«Retratos»: décimas espinelas de amor y erotismo, por Juan Ortiz — tercera entrega

Tiempo de lectura: 3 minutos
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Juan Ortiz continúa con esta tercera entrega el recorrido de Retratos, un proyecto en el que la décima espinela sirve de cauce para acercarse nuevamente al amor y al deseo desde una escritura íntima. La forma tradicional, con sus diez versos octosílabos y su exigencia consonante, aquí funciona como un  ejercicio que mantiene el pulso de los poemas donde el cuerpo y la experiencia afectiva y encuentra una expresión cargada de mucha intención.

La décima ocupa un lugar reconocible dentro de la trayectoria poética de Ortiz, quien ha recurrido a sus posibilidades rítmicas para trabajar una voz que procura naturalidad aun dentro de una estructura rigurosa. En esta nueva selección, Retratos prolonga esa relación entre el oficio y la sensibilidad mediante distintas aproximaciones al encuentro amoroso, la cercanía física y el recuerdo de lo vivido, y confirma la vigencia de una estrofa clásica capaz de asumir registros plenamente contemporáneos.

«Retrato XXIX»

 

Crisálida voz temprana

resistiendo la marea,

inmarcesible azalea

satinada de mañana.

Tienes algo que me sana

y me encamina al ensueño,

nervadura tibia, leño

a mi fogata invernal,

fábula azul de la sal,

mírame bien, hasta el sueño.

 

«Retrato XXX»

 

Llueve; escucho «El reencuentro»,

y tu voz replica en mí

nostalgias de un sol en si

que se sabe nuestro centro.

Venimos del mismo adentro,

y no sé cómo lo sé,

solo siento tu azul de

hembra flor y letanía;

surcaré tu geografía

todo bestia y cristofué.

 

«Retrato XXXI»

 

El manantial se espesó

entre ambos, clara señal

de haber encontrado al

indicado. Ella era yo,

y viceversa. Dobló

todas mis certidumbres,

andábamos sobre cumbres

foráneas a los otros;

tan solo éramos nosotros:

almas libres, soles lumbres.

 

«Retrato XXXII»

 

Reconoció en el espejo

el frenesí que ambos somos:

desvaríos sobre lomos

de un minotauro bermejo.

No existe ni habrá consejo

que salve de su locura,

tras cabalgar esa altura

no se vuelve a ser el mismo,

jamás dejé de ser sismo,

y en verdad: no quiero cura.

 

«Retrato XXXIV»

 

Coincidir, ir al mercado,

comprar un buen Chardonnay,

chocolates y café,

mariscos, queso, pescado.

Llegar, verme reflejado

en tus ojos y tratar

de no ceder, no besar

tu boca que tienta y canta;

el pensarlo eriza… encanta…

¿Cómo vernos sin ser mar?

 

«Retrato XXXV»

 

Anclo tu amor en mi mar,

también tu rosa y su espina,

cada azul calle y su esquina:

Mediterráneo azar.

No cuesta nada soñar,

Atlántico en mi Caribe,

más si el corazón percibe

su casa en tu caracola

—fantasía tierna de ola,

jade dulce, sol de aljibe—.

 

«Retrato XXXVI»

 

Vengo de orillas saladas,

de aquel mar que nos recuerda,

sus hilos son una cuerda

que une nuestras enramadas.

Tengo cerca las cascadas

de tu prosa —Primavera—

de ola trina y su rivera

equinoccial —Luna y mito—;

estos versos son un rito

pa esfumar la cordillera.

 

«Retrato XXXVII»

 

Escribe la ciudad en mí,

desenreda la memoria

de la calle transitoria

que pintó la sal en ti.

Siempre le diré que sí

a tus versos en mis hojas;

amo ver cómo despojas

el polvo de la otredad

en que yace tu verdad,

remedio de mis congojas.

 

«Retrato XXXVIII»

 

Viene desde sotavento

un rumor de mar bravío

—nada tuyo, nada mío,

nada somos en el viento—.

El mar sabe que no miento,

porque yo soy pescador,

y cuando digo «amar», mi amor,

la caracola se enciende

y la Primavera entiende

que la esperan a estribor.

 

«Retrato XXXIX»

 

Llueve a cántaros; la acera

lleva los cuerpos del cielo

al descanso tras su vuelo,

y me humedece la espera.

Húmedo el hueso, la fiera

abisal roja expectante

por tu silueta diamante

desnuda —casa de fuegos—

dispuesta a jugar los juegos

del mar con luna menguante.

«Retrato XL»

 

La aventura de hacerse agua,

ser agua en las aguas de ella

sin ceder a la centella

de sus ojos —trina fragua—.

Aprender a ser piragua

para navegar su río,

someterse al albedrío

omnisciente de su letra,

orden real que penetra

el hueso y muele mi hastío.

 

«Retrato XLI»

 

Aquella noche, la luna

exclamó sus soledades

y fui llevado a las edades

previas al mar y la duna.

Tras abrazar mi fortuna,

me asumí letra de arena,

rito de silicio y pena,

mito bastardo del adiós,

y olvidé al verso, su voz,

y la raíz del poema.

 

«Retrato XLII»

 

Te invito a mi carne, con

tenedor, hambre y cuchillo,

seré —calmo— tu platillo,

si así quieres, corazón.

No buscaré la razón…

me cansé de dar batalla,

me cansé de dar la talla;

ven y come, soy hombre muerto,

despedaza este desierto

y cuélgate la medalla.

 

«Retrato XLIII»

 

No esperaba su estación,

yo era un otoño, era invierno,

era un olvido, un infierno,

un poema sin nación.

Ver llegar del mar su don

trajo tiempos de confites

al sol. En mis escondites

se coló un rojo hilo fino;

mas ganó el frío, el destino

solo ata si lo permites.

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