Los años de peregrinación del chico sin color, Haruki Murakami: reseña y análisis

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Los años de peregrinación del chico sin color

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Los años de peregrinación del chico sin color apareció en Japón en abril de 2013, publicada por Bungeishunjū, y llegó a España ese mismo año mediante Tusquets, con traducción de Gabriel Álvarez Martínez. La novela sigue a Tsukuru Tazaki, ingeniero de treinta y seis años especializado en el diseño de estaciones ferroviarias, cuya vida adulta permanece condicionada por una ruptura ocurrida dieciséis años antes. Durante su adolescencia había formado parte de un grupo de cinco amigos en Nagoya hasta que, poco después de trasladarse a Tokio para estudiar, los otros cuatro decidieron excluirlo sin ofrecerle ninguna explicación. Aquella expulsión lo llevó durante meses a una situación cercana a la autodestrucción y dejó una fractura que continúa interviniendo en sus relaciones mucho después de que la crisis inmediata haya terminado.

Frente a la arquitectura expansiva y las realidades superpuestas de 1Q84, esta novela concentra su atención en una historia personal cuya investigación avanza mediante conversaciones y desplazamientos concretos. Tsukuru necesita volver sobre la ruptura de su juventud cuando Sara, la mujer con la que intenta iniciar una relación, percibe que aquel episodio continúa determinando su manera de acercarse a los demás y le plantea la necesidad de averiguar qué ocurrió. El recorrido posterior adquiere la forma de una peregrinación hacia personas que pertenecieron a una etapa cerrada durante años, y cada encuentro obliga al protagonista a confrontar la imagen que había construido de sí mismo desde que fue expulsado del grupo.

El grupo de Nagoya y la identidad del «chico sin color»

Durante los años de instituto, Tsukuru había encontrado en sus cuatro amigos una forma de equilibrio que asociaba con una pertenencia casi perfecta. Los apellidos de Aka, Ao, Shiro y Kuro contienen referencias cromáticas en japonés, mientras el suyo carece de ellas, diferencia que él transforma progresivamente en una idea sobre sí mismo y termina interpretando como prueba de una personalidad menos definida.

Esa percepción cobra mayor importancia cuando el grupo decide cortar toda relación con él y Tsukuru acepta la exclusión sin exigir una explicación inmediata. Su reacción revela hasta qué punto había situado su identidad dentro de aquella estructura colectiva, porque perder a los otros cuatro equivale durante un tiempo a perder también la referencia desde la cual entendía su propio lugar. Murakami hace visible esa dependencia a través de la incapacidad del personaje para defender una versión alternativa de los hechos, circunstancia que condicionará después su dificultad para establecer vínculos capaces de sobrevivir a la incertidumbre.

La idea de ser alguien «sin color» queda entonces unida a una experiencia de exclusión que Tsukuru acepta como si confirmara algo que ya sospechaba sobre sí mismo. La novela irá desmontando esa interpretación cuando aparezcan otras perspectivas sobre aquellos años y el protagonista descubra que la cohesión del grupo contenía tensiones que nunca había llegado a percibir.

Sara y la necesidad de volver sobre la ruptura

La relación con Sara lleva el problema del pasado hacia el presente porque ella percibe una distancia que Tsukuru no consigue explicar mediante las circunstancias inmediatas de su vida. Él dispone de una profesión estable y ha construido una existencia ordenada en Tokio, pero su manera de relacionarse mantiene una reserva que ella vincula con la expulsión sufrida durante la juventud.

Al pedirle que busque a sus antiguos amigos antes de que ambos continúen avanzando como pareja, Sara convierte una historia que Tsukuru había tratado como irreversible en una cuestión todavía pendiente. La investigación deja así de funcionar como evocación nostálgica y adquiere una finalidad concreta, ya que comprender lo ocurrido se vuelve necesario para decidir qué tipo de relación puede construir en el presente.

Sara participa también de manera práctica al localizar a los antiguos integrantes del grupo y proporcionar información que permite iniciar los encuentros. Esa intervención mantiene la búsqueda conectada con la vida actual de Tsukuru y evita que el regreso a Nagoya quede aislado como simple reconstrucción del pasado.

Los encuentros y la reconstrucción de una historia compartida

Cuando Tsukuru empieza a visitar a quienes habían sido sus amigos, la novela abandona gradualmente la versión unilateral de la ruptura y transforma cada conversación en una corrección parcial de aquello que él creía conocer. Los antiguos miembros del grupo han seguido caminos distintos y ya no ocupan las posiciones casi simbólicas que él les había asignado durante la adolescencia, de modo que reencontrarlos significa comprobar cuánto había congelado sus imágenes en el momento de la separación.

Las conversaciones tampoco producen una explicación inmediata que reorganice todo el pasado, porque cada persona conserva una parte distinta de lo ocurrido y carga con consecuencias propias. Esa distribución de la información obliga a Tsukuru a reconstruir el episodio mediante versiones que no encajan de manera perfecta, y la tensión de la novela empieza a depender de esa diferencia entre lo que él recuerda y lo que los demás pueden aportar.

