«Retratos»: décimas espinelas de amor y erotismo, por Juan Ortiz — segunda entrega

Tiempo de lectura: 3 minutos
Retratos II

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Juan Ortiz retoma el universo poético de Retratos con una nueva selección de catorce décimas espinelas dedicadas al amor, al deseo, al cuerpo y a la tensión erótica. En esta segunda entrega, la estructura tradicional de diez versos octosílabos y rima consonante mantiene una escritura que avanza entre lo sensual, lo afectivo, lo confesional y lo reflexivo.

Los poemas reunidos por Ortiz, desde «Retrato XV» hasta «Retrato XXVIII», amplían el recorrido iniciado en la entrega anterior mediante nuevas escenas, imágenes y aproximaciones a la experiencia amorosa. La precisión métrica y el cuidado de la cadencia conviven con un lenguaje fluido, mientras cada composición aporta una mirada propia sobre la intimidad, la contemplación del cuerpo, la atracción y las distintas formas en que el deseo se transforma en materia poética.

«Retrato XV»

 

Te veo a través de la

poesía, remembranza

del futuro, añoranza

febril que late hondo acá.

Luz tibia de aquí y de allá,

no me sabía en la espera

de tu versación salmuera

de milagro coralino;

quisiera ser tu destino;

quién pudiera, quién pudiera…

 

«Retrato XVI»

 

Amo verla abrir de a poco

cada pétalo sagrado

de su esplendor pasado

de estrofa y verso barroco.

Es un milagro —no es poco—,

un retorno a los sitiales

de aquel reino de corales

que fraguó con sal su estancia;

sol de ámbar, tu fragancia

desborda mis manantiales.

 

«Retrato XVII»

 

Apuntalada sobre el arte

de tu marfil, mi mirada

recrea la pincelada

que sembraré, mi estandarte.

Ven, te urdiré hasta borrarte

la mascarada habitual

ante el mundo; el mineral

azul de tu lengua esdrújula

me será manantial, brújula

a mi barcaza en tu sal.

 

«Retrato XVIII»

 

La Nereida que me mira

indaga en el mineral

de mi osamenta narval

con sus ojos Cachemira.

Su fisura me respira

la letra que fui en otrora,

escarba en la vena eslora

la herida de mi naufragio

cantado una luna adagio

que me regala su flora.

 

«Retrato XIX»

 

Iré a tu voz en invierno;

brote dulce de guayaba

de cuando ya no pensaba

en los pliegues de lo eterno.

Canto de mango tierno

bajo la ceiba en la casa

por donde aquel río pasa

llevando al sol mi alegría,

me entrego a la monarquía

luz de tu café y su taza.

 

«Retrato XX»

 

Verla, saber que si roza

tu mano se acaba todo

y no existe ni habrá modo

de escaparte de su rosa.

Besar el agua en su poza

profunda de primaveras

y avizorar las quimeras

danzar de sus ojos idos,

para amanecer dormidos

tras haber sido unas fieras.

 

«Retrato XXI»

 

Quién fuera el sol de tu tierra

a través de tu ventana

y la mañana lejana

que en tus pupilas se encierra.

Quién pudiera darte guerra

sobre la orilla desnuda

de aquella rivera muda

que transcribe el firmamento;

quién te mordiera el aliento

quién fuera un sí y no una duda.

 

«Retrato XXII»

 

Del diente te salva la

loma —de hacerte comarca

del mar, mariposa monarca

que Calíope me da—.

La sed que te tengo está

solo a tu orden; sus calores

buscan rojos tus olores

con saliva, rima y mengua;

naranjas tiene mi lengua

a tu hondura y sus albores.

 

«Retrato XXIII»

 

La Nereida que me escribe

trajo en su voz espiral

al mar. Su galaxia oral

llovió en mí soles de aljibe.

Una dalia circunscribe

ahora el paisaje albino

de mi reinado marino;

escucho en bucle su amor

y me estremece un fulgor

que sabe a café y destino.

 

«Retrato XXIV»

 

Anhelo vivir el rito

del café en tu cocina

mientras mi mano alucina

con tu perla —el mar, su mito—.

Tengo un deseo proscrito

afanoso por la orilla

que más allá en tu isla brilla

espesada entre tus dedos;

si caes en mis enredos:

seré gemido y cosquilla.

 

«Retrato XXV»

 

El amor será el abrazo,

lo sabremos ese día

al volvernos melodía

vertical de luz en lazo.

De mi lar tengo un pedazo

para darte en ese instante:

el terco y simple sextante

que, aunque oxidado y maltrecho,

permitió hallarte, sol —lecho—,

en tu galaxia distante.

 

«Retrato XXVI»

 

Herido de su cintura

rompiéndome la cadera,

de su mirada de fiera

que me envenena sin cura.

Tú no entiendes la locura

que es perderse en esos mares,

no saber de despertares

por tener su fuego en ti;

yo no me acuerdo de mí

cuando libo en sus altares.

 

«Retrato XXVII»

 

Verle la esquina desnuda

de la comisura, el labio,

rescoldo libido y sabio

donde reside mi duda.

Anhelar la sal que suda

en cada pliegue posible

con deseo inadmisible

para el común que no entiende

el bien de arribar allende

en su comarca imposible.

 

«Retrato XXVIII»

 

La Emperatriz de los mares

gobierna desde su orilla

sobre su trono de arcilla

perfumada en azahares.

En sus silencios lunares

adormecen las mareas,

y en su cantar, mis apneas

palidecen entre olvidos;

le sembré sesenta olivos,

le viví mil «Odiseas».

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