La naturaleza conserva relatos y aprendizajes que pueden revelarse desde distintas miradas, y la poesía ofrece una forma profunda de acercarse a ella. En los versos, los paisajes, los animales, las plantas y los ciclos naturales encuentran una expresión distinta, capaz de despertar una relación más cercana con el entorno que nos rodea.
La obra de Juan Ortiz, poeta venezolano, presenta una mirada sensible hacia los elementos de la naturaleza y su presencia dentro de la vida cotidiana. Para quienes buscan ampliar este encuentro con la palabra escrita, El jardín de los versos felices ofrece una lectura que merece ser explorada. A continuación, conoce los poemas de la naturaleza que más deberías buscar.
Poemas a la naturaleza
La luna (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
La luna llena la noche
con su brillo azul y plata,
tiene botas de hojalata
y además un lindo coche.
Se pasea por el cielo
caminando tras el sol,
pues él es su gran amor,
aunque no le alcance el vuelo.
La luna sale de día,
pero como brilla poco
no se nota su alegría
ni sus aretes de coco.
Si el mar me dice adiós (por Juan Ortiz)
(Décimas)
Si el mar me dice adiós,
no sé qué será de mí,
¿adónde iré?, será mi fin,
porque sus aguas son mi canción.
Mar azul, bendito por Dios,
no te alejes, quédate siempre,
que tu orilla cálida siente
mis pasos, mis pensamientos,
eres remanso al sufrimiento,
fuente infinita que nunca miente.
Si el mar me dice adiós,
lloraré desde ese día,
¿qué será de mi alegría?,
no lo sé, lo sabe Dios.
No te vayas, mar, señor
de las aguas, lo profundo,
tú sustentas al mundo
con tus peces mil colores,
con la sal de tus dulzores,
amor en olas, sentir rotundo.
Las aves de mi pueblo (por Juan Ortiz)
(Décimas)
Las aves de mi pueblo
son hojas al sol que danzan,
milagros que vuelan, cantan,
son alegría que yo celebro.
En sus alas llevan el cielo
adonde quiera que llegan,
llevan la luna y las estrellas,
son magas dueñas del aire,
lo sé porque en su baile
hechizan a quien las vea.
Las aves de mi pueblo ríen,
sus trinos les delatan,
se alegran si niños pasan,
si el anciano las ve y sonríe.
Contentas, en vuelo firme,
recorren toda mi tierra,
vigilan que no haya guerra,
no les gusta la maldad,
ellas son pura bondad,
amor bonito, cual nube tierna.
Mi mar y su gente (por Juan Ortiz)
(Soneto)
Mi mar y su gente saben a sal,
son la sangre de la palabra amor,
sus sonrisas inundan en candor
y apartan todo lo que cause mal.
Sus costumbres son ese Santo Grial
que al mundo inunda de luz y color,
no verles llena el alma de dolor,
a nadie deseo una cruz tan mortal.
Reflexiono sobre sus tierras de agua
y la nostalgia sin tregua visita
con su espectro vestido en vil enagua.
Es crudo vivir de cerca esta fragua,
te extraño, amada mía, Margarita,
te veo en los sueños desde mi piragua.
El perrito de la calle (por Juan Ortiz)
(Décimas)
El perrito de la calle sufre
mucho más que el de la casa,
el pobre anda sin agua ni taza,
y ni siquiera un techo le cubre.
Sí, está lleno de mugre,
pero es que pocos le dan cariño,
y si se conduele un niño,
va su padre y le regaña,
y tan buena que era la hazaña
de hacerle bien al perrito.
El animalito solo busca amor,
un alma dulce, bondadosa
que le dé comida jugosa,
un poco de agua y de calor.
El perrito de la calle es flor
que palidece en el desierto,
si tú puedes sembrar su huerto
con bondad y con virtud
serás una enorme luz
que reviva al que anda muerto.
Hablar del mar (por Juan Ortiz)
(Prosa)
Hablar de ti siempre fue fácil,
venías a mí con tus olas a caminarme los sueños,
a salpresarme el alma para alargar los días,
todo azul, todo dueño, todo agua en todas partes,
un bloque interminable de peces y corales.
