Música, sólo música apareció originalmente en Japón el 30 de noviembre de 2011 con el título Ozawa Seiji-san to, ongaku ni tsuite hanashi o suru, publicado por Shinchosha. El volumen recoge seis conversaciones mantenidas por Haruki Murakami y el director de orquesta Seiji Ozawa durante aproximadamente un año, en encuentros celebrados entre Japón y otros lugares donde ambos coincidieron. La editorial japonesa presenta el libro como una extensa entrevista nacida de aquellas sesiones y registra además la concesión del XI Premio Kobayashi Hideo. La edición española llegó a Tusquets en septiembre de 2020, traducida por Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, con una organización que conserva el carácter conversacional del original.
La enfermedad que interrumpió temporalmente la actividad de Ozawa proporcionó una circunstancia decisiva para que esas conversaciones pudieran realizarse con una calma poco habitual en su carrera. Murakami conocía al director desde antes, aunque había evitado convertir aquella relación en una sucesión de preguntas profesionales hasta que ambos comenzaron a escuchar grabaciones juntos y a comentarlas con mayor detenimiento. El libro nace de esa diferencia de posiciones: Ozawa habla desde décadas de trabajo frente a las orquestas, mientras Murakami interviene como oyente especializado que posee una amplia colección discográfica y reconoce las limitaciones de su formación técnica. Esa distancia determina la forma del diálogo porque obliga a traducir aspectos de la interpretación musical hacia un lenguaje capaz de funcionar fuera del ensayo musicológico.
Una conversación construida alrededor de la escucha
Las seis conversaciones no parten de preguntas generales sobre la música, pues Murakami lleva grabaciones concretas y utiliza las diferencias entre interpretaciones como punto de entrada. La primera sesión se concentra en el Tercer concierto para piano de Beethoven y enfrenta versiones dirigidas o conocidas por Ozawa, entre ellas las relacionadas con Glenn Gould y Leonard Bernstein. La estructura permite que una observación sobre el tempo conduzca hacia recuerdos profesionales, mientras una diferencia entre dos pianistas abre una explicación acerca de la función del director. El índice japonés confirma que esta primera conversación avanza mediante comparaciones sucesivas antes de incorporar un interludio dedicado al coleccionismo de discos.
Esa manera de escuchar evita que la entrevista se limite a reconstruir una carrera en orden cronológico. Ozawa recuerda episodios de su formación cuando una grabación los vuelve pertinentes, de modo que el pasado aparece ligado a una decisión audible en el presente. Murakami puede entonces preguntar por aquello que detecta como oyente y obligar al director a explicar diferencias que para un profesional podrían resultar demasiado incorporadas a la práctica como para mencionarlas de manera espontánea. The Japan Times destacó precisamente esa combinación entre un aficionado muy informado y un músico profesional, porque la diferencia de perspectivas permite que las respuestas mantengan precisión sin quedar encerradas en un vocabulario especializado.
Murakami como oyente
La participación de Murakami resulta más activa de lo que sugeriría una entrevista tradicional, ya que con frecuencia propone comparaciones propias y espera que Ozawa las confirme, las corrija o les otorgue otro sentido. En una de las conversaciones distingue entre interpretaciones mediante imágenes tomadas de la experiencia cotidiana, recurso que transforma una diferencia sonora difícil de describir en una situación reconocible para el lector. Ozawa responde desde su experiencia con las orquestas y puede aceptar una comparación aunque utilice después otro lenguaje para explicar qué produjo técnicamente aquel efecto.
La utilidad de ese intercambio depende de que Murakami nunca oculte la posición desde la que escucha. Su conocimiento procede de años de frecuentar conciertos y de comparar discos, circunstancia que le permite formular preguntas muy específicas sin presentarse como músico profesional. Esa condición intermedia favorece la claridad del libro porque sus dudas pueden coincidir con las de un lector interesado que reconoce una diferencia entre dos versiones, aunque todavía no sepa atribuirla a la respiración de una sección orquestal o a una decisión del director.
Beethoven como punto de entrada
La elección de Beethoven para abrir el volumen establece desde el comienzo el método que después se aplicará a otros compositores. Murakami y Ozawa escuchan distintas interpretaciones del mismo concierto y examinan cómo cambian según el pianista o la relación establecida con la orquesta, por lo que una obra conocida deja de funcionar como pieza fija y pasa a convertirse en una sucesión de decisiones interpretativas. Esa comparación lleva también hacia Bernstein y Gould, dos figuras vinculadas con momentos importantes de la trayectoria de Ozawa, lo que permite que la conversación técnica incorpore gradualmente episodios profesionales.
El libro empieza así a construir una historia de la interpretación musical desde diferencias que pueden oírse antes de ser explicadas. La conversación siguiente, dedicada a Brahms y a una actuación en Carnegie Hall, amplía ese principio porque desplaza la atención desde varias grabaciones hacia la experiencia de una ejecución concreta. A partir de allí, la relación entre lo que Murakami escucha y lo que Ozawa puede reconstruir desde el podio se vuelve el eje que organiza el resto del volumen.
