Tu libro es una mierda

Tiempo de lectura: 8 minutos
Tu libro es una mierda

Tabla de Contenido

Después de publicar tu libro llega el verdadero infierno. El tablero de ventas marca unos cuantos ejemplares, pero la sección de comentarios es un desierto. El silencio aprieta. Comienzas a ponerte nervioso. Te muerdes las uñas frente a la pantalla y te preguntas : ¿Les habrá gustado? ¿Habrán entendido algo?.

Entonces llega, al cabo de las semanas, la ansiada notificación. Tu primera reseña.

Abres tu panel de control con el pulso acelerado. Y ahí está. Una reseña de una estrella. O peor aún, un bloque de texto de quinientas palabras firmado por un autoproclamado erudito de Goodreads o un crítico de una revista literaria local, seguramente ficticia, destrozando tu novela sin piedad. Dice que es repugnante y repulsiva, que tus personajes son planos, que tu violencia es innecesaria y que tu obra carece de «elevación intelectual«, que debería estar prohibida y que estás enfermo. Básicamente, te acaban de escupir a la puta cara que tu libro es una mierda.

Tu primera reacción es el pánico. El síndrome del impostor te agarra por los huevos y aprieta. Sientes el impulso de retirar el libro, de pedir perdón públicamente por haber manchado el mercado y de esconderte debajo de la cama a esperar a que todos se olviden de ti.

Respira.

Lo que estás experimentando no es el fracaso; es el rito de iniciación más antiguo de la historia de la literatura. Las paredes editoriales están encaladas con las lágrimas de los «intelectuales» que intentaron estrangular obras maestras en su cuna simplemente porque no entendían el idioma del futuro. Los críticos no evalúan la trascendencia; evalúan si tu obra encaja en el molde socialmente aceptado de su época. Si rompes el molde, los ofendes. Y cuando un imbécil se ofende, ataca.

Si crees que eres el único autor al que han intentado hundir en la miseria con una mala crítica, coge aire, porque vamos a dar un paseo por el panteón de los «fracasados».

Hablemos de Cervantes

Hoy es la cumbre intocable de la literatura universal. La obra que define el idioma español. Si hablas mal del Quijote hoy en día, te quitan el carnet de intelectual.

Pero viajemos a 1605. Miguel de Cervantes acaba de publicar su novela. ¿Cómo reaccionó la élite literaria de la época? Con un profundo y envidioso desprecio. Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, el rey de las ventas y el crítico más influyente del momento, escribió en una carta privada:

«De los poetas, no digo buen siglo es este. Muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote».

Y Lope no estaba solo. Para los eruditos y académicos de la época, Don Quijote de la Mancha no era alta literatura. Era una parodia vulgar, una novelita de humor bajo llena de chistes de taberna, palizas, escatología y personajes ridículos. Era el equivalente actual a un pulp barato, literatura de cordel destinada a lacayos, soldados y gente de mal vivir. Lo despreciaron por no usar el lenguaje poético, elevado y refinado que dictaba la norma.

El odio llegó a tal punto que la envidia se hizo carne. Un hater anónimo, oculto bajo el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda, hizo lo que hoy consideraríamos el mayor acto de piratería y linchamiento editorial: publicó una secuela no autorizada en 1614. En el prólogo de este «Quijote falso», Avellaneda no solo intentó destrozar el prestigio de la obra original, sino que atacó personalmente a Cervantes, burlándose de su edad, de su extrema pobreza, de su falta de amigos en la corte y de la mano que perdió desangrándose en la batalla de Lepanto.

¿Cómo reaccionó Cervantes ante el rechazo de la élite y el robo descarado de su propiedad intelectual? ¿Se retiró a llorar, pidió disculpas por no ser lo suficientemente «culto» y abandonó la escritura?

Pues va a ser que no.

Cervantes cargó el arma y devolvió el disparo con una brutalidad maestra. Aceleró la escritura de su propia segunda parte (publicada en 1615) y convirtió la piratería en parte de su trama. Hizo que Don Quijote y Sancho Panza se enteraran dentro de la propia novela de que existía un libro falso sobre ellos, y los puso a burlarse sin piedad de la mediocridad y la mala prosa de Avellaneda página tras página. Y para sellar su victoria y asegurarse de que ningún otro parásito literario volviera a robarle a sus personajes, Cervantes tomó una decisión drástica: mató a Don Quijote en el último capítulo. Fin del juego y de la franquicia para sus enemigos.