Conocer tus caminos fue simple,
para hallarte bastaba ir al borde de la casa,
y allí te encontrabas, en cada esquina,
cada punto cardinal te tenía bordado en el nombre,
por eso no terminaba de nombrarte.
Lo cotidiano
—la voz diaria normal
para aquellos que te conocimos,
que te vivimos desde el inicio—,
era hablar del mar.
Al maizal (por Juan Ortiz)
(Décimas)
Te veo desde la casa,
verde, amarillo, frondoso,
te veo y ando deseoso
de tu fruto entre la brasa.
Y es que, con manteca o grasa,
sea mazorca, choclo o maíz
—cualquier nombre—, es tu matiz,
tu sabor particular,
¿cómo no te voy a amar
desde el copo a la raíz?
¿Cuántos pueblos se alimentan
gracias a tu noble fruto?,
tu poder no lo discuto,
todos bien de ti comentan.
Los terrenos bien se ambientan
al tenerte a ti sembrado,
se hace fácil el arado,
eres noble, oh, maizal,
del mundo eres la sal,
su corazón encantado.
A la naturaleza (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
Eres noble dama verde,
luz de cada ser y cosa,
estás en el río, en la rosa,
en ti la vista se pierde.
Tus senderos nos enseñan
sobre Dios y la creación,
y es que tú eres canción
de todos los que sueñan.
Ir a tu encuentro cada día
permite ampliar el saber,
eres fácil de querer
y siempre traes alegría.
Eres tú, naturaleza,
aire, tierra, mar y cielo,
fuego verso en el que vuelo,
raíz real de la riqueza.
No te rindas, siempre brilla,
contra el sucio te acompaño,
te cuidaré bien cada año,
en la tierra y en la orilla.
Al aire libre, estoy feliz (por Juan Ortiz)
(Décimas)
Al aire libre juego tranquilo
entre saltos de alegría,
voy así con la risa mía
decorando todo el camino.
Los pájaros con sigilo
sobrevuelan el firmamento,
los veo y sonrío, no miento,
porque me traen tranquilidad,
ellos son luz y verdad
que aleja de mí los lamentos.
Al aire libre juego en paz
con la tortuga, el conejo,
juego y lo malo yo alejo,
y el dolor se va de mi faz.
Allí me pongo un disfraz
de un ser que siempre es alegre
y así me voy al pesebre,
al parque y a la montaña,
en busca de fruta y caña
para endulzar mi diciembre.
El mar (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
Si ves azul el mar
es porque refleja al cielo,
sobre él alzan el vuelo
las gaviotas al cazar.
El mar es hogar de peces,
tiburones y tortugas,
también ballenas belugas
y cocodrilos a veces.
Cruzar nadando un mar
es algo complicado,
pero en un barco montados,
sí se puede lograr.
Al aire (por Juan Ortiz)
(Poema en prosa)
Te has hecho costumbre, razón obvia del respiro,
vida invisible que se cuela en mí,
que me recorre del pulmón a la sangre
para que pueda andar los caminos
que me corresponden.
Color del silencio,
visita del aliento de Dios en los seres,
cuando ya no te busque será todo,
la niebla será el camino y yo seré la niebla,
y no habrá razón ni cuerpo,
y me haré uno con el todo,
y seremos tú y yo en la esquina de los espacios,
aire.
A la luna (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
Diosa plata que te elevas
a espantar la oscuridad,
con tu blanca claridad
nos consuelas, nos renuevas.
Eres, luna, ojo encendido
que escudriña por las noches
los lamentos, los derroches
de cada ser en su nido.
Adviertes al pecezuelo
cuando andas llena, alumbrando,
que el hombre le está cazando
con arpones y anzuelos.
A la gaviota (por Juan Ortiz)
(Décima)
En tu traje claro oscuro
bailas al son de la brisa
con tus alas de sonrisa
y esos ojos de conjuro.
