Juan Ortiz retoma el universo poético de Retratos con una nueva selección de catorce décimas espinelas dedicadas al amor, al deseo, al cuerpo y a la tensión erótica. En esta segunda entrega, la estructura tradicional de diez versos octosílabos y rima consonante mantiene una escritura que avanza entre lo sensual, lo afectivo, lo confesional y lo reflexivo.
Los poemas reunidos por Ortiz, desde «Retrato XV» hasta «Retrato XXVIII», amplían el recorrido iniciado en la entrega anterior mediante nuevas escenas, imágenes y aproximaciones a la experiencia amorosa. La precisión métrica y el cuidado de la cadencia conviven con un lenguaje fluido, mientras cada composición aporta una mirada propia sobre la intimidad, la contemplación del cuerpo, la atracción y las distintas formas en que el deseo se transforma en materia poética.
«Retrato XV»
Te veo a través de la
poesía, remembranza
del futuro, añoranza
febril que late hondo acá.
Luz tibia de aquí y de allá,
no me sabía en la espera
de tu versación salmuera
de milagro coralino;
quisiera ser tu destino;
quién pudiera, quién pudiera…
«Retrato XVI»
Amo verla abrir de a poco
cada pétalo sagrado
de su esplendor pasado
de estrofa y verso barroco.
Es un milagro —no es poco—,
un retorno a los sitiales
de aquel reino de corales
que fraguó con sal su estancia;
sol de ámbar, tu fragancia
desborda mis manantiales.
«Retrato XVII»
Apuntalada sobre el arte
de tu marfil, mi mirada
recrea la pincelada
que sembraré, mi estandarte.
Ven, te urdiré hasta borrarte
la mascarada habitual
ante el mundo; el mineral
azul de tu lengua esdrújula
me será manantial, brújula
a mi barcaza en tu sal.
«Retrato XVIII»
La Nereida que me mira
indaga en el mineral
de mi osamenta narval
con sus ojos Cachemira.
Su fisura me respira
la letra que fui en otrora,
escarba en la vena eslora
la herida de mi naufragio
cantado una luna adagio
que me regala su flora.
«Retrato XIX»
Iré a tu voz en invierno;
brote dulce de guayaba
de cuando ya no pensaba
en los pliegues de lo eterno.
Canto de mango tierno
bajo la ceiba en la casa
por donde aquel río pasa
llevando al sol mi alegría,
me entrego a la monarquía
luz de tu café y su taza.
«Retrato XX»
Verla, saber que si roza
tu mano se acaba todo
y no existe ni habrá modo
de escaparte de su rosa.
Besar el agua en su poza
profunda de primaveras
y avizorar las quimeras
danzar de sus ojos idos,
para amanecer dormidos
tras haber sido unas fieras.
«Retrato XXI»
Quién fuera el sol de tu tierra
a través de tu ventana
y la mañana lejana
que en tus pupilas se encierra.
Quién pudiera darte guerra
sobre la orilla desnuda
de aquella rivera muda
que transcribe el firmamento;
quién te mordiera el aliento
quién fuera un sí y no una duda.
«Retrato XXII»
Del diente te salva la
loma —de hacerte comarca
del mar, mariposa monarca
que Calíope me da—.
La sed que te tengo está
solo a tu orden; sus calores
buscan rojos tus olores
con saliva, rima y mengua;
naranjas tiene mi lengua
a tu hondura y sus albores.
«Retrato XXIII»
La Nereida que me escribe
trajo en su voz espiral
al mar. Su galaxia oral
llovió en mí soles de aljibe.
Una dalia circunscribe
ahora el paisaje albino
de mi reinado marino;
escucho en bucle su amor
y me estremece un fulgor
que sabe a café y destino.
«Retrato XXIV»
Anhelo vivir el rito
del café en tu cocina
mientras mi mano alucina
con tu perla —el mar, su mito—.
Tengo un deseo proscrito
afanoso por la orilla
que más allá en tu isla brilla
espesada entre tus dedos;
si caes en mis enredos:
seré gemido y cosquilla.
«Retrato XXV»
El amor será el abrazo,
lo sabremos ese día
al volvernos melodía
vertical de luz en lazo.
De mi lar tengo un pedazo
para darte en ese instante:
el terco y simple sextante
que, aunque oxidado y maltrecho,
permitió hallarte, sol —lecho—,
en tu galaxia distante.
«Retrato XXVI»
Herido de su cintura
rompiéndome la cadera,
de su mirada de fiera
que me envenena sin cura.
Tú no entiendes la locura
que es perderse en esos mares,
no saber de despertares
por tener su fuego en ti;
yo no me acuerdo de mí
cuando libo en sus altares.
«Retrato XXVII»
Verle la esquina desnuda
de la comisura, el labio,
rescoldo libido y sabio
donde reside mi duda.
Anhelar la sal que suda
en cada pliegue posible
con deseo inadmisible
para el común que no entiende
el bien de arribar allende
en su comarca imposible.
«Retrato XXVIII»
La Emperatriz de los mares
gobierna desde su orilla
sobre su trono de arcilla
perfumada en azahares.
En sus silencios lunares
adormecen las mareas,
y en su cantar, mis apneas
palidecen entre olvidos;
le sembré sesenta olivos,
le viví mil «Odiseas».