Mantenemos una visión increíblemente idealizada sobre el oficio de escribir y aquellos que alcanzan la cima. Nos imaginamos al «Gran Autor» como un faro de intelecto, un filósofo sosegado que observa las miserias del mundo desde una torre de marfil, destilando sabiduría con una pluma estilográfica.
Pero cuando rascas la superficie y les echas un vistazo de cerca, descubres que la torre de marfil huele a ginebra barata, a sudor y a testosterona mal gestionada. Los premios Nobel y los genios atormentados son, ante todo, seres humanos. Y como tales, están plagados de inseguridades, de egos frágiles que estallan a la mínima provocación y de una mezquindad que, a menudo, no saben resolver con palabras. A veces, la erudición se apaga y el escritor vuelve al estado salvaje del patio de recreo.
Cuando las metáforas terminan en puñetazos
La historia de la literatura está salpicada de peleas callejeras. Porque, cuando las metáforas fallan, los genios también saben soltar un gancho de derechas.
Hoy, vamos al salseo que es lo que os gusta:
Ernest Hemingway se pasó la vida construyendo su propio mito de macho alfa. Cazaba en África, toreaba en España y pescaba tiburones en alta mar. Creía firmemente que él era la encarnación viva de la literatura pura y dura.
A mediados de los años treinta, Hemingway estaba residiendo en Key West, Florida. Al mismo lugar acudía de vacaciones Wallace Stevens, un hombre que representaba todo lo que Hemingway detestaba: Stevens era un prestigioso poeta intelectual, pero también un gris ejecutivo de una compañía de seguros. Stevens, con cincuenta y seis años (dieciséis más que Hemingway), no tenía filtro cuando bebía. Y en una fiesta a la que Ernest no había acudido, Stevens arrinconó a Ursula, la hermana de Hemingway, y la hizo llorar diciéndole que su hermano era un falso, un fraude y «no era un hombre de verdad».
Hemingway sale a buscar a Wallace Stevens
La noticia corrió por las calles de Key West hasta llegar a los oídos de Hemingway quien, en un ataque de ira, salió a la calle bajo la lluvia, buscó al poeta y se plantó delante de él.
Los relatos de los testigos varían en el grado de brutalidad, pero el resultado es ya parte de la historia. Stevens lanzó el primer puñetazo contra Hemingway. Según el relato fanfarrón que el propio Ernest hizo después, el poeta falló y Hemingway lo mandó al suelo de un derechazo. Alguien del público pidió que, para que fuera una pelea justa, Hemingway se quitara las gafas. En cuanto lo hizo, Stevens aprovechó para encajarle su mejor golpe directo en la mandíbula.
La mano rota del poeta oficinista
El resultado fue que Hemingway apenas se inmutó, pero la fuerza del impacto contra su hueso fue tal que Wallace Stevens se rompió la mano por dos sitios. El poeta pasó cinco días en la cama de un hotel recuperándose de la paliza, y Hemingway, disfrutando de su victoria como el sociópata que dicen que era, aceptó guardar el secreto solo a medias: se aseguró de que toda la escena literaria neoyorquina se enterara de cómo había triturado al «poeta oficinista».
Si Hemingway era un púgil clásico, Norman Mailer era un polemista con instintos homicidas. Mailer se consideraba el heredero natural de Hemingway, pero con un ego aún más frágil. Su némesis fue Gore Vidal, una estrella de las letras estadounidenses, arrogante, de verbo afilado y que detestaba profundamente la actitud misógina y machista de Mailer.
Norman Mailer contra Gore Vidal
En 1971, Vidal había escrito un artículo demoledor en el que comparaba a Norman Mailer con Charles Manson. Mailer, que no toleraba las críticas, llegó a la grabación del programa de televisión El Show de Dick Cavett (donde ambos estaban invitados) calentito por la bebida.
Antes de que las cámaras siquiera empezaran a rodar, en el camerino, Mailer se cruzó con Vidal y no perdió un segundo: le propinó un cabezazo y un puñetazo que lo mandó directamente al suelo.
Cualquier otra persona habría llamado a seguridad, pero estamos hablando de Gore Vidal. Tirado en el suelo de los estudios de televisión, Vidal, muy en su sitio, miró hacia arriba, a un Mailer enfurecido, y pronunció una de las mejores frases de la historia de las letras: «Una vez más, las palabras le fallan a Norman Mailer».
De los puñetazos a los vasos de cristal
La hostilidad no terminó ahí. Años después, en 1977, ambos escritores coincidieron en una exclusiva fiesta en Nueva York. Tras un breve y jugoso intercambio de insultos, Mailer le estrelló un vaso en la cara a Vidal. La sangre de un genio manchó el suelo de una fiesta de la alta sociedad, demostrando que la elegancia literaria suele terminar donde empieza la fragilidad del ego.
Si hay una fotografía que destroza por completo la ilusión de la hermandad literaria y la superioridad intelectual, es esa en la que Gabriel García Márquez luce un ojo amoratado. El autor material de ese hematoma fué, ni mas ni menos, su íntimo amigo, compadre y futuro Premio Nobel, Mario Vargas Llosa.
La amistad entre dos gigantes de la literatura
A principios de los setenta, ambos eran los reyes del mercado latinoamericano. Su amistad era tan estrecha que García Márquez era el padrino del segundo hijo del peruano. Eran la realeza de las letras hispanas. Pero el 12 de febrero de 1976, en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, durante el estreno de una película, toda esa erudición se fue a la mierda.
García Márquez vio a su amigo y se acercó con los brazos abiertos y una sonrisa para darle un abrazo. Vargas Llosa, sin mediar palabra, plantó los pies en el suelo y lo recibió con un directo de derecha directo a la cara que dejó al genio colombiano tendido en el suelo, sangrando por la nariz. Según los testigos, la única frase que soltó Vargas Llosa tras el impacto fue: «¡Esto por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona!».
El misterio detrás del puñetazo
El motivo exacto se lo han llevado ambos a la tumba. Los rumores y los biógrafos apuntan a que, durante una severa crisis matrimonial de Vargas Llosa provocada por una infidelidad, García Márquez le habría aconsejado a Patricia (la esposa de Mario) que solicitara el divorcio. Otros hablan de venganzas cruzadas.
Sea como fuere, aquel puñetazo acabó con su amistad para siempre. Dos de las mentes más brillantes del siglo XX, capaces de tejer los universos más sutiles y poéticos de la literatura contemporánea, resolvieron sus problemas exactamente igual que dos matones a la salida de una taberna. No volvieron a dirigirse la palabra durante el resto de sus vidas.
El lado más humano de los autores consagrados
La próxima vez que leas una crítica pedante, o te sientas abrumado por el aura de inmaculada perfección de un autor consagrado, recuerda a Hemingway, Norman Mailer, García Márquez y Vargas Llosa arreglando sus diferencias a puñetazo limpio en una alfombra roja.
El talento narrativo no exime de la violencia ni inseguridad; a menudo, solo las amplifica. Debajo de la prosa perfecta, de los discursos de agradecimiento y de las fajas publicitarias, sigue habiendo seres humanos dispuestos a atacar si alguien se acerca demasiado a su parcela o traiciona su confianza.
La ley de la manada literaria
Al final del día, despojados del barniz de la fama, los tótems de la literatura siguen la ley de la manada que impera en mis propios callejones de San Bernardo City. No importa cuántos premios literarios acumules en la estantería ni lo exquisita que sea tu sintaxis; cuando el ego se siente amenazado o se detecta una traición, las buenas formas desaparecen y lo único que cuenta es quién tiene los puños más rápidos.
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