Al verte la muerte auguro
de los peces a la vista,
ninguno escapa, aunque insista,
oh, gaviota de los cielos,
cuán certeros son tus vuelos,
de la parca eres artista.
Al guanaguanare (por Juan Ortiz)
(Décima)
Tú no traes mal agüero,
y Chu Ávila lo sabía,
es tu trino una poesía
bajo el sol o el aguacero.
Cazador eres, certero,
y, al posarte en el manglar,
pez que caiga en tu mirar,
allí muere, aunque bogare;
¡eres rey, guanaguanare,
de lagunas, cielo y mar!
Al alcatraz (por Juan Ortiz)
(Décima)
Su silueta milenaria
es estampa junto al sol
sobre el mar y su crisol
en la isleña faena diaria.
Es su caza una plegaria
que nos grita con esmero:
«Ven y trae hombre el peñero
que aquí hay pesca al simple ras»,
sí que es noble el alcatraz
con su amigo el pueblo ñero.
A la cotúa (por Juan Ortiz)
(Décima)
Volando bajo las aguas
nadie caza como ella,
es su pico una centella,
lanza al ras de las piraguas.
Son sus ojos rojas fraguas,
cisne negro de estos mares
que ofrenda en los altares
de su nido a sus polluelos
su pesca, luz de consuelos,
¡oh, cotúa de los manglares!
A la tirrita (por Juan Ortiz)
(Décima)
Eres hija de la sal
con el viento de estas islas,
con tus alas vas, legislas,
gris plegaria contra el mal.
Pequeño y fino haz mortal
es tu ataque en los espejos
de estos mares que perplejos
te ven vaciar el cardumen;
¡tirrita, pájaro lumen
del desierto de azulejos!
A la Tierra
(Poema en prosa)
Si me sembrara en ti, entendería la vida que guardas,
podría ser especia del Tíbet, un grano de la España
inmortal, un Manzano de la Patagonia, algún fruto que
surja de tu pacto con el sol y el agua. Si fuera gusano,
te andaría el mundo, buscaría tus secretos más
recónditos en los minerales, trataría de entender el
artificio del carbón y el diamante, intentaría de todo
para saber de dónde Dios te sacó al hombre, y en qué
parte se oculta el alma de las plantas. Decir tu nombre,
Tierra, es atreverse a mucho y desconocer todo.
Al fuego (por Juan Ortiz)
(Poema en prosa)
Le hierves a la tierra adentro,
corazón de las piedras,
secreto de la nube para llorar agua,
manto invisible del sol.
Cuando llegaste,
la noche era la costumbre;
lo crudo: la comida habitual;
el frío reinaba en todos
y no había espacio para otra cosa que no fuese
el temblor del azul y el hielo.
Viniste,
pues,
a tallar cada colina, cada piedra,
y hacer brotar la lluvia,
y las semillas sacaron de sí su cuerpo de entre la tierra,
y se llamaron árboles,
y el fruto cayó luego,
y el hombre te tuvo por dios,
necesario y flamante fuego.
A la liebre (por Juan Ortiz)
(Poema en prosa)
El coyote te mira de lejos,
el lince,
el leopardo,
el hombre.
Todos te buscan para calmar el hambre,
pero eres astuta y rápida,
y sabes dónde está la sombra en la pradera,
conoces cada sitio en los que el sol no alumbra.
Eres ágil,
liebre del páramo,
sonrisa blanca que salta entre las colinas,
nube inquieta que todos quieren
y que se oculta bajo tierra
para amanecer cuando el hambre llama,
y las crías requieren del verde,
y la vida es rápida,
lo sabes,
y la tienes.
Soneto al agua (por Juan Ortiz)
Sin ti el hombre nada pudiera hacer
eres cristalina joya de vida
que la sed me calma, el cuerpo me cuida,
y salvaguarda de morir mi ser.
De los elementos, eres poder,
líquido tesoro a aquel que lo pida,
tu atributo dulce en la sangre anida,
manantial que ayuda a fortalecer.
