«Retrato»: décimas espinelas de amor y erotismo, por Juan Ortiz

Tiempo de lectura: 3 minutos
Retrato

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La décima espinela, con su arquitectura de diez versos octosílabos y su esquema de rima preciso, demuestra una notable versatilidad para transitar por registros íntimos, narrativos, reflexivos, sensoriales y confesionales. En esta primera entrega de los poemas Retrato de Juan Ortiz, la forma clásica se vuelve un cauce flexible para explorar el amor, el deseo, la tensión erótica y la contemplación del cuerpo.

La serie, integrada inicialmente por «Retrato I» hasta «Retrato XIV», revela el dominio de Juan Ortiz sobre la métrica, la rima, la cadencia, la estructura y el desarrollo de la imagen, sin perder la naturalidad del discurso poético. Cada texto funciona como una pieza autónoma y, a la vez, como parte de un proyecto abierto que continuará sumando nuevas perspectivas sobre la intimidad y la experiencia amorosa.

«Retrato I»

 

El erotismo del rizo
sobre un cuerpo expectante,
una mirada diamante
que hace arder sin aviso.
Dichoso el que anda tu piso
y las paredes de adentro,
el que prueba de tu centro
con algo más que la lengua,
y que se muere de mengua
anhelando el reencuentro.

 

«Retrato II»

 

De la guitarra aprendí
lo mismo que del verso:
hacer arder un reverso
con la ambigüedad de un «si(í)».
Se ha dicho mucho de mí,
que mi pluma es proscrita,
que incluso Lilith evita
leer u oír algo mío,
pues le estremece un vacío
y el orgasmo le visita.

 

«Retrato III»

 

Chet Baker con «Almost Blue»
de fondo a bajo volumen,
el deseo hondo de lumen,
plato fuerte y postre: tú.
Reconocer el dèja vú
de tus labios carmesí,
entender del todo el si
abierto en la nota rosa
del saxo, del sexo en prosa
que es tu sendero ante mí.

 

«Retrato IV»

 

Ir al labio en su color
hendido por la tormenta,
ser la saliva que tienta
a su fuego en el calor.
Yo vengo de ese fulgor
de oscurana ardida en velos
desnudos; olí sus celos,
los nudos de sus melenas,
y el perfume de azucenas
que entramó nuestros desvelos.

 

«Retrato V»

 

Le anduve la ciudad, su gris
camino visual entramado
al eje sexual armado
de marmoleada matriz.
En el aire del matiz
de su galaxia labial
vertí mi lengua espacial
de plenilunio y de flora
y me enarboló una aurora
que aún endulza mi sal.

 

«Retrato VI»

 

Mi verso supo del suyo
antes de sabernos vivos,
mismo ardor, mismos motivos,
sueño de orillas y arrullo.
Un beso en su boca intuyo
cuando toque aquel café,
de eso sus labios dan fe
en temblor al escucharme;
puede ser que me desarme
y ninguno quede en pie.

 

«Retrato VII»

 

A una única mujer
no pude darle la luna,
ni en la orilla ni en la duna,
en ningún amanecer.
Con una sola mujer
no pude cumplir aquella
promesa de marfil huella;
me fue imposible, no pude…
¡no puede!, ¡coño!, ¡no pude!,
porque la luna era ella.

 

«Retrato VIII»

 

Le hago un altar al oído
que acoge mi soledad,
y acaricio su otredad
con la pluma de mi nido.
Jamás ha habido descuido
del destino en mi existencia,
reconozco tu presencia
como estrofa que la sal
me ha cedido contra el mal,
y te asumo flor, querencia.

 

«Retrato IX»

 

Puedo amar en un poema
lo mismo que en una vida,
así lidio con la herida
del no ser y su dilema.
Yo beso en cada grafema
con la inmensidad de Orfeo,
vivo y muero cuando leo
las estrofas que escribí;
quizá yo te he amado a ti,
pero ignoras mi deseo.

 

«Retrato X»

 

No me preguntes por qué,
estoy igual que tú: aturdido;
no le encuentro algún sentido,
me eres desvelo y café.
Pareciera que ya fue
la caricia que te guardo,
basta con leerte y ardo
en la sala que te espera;
te he llamado primavera
por disolver mi letargo.

 

«Retrato XI»

 

Guarda el poema que te di,
un poema es lo que somos,
Sol y Luna entre los domos
de un planeta carmesí.
Mi voz siempre tendrá un sí
para el deseo que pidas
—de octosílabas medidas
e infinito firmamento—;
nos une un mismo elemento
de estrofas al mar tendidas.

 

«Retrato XII»

 

A mí no me importa si
llego a verte o no, me da
igual. Lo que siento va
de no traicionarme a mí.
Lo poco que sé de ti
despertó mi pluma muerta,
entreabriste una puerta
desde eones cerrada;
aunque no se llegue a nada,
adentro ha brotado una huerta.

 

«Retrato XIII»

 

No hay forma de que te pierda,
porque te tengo en el verso
y también en el reverso
de la sal que al mar recuerda.
Y aunque la frontera muerda
mi corazón con su hastío,
si tu voz me nombra «Mío»,
tuyo el cerezo y la raíz,
y mío será el matiz
de esa mirada y su río.

 

«Retrato XIV»

 

El recuerdo de lo que
fuiste florece de soles,
gaviotas y caracoles
mis costas. No hay duda de
que dormías en la fe
de las cayenas del mar,
que tu verso no es azar,
es tu dermis verdadera;
ataraxia Primavera,
qué sublime despertar.

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