Cervantes no buscaba agradar a los académicos de nariz estirada; quería hacer reír y sangrar al lector de a pie. Sobrevivió a los puristas porque la calle lo abrazó, y utilizó la bilis de sus críticos como combustible para coronar su obra.

Depravación en la montaña

Si escribes géneros oscuros este es tu faro en la niebla. Hoy, Cumbres Borrascosas de Emily Brontë es un clásico de la literatura victoriana.

Pero cuando se publicó en 1847, la crítica la recibió con horcas y antorchas. Los críticos literarios estaban horrorizados. Un reseñista de la Quarterly Review escribió que era un libro «demasiado odiosamente salvaje y bestial». Otro medio la describió como «un compuesto de vulgar depravación y horrores antinaturales».

Su gran pecado fué mostrar a personajes moralmente corruptos, crueles, vengativos y sociópatas sin castigarlos con una moraleja cristiana al final.

Brontë hizo lo que tiene que hacer un autor: arrastrar al lector por la inmundicia de la psique humana. Los guardianes de la moralidad de su época vomitaron sobre el libro. Hoy, los huesos de esos críticos son polvo olvidado, y la brutalidad de Brontë sigue vendiendo millones de copias e inspirando películas de dudosa calidad.

Perder el trabajo por un libro

Walt Whitman es hoy considerado el padre de la poesía moderna estadounidense, el titán ineludible que rompió la métrica occidental. Pero si hoy le mencionas Hojas de Hierba al lector medio, lo más probable es que asienta con cara de intelectual sin tener ni idea de lo que realmente hay en sus páginas. Y lo que hay, para la sociedad puritana de 1855, era una bomba atómica.

Cuando Whitman publicó la primera edición —pagando la imprenta de su propio bolsillo, por cierto, exactamente igual que un autopublicado actual—, el golpe de rechazo fue tan salvaje que casi le arruina la vida.

En pleno siglo XIX, la poesía era un club exclusivo para caballeros de salón. Se escribía con rima matemática perfecta y trataba sobre el honor, las flores, el amor cortés y Dios. Whitman destrozó esa puerta a patadas. Prescindió de la rima tradicional y escribió en verso libre, un formato caótico que a los eruditos les sonó a los balbuceos de un loco en mitad de la calle.

Pero lo que realmente ofendió a la élite no fue la forma, fue el fondo. Whitman bajó la poesía a la calle. Hablaba del sudor de los obreros, del olor del cuerpo humano, de la maquinaria, del barro de las calles, de las prostitutas y del sexo sin tapujos, escupiendo un homoerotismo descarado que hizo infartar a los guardianes de la moral de la época.

La crítica lo masacró sin piedad. Los periódicos exigieron que el libro fuera censurado. Lo llamaron «una masa de estupidez obscena» y afirmaron que su autor debía de ser un «lunático escapado de un asilo«. El ilustre y respetado poeta John Greenleaf Whittier, asqueado tras leer las primeras páginas, agarró el ejemplar que el propio Whitman le había enviado y, literalmente, lo tiró a las llamas de su chimenea para no contaminarse.

Y el linchamiento no se quedó en un simple berrinche; cruzó la línea hacia lo personal. Whitman trabajaba como funcionario en el Departamento de Interior, con un sueldo gris que le permitía no morir de hambre. Un día, su jefe (el Secretario James Harlan) encontró una copia de trabajo de Hojas de Hierba en el escritorio de Whitman. Tras leerla en secreto y escandalizarse por semejante «basura inmoral«, lo despidió fulminantemente.

Su arte ofendió tanto al sistema que le costó el pan. La sociedad intentó aplastarlo, borrar su nombre y matarlo de hambre.

¿Se rindió? Whitman no pidió perdón. No censuró ni un solo verso para agradar a su antiguo jefe ni a los críticos de salón. Al contrario, siguió reeditando, financiando y ampliando su libro de forma obsesiva durante las siguientes décadas, hasta el día de su muerte. Resistió el tiempo suficiente para obligar al mundo entero a tragarse sus versos y cambiar la historia de la literatura para siempre.