No dejes de brotar tu luz del cielo,
ni salir honda de la tierra triste,
que los hombres te esperan en el suelo.
Solo tú a la naturaleza diste,
agua, tu divina alma en azul vuelo,
en lluvia que todo ama y en bien persiste.
Al sol (por Juan Ortiz)
(Décimas)
Te levantas, bien temprano,
y a ti acude la mañana,
en tu luz todo se gana,
sol divino, amigo, hermano.
Gracias por tender la mano
y darnos la claridad
a toda la humanidad,
a cada hora, cada día,
iluminas de alegría
en cualquier oscuridad.
¿Qué sería, sol, de nosotros
sin tu resplandor genuino?,
¿sin tu calor puro y fino
que no se parece a otros?
Locos quedarían los potros,
y todos los animales,
los mininos, los chacales,
las gaviotas y los perros,
no veríamos los cerros,
sufriríamos mil males.
A la nube (por Juan Ortiz)
(Cuartetas)
Vas y vienes, blanca y gris,
aliento del cielo alado,
tus arcas a tierra abrís
dando agua sobre el arado.
Esponja eres en la altura,
sombra alegre al caminante,
sueño puro que me cura,
tenue figura danzante.
La lluvia das a las plantas
para que puedan crecer,
son unas lágrimas santas
que hondo brotan de tu ser.
Siempre te buscan los niños
para adivinar figuras,
tú vas, cambias, con dos guiños,
transformándote en locuras.
Nube bella, nube hermosa,
no dejes nunca de estar,
llueve siempre tú en la rosa,
en la tierra, y en el mar.
La naturaleza (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
La naturaleza es mar,
aire, plantas, montañas,
ríos, lagunas, cañas,
el ave que veo al pasar.
Lo que viene de la tierra,
la naturaleza lo da,
lo que en el océano está,
y lo que hallamos en la sierra.
Naturaleza es la luna,
lo es el sol y las estrellas,
las focas y ballenas bellas,
lo es la uva y la aceituna.
El perrito verde (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
Yo pinté un perrito verde
dentro de mi habitación,
él es puro corazón,
es muy grande y no me muerde.
Tiene un ojo amarillo,
otro azul de cielo claro,
piel de rayas como un faro
y su cola es de zorrillo.
Es muy raro, yo lo sé,
pero así a mi mente vino,
tiene un pedigrí muy fino
y le gusta tomar té.
La gaviota ojos café (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
Por la costa se le ve
con su traje claroscuro
y su pico de oro puro,
la gaviota ojos café.
Ella viene cada día
a comer algunos peces
y se acerca algunas veces
a la casa de mi tía.
La gaviota ojos café
vuela como bailarina,
tiene una voz muy fina
y un secreto, yo lo sé.
El árbol de manzanas (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
Bajo el árbol de manzanas
pasé yo mi infancia entera,
me sentaba allí a la espera
de los grillos y las ranas.
Un perro marrón llegaba
con un gato gris rayado,
se sentaban a mi lado
y yo les acariciaba.
Al llegar las verdes ranas
y los grillos cantadores,
bailaban hasta las flores
felices, con muchas ganas.
La rana andante (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
La rana andante es rara,
porque no brinca, camina,
en la acera y en la esquina
anda y anda y no se para.
Es la reina de la calle,
no hay quien no le vea pasar,
cuando cruza desde el mar
hasta el final del valle.
Qué curiosa es esa rana,
aunque yo vi que saltó
cuando un perro le ladró
y ella se subió a una rama.
La tarde está muy caliente (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
La tarde está muy caliente,
el sol parece enojado,
yo no sé qué habrá pasado,
¡qué calor el que se siente!
Hace calor en la casa,
en el patio y en la calle,
en la plaza y en el valle,
¡yo no sé qué es lo que pasa!
Sol, ya bájale un poquito,
echa al pueblo una mano,
duerme ya, aunque es temprano,
pa que nos llegue fresquito.
El viento (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
El viento sopla muy duro
con su aliento invisible,
es un ser invencible
que hace temblar hasta a un muro.
