición frente a aquello que había intentado mantener a distancia desde la separación matrimonial.

La experiencia artística queda ligada a ese cambio de una manera concreta. El protagonista había comenzado a pintar buscando recuperar una relación personal con su trabajo, y el recorrido posterior lo obliga a aceptar que una imagen puede contener aspectos que exceden la intención consciente de quien la produce. La muerte del comendador lleva esa premisa hasta una dimensión fantástica y convierte el acto de mirar un cuadro en el inicio de una cadena de acontecimientos que afectan directamente a quienes lo rodean.

El regreso a la vida anterior y los límites de la explicación

Cuando el narrador abandona la casa de la montaña, la crisis matrimonial que había abierto la novela también ha cambiado de posición. Su relación con Yuzu encuentra una posibilidad de recomposición y el regreso a una vida compartida deja atrás el aislamiento que había definido gran parte del relato. La experiencia vivida durante esos meses no queda organizada como un enigma completamente resuelto, porque varias conexiones permanecen abiertas y algunas figuras desaparecen sin ofrecer una explicación definitiva.

Ese grado de indeterminación fue uno de los puntos discutidos por la recepción anglosajona. The Washington Post destacó la relación entre la novela y la reinvención artística del protagonista, mientras dos reseñas de The Guardian señalaron tanto la riqueza de sus motivos como la dispersión producida por una acumulación de líneas que no siempre encuentran el mismo desarrollo. La extensión del libro favorece esa amplitud, pero también vuelve visibles ciertos retornos sobre problemas que ya habían quedado suficientemente establecidos.

La traducción inglesa apareció en 2018, realizada por Philip Gabriel y Ted Goossen, y reunió en un solo volumen los dos libros de la edición japonesa. Esa organización internacional reforzó la lectura de La muerte del comendador como una novela unitaria, aunque su estructura original conserve la división entre la aparición de la Idea y el posterior desarrollo de la Metáfora, dos movimientos que corresponden con bastante precisión a la expansión progresiva del mundo narrativo.

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