«Voces», cuento de Alfredo Romero — AlRoFer

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Eran las cuatro de una soleada tarde de finales de abril cuando Ernesto accedió al camposanto del pueblo. Caminó sin prisas, llevando en sus manos un ajado ramo de rosas, y se detuvo frente a una tumba reciente.

El viento soplaba a su alrededor, alborotando su cabello, agitando su camisa y abombando sus anchos pantalones.

El cementerio estaba desierto. El único sonido era el de las hojas de las matas cuando el viento arremetía contra ellas. Se puso de rodillas, apartó algunas hojas depositadas sobre la lápida que lo separaba de su mujer, colocó las flores en el sucio florero y se sentó en la reseca hierba.

Una vez más, como cada una de las tardes transcurridas desde que la sepultara, víctima de un agresivo cáncer que no le dio tregua, dejó que las lágrimas fluyeran libremente de sus ojos y resbalaran por sus mejillas hasta caer en el césped.

—Ya sé que ha pasado un mes —dijo con voz entrecortada—, pero es difícil que pase un día sin que te extrañe. Y, la verdad, prefiero venir a este lugar que ir a la casa vacía, silenciosa, desnuda sin tu presencia, en ruinas sin tus manos que la cuiden…

El viento arreció, como si le trajera un mensaje desde el más allá. Las ramas se doblaban sobre sí mismas, emitiendo un crujido.

Sin que se diera cuenta, el sol había descendido hasta tocar la punta de las montañas y grises nubarrones se habían posicionado en el oscurecido firmamento.

De repente, una voz salida de ninguna parte interrumpió su flagelación espiritual. Intentó no prestarle atención, pero a ella se sumó otra, esta vez chillona.

—¡Hagan silencio! —gritó sin levantar la mirada.

Pasó la mano derecha por la fría tumba, levantó el florero que el viento había arrojado y rescató algunas flores.

A su alrededor, las voces aumentaron. Unas reían; otras charlaban. Cuando por fin se dignó a levantar la vista, vio a una pareja paseando, tomada de la mano.

Cansado de las constantes interrupciones de su dolor, se levantó, dispuesto a reclamar su parte de privacidad. Se acercó a una niña y, de mala manera, le reclamó:

—¿Por qué hacen tanto ruido? Estamos en un cementerio.

La noche había caído y millones de estrellas titilaban alegres en el negro firmamento. El aire se enfrió.

La niña, toda sonrisa, se acercó hasta rozarle la mano, produciéndole escalofríos. «Como si tuviera fiebre», pensó él. Entonces, en tono confidencial, ella le preguntó:

—Y usted, ¿puede vernos, señor?

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