Está aquí y en la China,
en Colombia y en Perú,
justo allí donde estás tú,
en todos lados él va y trina.
Sin el viento no habría olas,
el ave no volaría,
no habría fresco noche y día
y la barca estaría a solas.
El perro (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
El perro juega todo el día
junto al niño en la plaza,
también juega en la casa,
él es pura alegría.
Mueve su cola en el viento,
sonríe con la lengua afuera,
ese perro pareciera
que sabe lo que yo siento.
El perro va y brinca el banco
en busca de su pelota,
corre y corre, no se agota,
es grande, marrón y blanco.
El gato (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
Ese gato es un misterio,
maúlla solo de noche
al montarse en un coche,
con su rostro bien serio.
Ese gato es muy extraño,
él solo come sardinas
picadas en ruedas finas
todos los días del año.
Ese gato es muy tacaño,
no comparte nada, nada,
no se la pasa en manada
y jamás se ha dado un baño.
A las aves (por Juan Ortiz)
(Quintillas)
Son las dueñas de los cielos,
ángeles en las alturas,
son majestuosas figuras
que enamoran con sus vuelos
y hasta curan las locuras.
Danzan a la par que vuelan,
vuelan a la par que danzan,
sobre el paisaje se lanzan,
en la mirada se cuelan
y el corazón alcanzan.
Sean gaviotas, alcatraces,
o los halcones peregrinos,
faisanes de vuelos finos,
o las águilas sagaces,
cuán hermosos son sus trinos.
Verlas domar alto el viento
invita a la reflexión,
a mi pluma da inspiración,
para plasmar lo que siento,
alegrando el corazón.
A las flores (por Juan Ortiz)
(Poema en prosa)
La luz danza entre sus pétalos
bañando de color el mundo;
el camino, solitario, se cubre de belleza con una sola.
Su presencia es motivo de alegrías y añoranzas,
están cuando visita la vida,
también cuando esta se va,
están donde el herido se queja,
donde el amor brota,
entre el pavimento,
en las paredes mohosas,
y cada una de ellas,
cada menuda figura,
da razón, por instantes, a la vida.
Su estancia es breve,
pero el significado de su paso
puede ser tan sublime
como el sentimiento más grande,
todo depende del hombre, del ojo que la mire,
del corazón que con ellas se entregue.
A la noche y al día (por Juan Ortiz)
(Décimas)
Tú das razón a la luna,
noche oscura y silenciosa,
tu presencia va y se posa
en el monte y en la duna.
Como tú no hay ninguna,
tu misterio inspira al hombre,
no hay un día que no asombre
el sentir que has llegado
y que todo lo has colmado
con lo negro de tu nombre.
Eres tú la claridad
del mundo y sus confines,
vienes con dorados crines
y alumbras la humanidad.
Todo pueblo y ciudad
te debe el resplandor,
también el puro candor
que brindas, amado día,
eres luz y alegría,
ofrenda de gran amor.
A los árboles (por Juan Ortiz)
(Poema en prosa)
Pulmón verde,
pulmón de la tierra mía,
raíz honda con la que la Pachamama respira,
árboles, gracias.
Dioses densos, tranquilos,
troncos enfilados que dan razón al bosque;
casas de hojas que abrigan tanta vida,
venas del mundo, gracias.
Se les debe el aire puro, la hoja del poeta,
la sombra en la que el hombre descansa de la faena,
y el niño, la mujer, el animal;
se les debe el fruto y el alimento del alimento,
la existencia de cada ser viviente,
gracias infinitas por estar.
Quisiera honrarles como se debe,
desde la raíz a la copa, cada rama entretejida,
cada musgo replegado…
El día en que el último se vaya,
no habrá nada, y muchos no lo entienden,
y quizá cuando lo hagan será demasiado tarde.
A los peces (por Juan Ortiz)
(Octavillas)
Ellos vuelan bajo el agua,
van danzando en el confín,
su alegría no tiene fin,
no se paran ni un segundo;
sus aletas nunca cesan
de nadar de un lado al otro,
fuerza tienen como un potro,
dueños son del mar profundo.
