Juan Ortiz continúa con esta tercera entrega el recorrido de Retratos, un proyecto en el que la décima espinela sirve de cauce para acercarse nuevamente al amor y al deseo desde una escritura íntima. La forma tradicional, con sus diez versos octosílabos y su exigencia consonante, aquí funciona como un ejercicio que mantiene el pulso de los poemas donde el cuerpo y la experiencia afectiva y encuentra una expresión cargada de mucha intención.
La décima ocupa un lugar reconocible dentro de la trayectoria poética de Ortiz, quien ha recurrido a sus posibilidades rítmicas para trabajar una voz que procura naturalidad aun dentro de una estructura rigurosa. En esta nueva selección, Retratos prolonga esa relación entre el oficio y la sensibilidad mediante distintas aproximaciones al encuentro amoroso, la cercanía física y el recuerdo de lo vivido, y confirma la vigencia de una estrofa clásica capaz de asumir registros plenamente contemporáneos.
«Retrato XXIX»
Crisálida voz temprana
resistiendo la marea,
inmarcesible azalea
satinada de mañana.
Tienes algo que me sana
y me encamina al ensueño,
nervadura tibia, leño
a mi fogata invernal,
fábula azul de la sal,
mírame bien, hasta el sueño.
«Retrato XXX»
Llueve; escucho «El reencuentro»,
y tu voz replica en mí
nostalgias de un sol en si
que se sabe nuestro centro.
Venimos del mismo adentro,
y no sé cómo lo sé,
solo siento tu azul de
hembra flor y letanía;
surcaré tu geografía
todo bestia y cristofué.
«Retrato XXXI»
El manantial se espesó
entre ambos, clara señal
de haber encontrado al
indicado. Ella era yo,
y viceversa. Dobló
todas mis certidumbres,
andábamos sobre cumbres
foráneas a los otros;
tan solo éramos nosotros:
almas libres, soles lumbres.
«Retrato XXXII»
Reconoció en el espejo
el frenesí que ambos somos:
desvaríos sobre lomos
de un minotauro bermejo.
No existe ni habrá consejo
que salve de su locura,
tras cabalgar esa altura
no se vuelve a ser el mismo,
jamás dejé de ser sismo,
y en verdad: no quiero cura.
«Retrato XXXIV»
Coincidir, ir al mercado,
comprar un buen Chardonnay,
chocolates y café,
mariscos, queso, pescado.
Llegar, verme reflejado
en tus ojos y tratar
de no ceder, no besar
tu boca que tienta y canta;
el pensarlo eriza… encanta…
¿Cómo vernos sin ser mar?
«Retrato XXXV»
Anclo tu amor en mi mar,
también tu rosa y su espina,
cada azul calle y su esquina:
Mediterráneo azar.
No cuesta nada soñar,
Atlántico en mi Caribe,
más si el corazón percibe
su casa en tu caracola
—fantasía tierna de ola,
jade dulce, sol de aljibe—.
«Retrato XXXVI»
Vengo de orillas saladas,
de aquel mar que nos recuerda,
sus hilos son una cuerda
que une nuestras enramadas.
Tengo cerca las cascadas
de tu prosa —Primavera—
de ola trina y su rivera
equinoccial —Luna y mito—;
estos versos son un rito
pa esfumar la cordillera.
«Retrato XXXVII»
Escribe la ciudad en mí,
desenreda la memoria
de la calle transitoria
que pintó la sal en ti.
Siempre le diré que sí
a tus versos en mis hojas;
amo ver cómo despojas
el polvo de la otredad
en que yace tu verdad,
remedio de mis congojas.
«Retrato XXXVIII»
Viene desde sotavento
un rumor de mar bravío
—nada tuyo, nada mío,
nada somos en el viento—.
El mar sabe que no miento,
porque yo soy pescador,
y cuando digo «amar», mi amor,
la caracola se enciende
y la Primavera entiende
que la esperan a estribor.
«Retrato XXXIX»
Llueve a cántaros; la acera
lleva los cuerpos del cielo
al descanso tras su vuelo,
y me humedece la espera.
Húmedo el hueso, la fiera
abisal roja expectante
por tu silueta diamante
desnuda —casa de fuegos—
dispuesta a jugar los juegos
del mar con luna menguante.
«Retrato XL»
La aventura de hacerse agua,
ser agua en las aguas de ella
sin ceder a la centella
de sus ojos —trina fragua—.
Aprender a ser piragua
para navegar su río,
someterse al albedrío
omnisciente de su letra,
orden real que penetra
el hueso y muele mi hastío.
«Retrato XLI»
Aquella noche, la luna
exclamó sus soledades
y fui llevado a las edades
previas al mar y la duna.
Tras abrazar mi fortuna,
me asumí letra de arena,
rito de silicio y pena,
mito bastardo del adiós,
y olvidé al verso, su voz,
y la raíz del poema.
«Retrato XLII»
Te invito a mi carne, con
tenedor, hambre y cuchillo,
seré —calmo— tu platillo,
si así quieres, corazón.
No buscaré la razón…
me cansé de dar batalla,
me cansé de dar la talla;
ven y come, soy hombre muerto,
despedaza este desierto
y cuélgate la medalla.
«Retrato XLIII»
No esperaba su estación,
yo era un otoño, era invierno,
era un olvido, un infierno,
un poema sin nación.
Ver llegar del mar su don
trajo tiempos de confites
al sol. En mis escondites
se coló un rojo hilo fino;
mas ganó el frío, el destino
solo ata si lo permites.