Una flor entre el estiércol

Tiempo de lectura: 4 minutos
Flor en el estiercol

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Vamos a hacer un pequeño experimento. Te voy a contar un chiste:

—Mamá, mamá, ¿por qué el abuelo está tan rígido y huele tan mal? —Calla, niño, y sigue cavando antes de que los vecinos llamen a la policía.

Incómodo, ¿verdad? Macabro. Escondiendo un cadáver en el patio trasero. Un chiste malo de humor negro que, soltado en la mesa equivocada, te garantiza miradas de repugnancia y la admiración de tu cuñado.

Ahora, vamos a cambiar a los personajes del chiste.

—Mamá, mamá, ¿por qué este hueso está tan duro y apesta tanto? —Calla, cachorro, y sigue cavando antes de que el dóberman del vecino nos robe nuestro tesoro.

De repente, la escena de ocultación de un cadáver se ha transformado en una inocente y simpática estampa canina. El rechazo visceral desaparece. La moralidad se relaja y surge la sonrisa. Y aquí es donde reside el mayor y más antiguo truco de magia de la literatura de género.

La ficción como azúcar para tragarnos el horror

La mente humana es una criatura asustadiza y frágil. Si le muestras la realidad de frente, cerrará los ojos por instinto de supervivencia. Si le sirves la tragedia humana, la crueldad y la injusticia social en crudo, el lector levantará automáticamente sus defensas emocionales. La realidad le satura. Su cerebro rechaza el exceso de sordidez porque le recuerda demasiado a sus propios miedos, a los demonios que habitan en los telediarios y, muy a menudo, en las calles de su propia ciudad.

El arte del escritor no consiste en esconder la miseria humana, sino en endulzar el rechazo inicial para obligar al lector a tragar la píldora hasta el fondo.

¿Recordáis mi artículo La importancia del enfoque que publiqué hace un par de semanas?

Pues bien. Se trata, en el fondo, de eso. No podemos limitarnos a describir el horror; debemos cambiar la cámara de sitio. Queremos que el lector perciba el hedor a basura, que sea plenamente consciente de que bajo sus pies hay un inmenso estercolero de corrupción y dolor, pero nuestra misión es trazar la prosa con tanta precisión, construir un worldbuilding tan fascinante, que el lector sea incapaz de apartar la vista de la bonita flor que emerge de esa montaña de mierda.

La fantasía y la ciencia ficción son ese azúcar. Son el Caballo de Troya definitivo. Le ponemos una capa de pelo, escamas, magia o luces de neón a nuestros peores pecados, y de pronto, la atrocidad se convierte en entretenimiento.

Orwell y Bradbury: camuflar la crítica social

Las grandes obras maestras del género siempre han utilizado este camuflaje para explorar a la humanidad sin que esta se ofenda al verse reflejada.

George Orwell no escribió sobre malvados soviéticos masacrando a su pueblo; escribió sobre cerdos que caminan sobre dos patas en Rebelión en la granja. Al ser cerdos, el mundo entero asimiló una de las críticas más feroces al totalitarismo sin sentir la pedantería de un panfleto político.

Pensemos ahora en Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, una afilada crítica sobre la censura estatal, el antiintelectualismo, la aniquilación del pensamiento crítico y la apatía de una sociedad devorada por el entretenimiento vacío. Si Bradbury hubiera escrito un ensayo político o una novela realista sobre censores gubernamentales arrestando a profesores, el libro habría sido denso, deprimente y probablemente ignorado. Pero al disfrazar a los censores como «bomberos» que queman libros, y al introducir a sabuesos mecánicos letales con agujas hipodérmicas, el lector entra por la fascinación del universo futurista y, sin darse cuenta, se traga una de las críticas sociales más demoledoras del siglo XX.

De Cadáver Exquisito a los cuentos infantiles

Y no hace falta irse a los clásicos de mediados del siglo pasado. Fijémonos en un fenómeno actual y perturbador como Cadáver Exquisito de Agustina Bazterrica. La novela habla del clasismo extremo, de la deshumanización capitalista, de la crueldad de la industria cárnica y de hasta dónde es capaz de llegar la moralidad humana por mantener su estatus. Temas que provocarían rechazo instantáneo en un drama contemporáneo. Pero Bazterrica los enmascara en una distopía donde un virus ha aniquilado a los animales y la sociedad ha normalizado la cría y el consumo de carne humana. El lector sabe que está pisando un estercolero moral espantoso, pero la brutal flor del universo creado lo mantiene paralizado, pasando páginas con fascinación morbosa.

Incluso los cuentos infantiles con los que arropamos a nuestros hijos por las noches son, en esencia, relatos gore pasados por el tamiz de lo fantástico. Leemos tranquilamente a niños de cinco años historias sobre canibalismo infantil (una bruja engordando a Hansel y Gretel para comérselos), mutilación (las hermanastras de Cenicienta cortándose los dedos de los pies para encajar en un zapato de cristal), violación (Caperucita devorada por el lobo), o secuestro y abandono en el bosque profundo. Nadie llama a los servicios sociales porque el envoltorio incluye casas de chocolate, hadas y lobos que hablan.

El grimdark de Crónicas de San Bernardo City

Este es el mismo mecanismo de relojería que hace que un universo distópico y grimdark como el de Crónicas de San Bernardo City funcione de manera tan excelente.

Si la novela estuviera protagonizada por seres humanos, leer sobre un sistema que promueve el abuso de poder sistemático por parte de los ricos, las psicopatías más oscuras, los asesinatos a sangre fría, una enfermiza zoofilia, el determinismo social, el tráfico de drogas y la corrupción policial a todos los niveles, resultaría una experiencia grotesca. El lector se asfixiaría. Y si a eso le sumas a perros tratando a humanos como simples mascotas —una analogía directa a la esclavitud—, el rechazo público sería inmediato. La historia chocaría de frente contra los prejuicios y la moralidad del lector.

Pero la historia transcurre en una metrópolis de asfalto mojado dominada por perros depredadores de alta casta. Al colocar a mastines y borzois al volante de la masacre, y al relegar a la humanidad al eslabón de los «simios», el lector desactiva su brújula ética humana. Acepta la brutalidad porque su cerebro le dice: «es la naturaleza animal». El filtro de la anatomía canina permite procesar la extrema crueldad, el sadismo y la podredumbre social no como una ofensa personal, sino como un mundo fascinante.

La flor que consigue que miremos el estercolero

El escritor que domina su oficio sabe que la verdad cruda deslumbra y hace daño a la vista. La literatura de género es simplemente las gafas de sol que le prestamos al lector para que pueda mirar fijamente a nuestra propia naturaleza, oler la bosta del estercolero, admirar la flor que crece en su centro, y no salir huyendo a la segunda página.

José Manuel Sarabia.

El adiestrador canino de Crónicas de San Bernardo City.

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