Hay en ríos, lagos, mares,
se les halla hasta en los sueños,
grandes, medios y pequeños,
de colores asombrosos;
sus formas también varían,
gordos, flacos, aplanados,
abundan por todos lados,
hasta en los suelos lodosos.
El sol (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
El sol todo ilumina
temprano por la mañana,
alumbra al ave, a la rana
y al niño que allá camina.
El sol da luz para ver
aquello que nos rodea,
también a la piel broncea,
y a la planta hace crecer.
El sol derrite al hielo,
hace sudar y da sed,
que se lo digo yo a usted:
el sol quema desde el cielo.
El agua (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
El agua les da la vida
a todos los animales,
con el agua hago tamales,
y café para el que pida.
Con el agua nos lavamos
nuestra cara y cuerpecito,
agua bebe el pececito,
bebe el perro y bebe el amo.
Sin el agua no podría
vivir ningún animal,
ninguna planta, ¡qué mal!
Agua es salud, alegría.
A las montañas (por Juan Ortiz)
(Décimas)
Gigantes inmemoriales
de elegante y noble verde,
la vista en ellas se pierde,
en sus formas celestiales.
De ellas brotan santos griales,
ríos llenos de riquezas,
son las reinas, son altezas
de la tierra por entero,
cuán hermoso es ver primero
al despertar sus bellezas.
Son corona en los paisajes
de los pueblos del mundo,
brotaron de lo profundo
con sus bien firmes anclajes.
Montañas de los parajes,
gracias por dar el sustento,
por cuidarnos del fuerte viento,
les debemos el cobijo,
dar abrigo al padre, al hijo,
disculpen lo malo, lo siento.
A la lluvia (por Juan Ortiz)
(Quintillas)
Contigo la vida llega
al desierto antes perdido,
llanto del cielo encendido,
sonrisa que todo lo riega
y alegra al más seco nido.
Naces en el mar, el río,
o el lago cuando el sol pega
y con sus rayos despliega
calor, apartando el frío:
va el vapor y al cielo llega.
Por ti la semilla brota,
la vaca calma la sed;
gracias, lluvia, por usted,
por cada líquida gota
que al suelo de vida dota.
A la naturaleza (por Juan Ortiz)
(Redondillas)
Dama verde que engalana
cada lugar del planeta,
en cada espacio, cada grieta,
tu presencia siempre mana.
Eres madre, Pachamama,
dulce, atenta, comprensiva,
eres tú la flama viva
a la cual la vida clama.
Por ti ocurren las montañas,
los ríos, los cielos, los mares,
todos los santos altares,
ya que tú todo lo bañas.
Naturaleza, misterio
las piedras guardan tu nombre,
secreto eres para el hombre,
tú y tu enorme vasto imperio.
Gracias por esta existencia,
Dama verde, flor divina,
pájaro de luz que trina
en cada ser y cada esencia.
A las piedras (por Juan Ortiz)
(Poema en prosa)
Elemento fundacional,
sobre ti se levantan las naciones;
firme sustancia, esqueleto de la tierra,
bloque único de la casa primigenia.
Si te enfrento contra ti misma,
la chispa llega, luego el fuego brota,
y la noche se solucionó,
y el estómago ya no dormirá vacío.
Si te pongo sobre ti misma,
una pared se levanta, y otra, y otra, y otra,
viene la palma y cubre de la lluvia,
y entonces tenemos abrigo y descanso.
Si te tomo y te doy filo,
tengo para cazar y alimentarme,
y hacer vestidos y otras cosas.
Piedra, elemento fundacional,
el hombre agradece tu presencia.
A la sal (por Juan Ortiz)
(Décimas)
Del mar, es el corazón
que late hondo en blanca espuma,
y se cuela por la bruma
dando al agua su sazón.
Vino con una intención:
el dar sabor a la vida;
sin ella no hay que se pida
que sepa bien y con gusto,
su presencia da lo justo,
el punto a toda comida.