Basura juvenil

Podrías pensar que J.R.R. Tolkien, siendo un eminente y respetado catedrático de filología en la Universidad de Oxford, se libró de la cortedad de miras de los intelectuales. Al fin y al cabo, jugaba en su misma liga; era uno de los suyos. Te equivocas. La élite académica no perdona a quien abandona el redil.

El germen de El Señor de los Anillos fue El Hobbit, un cuento de tono infantil que Tolkien escribió originalmente para entretener a sus hijos. Cuando su editor, oliendo el dinero, le pidió una secuela rápida en la misma línea, el mercado esperaba otra aventurilla ligera y amable para leer antes de dormir. En su lugar, Tolkien se atrincheró durante doce años y forjó un leviatán oscuro, denso y mitológico sobre la corrupción del poder, el trauma de la guerra y la muerte.

En la década de 1950, la «alta literatura» de salón estaba obsesionada con el realismo puro y el existencialismo de posguerra. Por tanto, la reacción de la intelectualidad ante un texto de más de mil páginas sobre orcos, elfos y anillos mágicos fue de desdén. Consideraban que escribir literatura fantástica en pleno siglo XX era una regresión, un género menor indigno de un académico. Era, a sus ojos, un insulto a la inteligencia.

Y entonces intervino Edmund Wilson (AKA El Iluminado).

Wilson era, indiscutiblemente, el crítico literario más temido, influyente y destructivo de su generación. Cuando la obra vio la luz, le dedicó un ensayo entero (titulado de forma burlona ¡Oh, esos horribles orcos!) con el único propósito de aniquilar el libro públicamente. Lo calificó de «basura juvenil«. Sentenció que los personajes eran planos y maniqueos, que no había el más mínimo rastro de profundidad psicológica y que el libro era, en esencia, un cuento de hadas patético para adultos asustados que no querían madurar y enfrentarse al mundo real.

Para Wilson y su séquito de eruditos, disfrutar de la obra de Tolkien era el equivalente a padecer una tara intelectual.

¿Qué hizo el profesor ante este fusilamiento público? El silencio. Tolkien no escribió artículos defendiéndose, ni pidió perdón por no escribir novela realista. Sabía perfectamente lo que había creado. Sabía que su worldbuilding —respaldado por idiomas enteros, miles de años de historia, genealogías y mapas— era impenetrable, tan sólido y fuerte como una cota de malla de mithril.

Tolkien se limitó a soltar su obra. Dejó que las ventas y la gigantesca legión de lectores hablaran por él. Hoy en día, la pedante crítica de Edmund Wilson (AKA El Iluminado) no es más que una nota a pie de página en la historia de la literatura, mientras que los orcos y elfos de Tolkien sentaron las bases de un sólido imperio cultural.

La táctica que recomiendo

La próxima vez que un crítico purista, un hater de Goodreads o un supuesto erudito ofendido diseccione tu novela para decirte que tu crudeza es «excesiva», que tu universo es «desagradable» o que tu estilo carece de «los cánones de la alta literatura», no te hundas. Sonríe.

Si tu obra es cruda, si tus personajes tienen colmillos, si la mugre de tu historia despierta emociones en quien la lee, lo último que necesitas es la validación de quienes solo leen poesía en salones limpios. Has pinchado un nervio. Has provocado una reacción en el lector. Eso es poder.

No escondas esa crítica de una estrella.

Úsala

El marketing de guerrilla se alimenta del conflicto. Coge esa reseña donde te acusan de ser «demasiado violento«, «excesivamente oscuro» o «inadecuado«, plántala en el centro de un post en Threads o en un vídeo de TikTok, y utilízala como advertencia: «Este libro no es para todos los estómagos. A los lectores de piel fina les asusta. Si no puedes soportar el olor a sangre, no lo leas». Exactamente lo que yo hice en el prólogo de mi libro.

Convierte la bilis del intelectualillo de Starbucks en tu mejor eslogan de ventas. La historia no la escriben los críticos que se sientan a juzgar; la escriben los autores que se niegan a pedir perdón por su obra.

José Manuel Sarabia Sainz

Disfrutando de la primera crítica negativa sobre Crónicas de San Bernardo City. 

Tabla de Contenido

Adquiere una copia del libro

Unete a nuestro Newsletter

Manténgase actualizado sobre nuestros nuevos lanzamientos.

Priorizamos la seguridad de tus datos en nuestros términos.

Comparte esta publicación

Deja un comentario

Scroll al inicio