La búsqueda gana profundidad cuando la exclusión deja de parecer una decisión arbitraria del grupo y queda vinculada con una acusación cuya gravedad altera por completo el sentido de aquellos años. A partir de ese punto, Tsukuru debe reconsiderar la imagen de sí mismo que había construido desde la juventud y aceptar que la historia compartida contenía conflictos que nunca llegaron a hacerse visibles para todos por igual. Esa modificación del punto de vista prepara el siguiente desplazamiento de la novela, porque la peregrinación tendrá que abandonar Nagoya y dirigirse hacia la persona cuya ausencia sigue ocupando el centro de aquello que todavía no puede explicarse.

La acusación que reorganiza el pasado

La información obtenida durante los primeros reencuentros cambia el sentido de la expulsión cuando Tsukuru descubre que Shiro lo había acusado de haberla violado. Ninguno de los otros miembros del grupo presenció el supuesto ataque y varios dudaron de que pudiera haber ocurrido tal como ella lo contaba, pero en aquel momento consideraron que enfrentarse a la joven podía agravar un estado emocional ya muy frágil. La decisión colectiva consistió entonces en apartar a Tsukuru, que se encontraba estudiando en Tokio, aun a costa de dejarlo sin ninguna explicación sobre la gravedad de aquello que se le atribuía.

Conocer esa versión obliga al protagonista a revisar dieciséis años construidos alrededor de una culpa sin contenido. Durante todo ese tiempo había interpretado el rechazo como confirmación de una insuficiencia personal, mientras ahora descubre que la decisión respondió a un acontecimiento específico cuya verdad sigue siendo problemática. Murakami desplaza así el centro de la investigación desde la pregunta inicial —por qué lo expulsaron— hacia otra más difícil, relacionada con aquello que pudo llevar a Shiro a formular una acusación que sus propios amigos consideraban improbable.

La muerte posterior de la joven impide obtener una versión capaz de cerrar el episodio y conserva una zona inaccesible dentro de la reconstrucción. Los testimonios permiten conocer las decisiones tomadas por el grupo y las consecuencias que tuvieron, pero aquello que Shiro experimentó continúa dependiendo de relatos ajenos. Esa ausencia establece un límite importante para la peregrinación de Tsukuru, que puede ampliar considerablemente lo que sabe sin alcanzar una explicación total de lo ocurrido.

Eri en Finlandia y la revisión del grupo desde la adultez

La búsqueda conduce finalmente a Finlandia, donde Kuro —ahora Eri— vive con su familia y puede hablar con Tsukuru desde una distancia temporal y geográfica mucho mayor respecto de los años de Nagoya. El viaje amplía la dimensión literal de la peregrinación, aunque su importancia procede sobre todo de la conversación entre ambos, porque Eri conoció de cerca el deterioro emocional de Shiro y participó en la decisión de excluir a su antiguo amigo.

A diferencia de la imagen estática que Tsukuru había conservado del grupo, Eri describe relaciones sometidas a tensiones y decisiones tomadas bajo circunstancias que ninguno entendía completamente. Su relato confirma que los demás no consideraban verosímil la acusación y muestra hasta qué punto la protección de Shiro determinó la elección colectiva. Al escucharla, Tsukuru puede separar por primera vez la valoración que sus amigos tenían de él de la medida extrema que adoptaron, distinción que debilita la idea de que su supuesta falta de cualidades había provocado el rechazo.

El encuentro también obliga a reconocer el coste que aquella decisión tuvo para todos. La expulsión no preservó indefinidamente la unidad del grupo y tampoco resolvió los problemas de Shiro, de manera que la armonía que Tsukuru había idealizado pertenece cada vez más a una etapa que los acontecimientos posteriores volvieron imposible. Su peregrinación termina alejándolo de la aspiración de recuperar aquel equilibrio y lo acerca a una comprensión menos ordenada de las personas que lo compartieron.

Haida y las historias que permanecen sin resolver

La reconstrucción de Nagoya convive en la novela con otro vínculo que Tsukuru había establecido durante sus años universitarios. Haida aparece cuando el protagonista atraviesa todavía las consecuencias físicas y emocionales de la ruptura, y durante un tiempo ambos desarrollan una intimidad basada en conversaciones y encuentros regulares. Su desaparición repentina reproduce en una escala diferente la experiencia de perder a alguien sin recibir una explicación suficiente, aunque esta vez Tsukuru tampoco convierte inmediatamente esa ausencia en una investigación.

Antes de marcharse, Haida le cuenta la historia que había oído de su padre sobre Midorikawa, un pianista de jazz relacionado con una extraña posibilidad de recibir una muerte próxima y transmitir ese destino a otra persona. El episodio introduce una de las zonas de incertidumbre características de Murakami, pero permanece incrustado dentro de una novela cuyo conflicto principal puede reconstruirse mediante hechos y testimonios. En una entrevista publicada por The Guardian en 2014, Murakami defendía precisamente su interés por acontecimientos cuya explicación no queda agotada por una causalidad visible; la historia de Midorikawa cumple aquí esa función sin absorber el argumento principal.

