Vamos a asesinar de una vez por todas el mito de la musa y la mentira de la inspiración divina.
Si te sientas en un despacho impecable esperando a que tu imaginación te dicte una trama brillante y llena de matices, vas a terminar escribiendo historias de cartón piedra. Conflictos asépticos que suenan a guion barato.
El escritor de raza no inventa de la nada; sale a la calle y le roba los argumentos a la vida. Escribir no es un acto de magia. Es un acto de carroña, espionaje y desgaste físico.
El problema no es el bloqueo
Si la hoja en blanco te aterra porque no sabes qué contar, el problema no es que tengas un bloqueo. El problema es que estás demasiado cómodo. Observa cómo obtenían inspiración aquellos que nos precedieron en el oficio.
Norman Mailer, uno de los grandes pesos pesados, no acudía a las fiestas de la alta sociedad para hacer amigos; iba a saquear. Era conocido por sacar una libreta de espiral en medio de una sala abarrotada y anotar, en las narices de sus interlocutores, las frases exactas que estaba escuchando.
Un carterista de la conversación
Mailer era un carterista de la conversación. Extraía el oro de los reproches ajenos, la envidia mal disimulada y los secretos a media voz, y se los llevaba a su máquina de escribir.
Si te parece una falta de educación, es que todavía tienes la piel demasiado fina para este oficio. Un bar de madrugada, cuando el alcohol oxida los frenos sociales, o la sala de espera de un hospital, son minas a cielo abierto. Si quieres que tus personajes hablen con verdad, tienes que robarle las palabras a quien ya las está sangrando.
La prensa como cantera de historias
Pero los diálogos no bastan; necesitas una trama. Y, para eso, nada mejor que hundir las manos en la basura de la sociedad.
James M. Cain, el padre indiscutible de la novela negra dura y autor de El cartero siempre llama dos veces, no perdía el tiempo invocando a las musas. Leía la prensa sensacionalista y la sección de sucesos. Sabía que la mente humana nunca podrá diseñar un crimen tan retorcido, patético y visceral como los que cometen los ciudadanos de a pie cuando los ciega la codicia o la entrepierna.
Crímenes reales convertidos en ficción
Edgar Allan Poe hizo exactamente lo mismo. Cuando escribió El misterio de Marie Rogêt, no se sacó el argumento de la manga. Cogió el caso real y sin resolver de Mary Cecilia Rogers, una joven asesinada en Nueva York, destripó los atestados policiales y los recortes de periódico, y construyó su relato sobre el cadáver aún caliente de la noticia.
La realidad no tiene filtros ni se preocupa por la verosimilitud. Si te faltan ideas, deja de mirar a la pared y empieza a mirar las actas policiales, los juicios por herencias o las disputas vecinales que acaban a navajazos.
La verdadera pulpa de la literatura
Ahí está la verdadera pulpa de la literatura.
A veces, la inspiración exige castigar el cuerpo. Charles Dickens es recordado por muchos como un autor clásico y respetable, pero su método de trabajo rozaba el masoquismo.
Cuando la trama se le atascaba en la garganta, Dickens no se quedaba frente al fuego de la chimenea. Salía de su casa a las dos de la madrugada y caminaba hasta treinta kilómetros por los peores y más peligrosos callejones del Londres victoriano.
Caminar hasta la extenuación
Se adentraba en los barrios donde la policía no entraba, respirando la pestilencia del Támesis, el olor a ginebra barata y la miseria absoluta. Necesitaba que el fango le manchara las botas y que el frío le calara los huesos. Caminaba hasta la extenuación física para poder inyectar esa misma pesadilla en las venas de sus lectores.
Las buenas historias exigen que te manches las manos. Tienes que masticar la realidad, oler el miedo en los vagones del metro a última hora y observar cómo se resquebraja la moral de la gente cuando nadie mira.
Tu trabajo es robarle al mundo sus instintos más bajos para meterlos en tu propia trituradora narrativa.
José Manuel Sarabia Sainz