Sal de mar o de laguna,
sal bendita estás por Dios,
y es que como tú no hay dos,
siempre buena y oportuna.
Allí estás, desde la cuna,
en nuestra sangre vigente,
en cada plato presente
agradando el paladar.
¿Cómo no te voy a amar?,
¡si eres parte de mi gente!
La luna, luna (por Juan Ortiz)
(Décimas)
La luna, luna, arrulla al gato,
mira a todos desde su cielo,
es una lágrima que no cae al suelo,
es un hermoso y redondo plato.
Yo la veo desde hace rato,
le admiro el paso lento y seguro,
no se tropieza con ningún muro,
ni con las nubes que se atraviesan,
bajo su luz las aves se besan
en el espacio mágico y puro.
La luna, luna, nos da la vuelta,
día tras día, sin un descanso,
lo sabe el perro, lo sabe el ganso,
y el pescador en su nave suelta.
La luna siempre se va resuelta
a llevarnos su luz de plata
sobre la casa, sobre la lata,
nada se salva de su fiel brillo,
se alegra el gallo y le canta el grillo
y en su nostalgia la abuela en bata.
El sol, solcito (por Juan Ortiz)
(Décimas)
El sol, solcito, sabe que brilla,
sabe que alumbra al mundo entero,
que su luz guía, firme, al arriero
y a las sardinas rumbo a la orilla.
Desde los valles, desde las villas
los hombres alzan a él sus ojos,
se deshacen de sus enojos
y dan alegres la bienvenida
al nuevo día que es grata vida,
cielo que limpia de los despojos.
El sol, solcito, es niño que juega
sobre las nubes del azul cielo,
no conoce del frío hielo,
es resplandor que todo lo riega.
En las mañanas a nadie niega
su gigantesco poderío,
alumbra al mar como alumbra al río,
va sobre el triste, sobre el alegre,
incluso alcanza allá a la liebre,
y a mí que al verlo feliz sonrío.
Los planetas
(Estrofas varias)
Ellos van donde va el sol,
van, le giran, vuelta en vuelta,
y en su baile no se sueltan,
creo que es magia en un crisol.
Cada uno tiene un rol,
un espacio en el espacio,
Saturno siempre anda despacio,
Júpiter corre despavorido,
la Tierra, como ave al nido,
no se queda nada atrás,
Mercurio da la vuelta al ras,
como Marte, el dios temido.
Los planetas son gigantes,
son hermanos entre estrellas,
van, caminan junto a ellas,
armoniosos comandantes.
Desde aquí se ven distantes,
Urano, Venus, Neptuno,
no se me escapa ninguno,
los demás ya los nombré,
la luna está tomando té,
ya los conozco uno a uno.
El sistema solar
(Décimas)
El sistema solar es
la casa de nuestra casa,
en él la Tierra se acompasa
con el resto, mes tras mes.
Cada planeta anda, pues,
sujeto en el espacio
a la fuerza del gran astro,
que no es otro que el rey Sol,
quien nos brinda su calor,
huella en brillo de su rastro.
Aquí andamos, gira y gira,
siguiendo al paso las leyes,
gravedad, órbita, reyes
que permiten que haya vida.
De vez en cuando se estira
el camino que sigue alguno
de los planetas, pero ninguno
se escapa de la armonía
en la que Dios creó un día
este universo oportuno.
Tuqueque
(Redondillas)
En mi casa vive un peque
que es blanquillo y hacendoso,
cazador meticuloso,
mi amigo fiel: el tuqueque.
¡Qué ojos tan grandes, tuqueque!,
¡ojos de buen cazador!,
¡dinosaurio soñador
que acecha cuando anochece!
Anteayer le pregunté:
«A ver, cuéntame, tuqueque,
¿cuál alimaña prefieres
al momento de comer?
Él no tardó en responder:
«Son varios: está el mosquito,
la araña, también el grillo,
¡todo insecto que pueda ver!».
Corre, araña, que el tuqueque
ya te vio allá en tu esquina,
¡ya te veré en su cocina
en un plato al escabeche!