La relación con Haida también expone una dificultad que Tsukuru comparte con su propia investigación. Puede establecer una cercanía considerable con otra persona y, aun así, desconocer aspectos esenciales de aquello que esa relación significa para el otro. Cuando Haida desaparece, el protagonista vuelve a quedar ante una ausencia cuya explicación no controla, experiencia que amplía el problema planteado por el grupo sin reproducir exactamente sus circunstancias.

Liszt y la forma musical de la peregrinación

Shiro tocaba al piano «Le mal du pays», pieza incluida en el primer libro de Années de pèlerinage, de Franz Liszt, y la música reaparece vinculada con distintas etapas de la novela. El título español conserva esa referencia a los «años de peregrinación», mientras la expresión francesa asociada con la pieza remite a una forma de nostalgia o añoranza que encaja con la relación de Tsukuru con una etapa de su vida a la que ya no puede regresar.

La presencia de Liszt adquiere peso porque une momentos separados sin necesidad de que los personajes los expliquen continuamente. Tsukuru reconoce la pieza cuando vuelve a escucharla años después de haberla asociado con Shiro, y esa repetición establece una continuidad emocional entre la juventud y la investigación adulta. La música opera entonces como un elemento concreto que atraviesa el tiempo narrativo y acompaña el desplazamiento del protagonista desde una imagen detenida del pasado hacia otra construida mediante versiones parciales.

El título encuentra ahí una justificación más precisa que la del simple viaje físico. La peregrinación comprende los desplazamientos hacia Nagoya y Finlandia, pero también el recorrido entre interpretaciones sucesivas de una misma experiencia, cada una dependiente de información que antes no estaba disponible. Tsukuru vuelve sobre lugares y personas conocidas para descubrir que la distancia temporal ha alterado aquello que podían significar.

Las estaciones y la relación de Tsukuru con el tránsito

La profesión del protagonista añade otra forma de continuidad al libro, porque Tsukuru diseña estaciones ferroviarias y dedica una atención particular a los espacios donde miles de personas llegan, esperan y continúan hacia otro lugar. Su interés existe desde mucho antes de la investigación sobre sus antiguos amigos, de modo que Murakami puede relacionarlo con su forma de observar las conexiones humanas sin convertirlo en una alegoría explicada desde fuera.

Las estaciones le ofrecen un ámbito profesional organizado mediante recorridos previsibles, mientras sus relaciones personales están marcadas por interrupciones cuya lógica tarda años en comprender. Esa diferencia aparece con mayor claridad después de los encuentros con el antiguo grupo, cuando Tsukuru empieza a aceptar que las personas pueden abandonar una vida sin dejar una explicación completa y que ninguna reconstrucción retrospectiva garantiza recuperar el vínculo perdido.

La relación con Sara concentra esa posibilidad en el presente. Después de investigar el pasado, Tsukuru ya dispone de información suficiente para entender que la expulsión no demostraba aquello que durante años había pensado sobre sí mismo, pero esa comprensión no decide automáticamente qué ocurrirá entre ambos. Cuando sospecha que Sara puede estar viendo a otro hombre, debe afrontar una incertidumbre que ya no pertenece a Nagoya y decidir si continuará esperando o expresará con claridad aquello que desea.

Un final abierto después de la investigación

El desenlace mantiene pendiente la respuesta de Sara y termina cuando Tsukuru ha alcanzado una posición muy distinta de la que ocupaba al comenzar la novela. Su peregrinación no le proporciona una reconstrucción completa de Shiro ni resuelve todas las ambigüedades relacionadas con Haida, pero sí le permite distinguir entre aquello que realmente ocurrió y las conclusiones que había extraído sobre sí mismo a partir del silencio de los demás.

Esa diferencia explica el carácter abierto del cierre. La investigación puede esclarecer hechos del pasado, mientras la relación con Sara pertenece a un futuro que todavía depende de decisiones ajenas y de la capacidad de Tsukuru para intervenir en su propia vida. Murakami termina antes de ofrecer esa respuesta y deja que la transformación observable resida en el cambio de posición del protagonista frente a la incertidumbre.

La recepción internacional reparó en esa concentración sobre una búsqueda personal después de la extensión de 1Q84. En 2014, The Guardian vinculó la novela con una tradición de relatos sobre acusaciones difíciles de esclarecer y señaló al mismo tiempo la persistencia de elementos habituales en la ficción de Murakami, entre ellos la música y las zonas de ambigüedad. Otra reseña del mismo periódico observó su regreso a una escala cercana a Tokio Blues o Al sur de la frontera, al oeste del sol, comparación pertinente porque aquí la extrañeza permanece subordinada a una investigación emocional mucho más concentrada que la de la novela anterior.

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