De Brahms a Mahler
El paso desde Beethoven hacia Brahms amplía el alcance de las conversaciones porque la comparación deja de concentrarse únicamente en versiones discográficas y entra en la experiencia directa de Ozawa frente a una orquesta. Sus recuerdos de Carnegie Hall permiten reconstruir decisiones relacionadas con la respiración de los metales y con la manera en que una sala modifica aquello que el director percibe durante un concierto. Murakami parte de esas diferencias audibles y pide explicaciones cada vez más específicas, de modo que la conversación avanza desde la impresión del oyente hacia condiciones que solo pueden conocerse desde el podio. Publishers Weekly destacó precisamente este movimiento al señalar que el libro combina comentarios sobre obras concretas con reflexiones acerca del oficio del director.
La conversación dedicada a Mahler lleva ese método hacia un problema histórico más amplio. Ozawa había trabajado durante décadas con sus sinfonías y podía comparar la manera en que se interpretaban en distintos momentos, mientras Murakami insistía en las diferencias que percibía entre grabaciones alejadas entre sí por varios años. Una reseña de The Guardian observa que esas comparaciones permiten distinguir cambios en el propio estilo de Ozawa, a quien Murakami describe mediante imágenes tomadas de la conducción de automóviles para traducir variaciones de velocidad y peso musical.
Hablar de música cuando las palabras no alcanzan
La dificultad para describir ciertos matices se vuelve visible cuando Ozawa abandona la explicación verbal y reproduce con la voz aquello que intenta señalar. Murakami conserva esas inflexiones en la transcripción, incluso cuando producen secuencias difíciles de interpretar fuera de la conversación, porque muestran el punto en que el lenguaje ordinario deja de ofrecer suficiente precisión. The Guardian llamó la atención sobre estos pasajes en los que el director canta fragmentos o acompaña sus respuestas con gestos que después deben convertirse en texto.
Ese límite interesa especialmente a Murakami porque su posición como escritor lo obliga a trabajar con palabras allí donde Ozawa puede recurrir a un gesto o a una indicación sonora. La diferencia entre ambos oficios aparece entonces sin necesidad de convertir el libro en una teoría sobre música y literatura. El novelista intenta fijar una experiencia auditiva mediante imágenes comprensibles, mientras el director corrige esas imágenes cuando se alejan demasiado de la práctica. El intercambio produce una traducción constante entre dos modos de percibir una misma pieza.
La formación de un director
Las conversaciones sobre Leonard Bernstein, Herbert von Karajan y otras figuras de la dirección permiten que Ozawa reconstruya una educación profesional desarrollada mediante la observación directa. Durante su etapa como asistente de Bernstein en la Filarmónica de Nueva York, llegó a seguir los ensayos desde una pequeña sala de Carnegie Hall para estudiar movimientos que después intentaba reproducir. Ese recuerdo interesa porque muestra una formación basada en observar cómo otro director resolvía problemas frente a músicos reales, antes de convertir esas soluciones en decisiones propias.
El libro extiende esa cuestión hacia la enseñanza cuando Murakami visita durante diez días la academia dirigida por Ozawa junto al lago Lemán. Penguin Random House señala que esa estancia cierra el recorrido del volumen y permite observar al director trabajando con jóvenes músicos. La conversación cambia allí de escala porque la experiencia acumulada durante décadas debe transformarse en indicaciones que otra persona pueda utilizar. Ozawa insiste en que no existe una única forma de enseñar, afirmación coherente con la manera en que había descrito antes su relación con cada orquesta.
La recepción de Música, sólo música
La edición inglesa apareció en 2016 con traducción de Jay Rubin y recibió una atención crítica centrada en el acceso poco habitual que ofrecía al trabajo de Ozawa. Publishers Weekly destacó el tono reflexivo de las conversaciones y la claridad con que el director explica cómo una partitura se convierte en sonido cuando entra en contacto con una orquesta. The Guardian, por su parte, valoró la posibilidad de escuchar a Ozawa revisar más de medio siglo de carrera desde una perspectiva que rara vez había desarrollado con esa extensión.
La recepción también señaló límites concretos. Parte del libro exige familiaridad con el repertorio clásico porque algunas conversaciones dependen de diferencias mínimas entre grabaciones, mientras ciertos comentarios históricos quedan menos desarrollados que las observaciones sobre interpretación. Esa desigualdad no afecta de la misma manera a todos los capítulos, aunque revela qué tipo de material produce los mejores momentos del volumen: una grabación concreta, una diferencia audible y una experiencia profesional capaz de explicar por qué esa diferencia existe.
El libro encuentra así su forma más precisa cuando Murakami escucha primero y pregunta después. Ozawa aporta la experiencia acumulada frente a las orquestas, pero necesita las comparaciones del novelista para volver sobre decisiones que durante años habían pertenecido a su práctica cotidiana. Esa relación convierte la conversación en el verdadero centro formal de Música, sólo música, porque aquello que uno percibe adquiere otra dimensión cuando el otro consigue explicar cómo llegó a producirse.