A principios de agosto de este año culminó con éxito en Buenos Aires el taller poético Los versos sin dueño, dictado por el poeta venezolano Juan Ortiz. Participaron tres poetisas de Avellaneda: Verónica Arata, Nancy Olivet y Florencia Villafañe.
Un recorrido por los orígenes de la poesía
La propuesta de Ortiz comenzó con un repaso histórico de los primeros testimonios poéticos escritos. Se abordó la Epopeya de Gilgamesh —cuyos fragmentos más antiguos datan de alrededor del 2100 a.C. en tablillas sumerias—, considerada la primera muestra épica de la humanidad.
También se incluyó la obra de Safo de Lesbos, como referente de la poesía femenina en la Antigüedad, y se exploraron distintos momentos de la tradición literaria hasta llegar a la poesía clásica castellana.
Fundamentos y licencias poéticas
Dentro del estudio de la poesía clásica se trabajaron los conceptos esenciales: verso, rima y estrofa, así como las principales licencias poéticas que enriquecen el lenguaje literario.
Posteriormente, se analizó la prosa poética como puente entre géneros y se experimentó con dinámicas creativas como el cadáver exquisito, que permitió la interacción lúdica entre las participantes.
Cierre colectivo y resultados
El encuentro concluyó con un ejercicio de creación colectiva en el que Verónica Arata, Nancy Olivet y Florencia Villafañe elaboraron sus propios poemas. Los resultados fueron notables: los textos combinan técnica, sensibilidad y voz propia, y son compartidos en esta entrega como testimonio del proceso.
Resultados del taller y obras previas de las poetisas
A continuación, parte de los resultados obtenidos en el taller Los versos sin dueño, así como también una selección de poemas previos de las poetisas que participaron en este encuentro literario.
Verónica Agustina Arata Villalba
Verónica Agustina Arata Villalba nació el 13 de enero de 1999 en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, Argentina. De ascendencia italiana y paraguaya, desde temprana edad sintió una fuerte inclinación hacia la palabra escrita, encontrando en la poesía un espacio de expresión, sensibilidad y creación.
A sus 26 años continúa explorando su mundo interior y plasmando en versos aquello que la atraviesa, con la intención de compartirlo y abrir camino hacia futuras publicaciones. A continuación, un poema en prosa poética nacido durante el taller:
«Ecos»
Busqué al amor tanto como el semidiós busca la inmortalidad.
Jugué batallas en contra de mi libertad
para sujetar manos que, a la primera de cambio, me iban a dejar.
Rogué a los santos mirar los ojos de quien me iba a traicionar.
Mi ego se disolvió al entender esa verdad.
Ya no espero sinceridad, ya no espero que me vengan a salvar.
Solo quiero aprender a habitar
en un mundo donde el mayor eco es la soledad.
Cargo con la conciencia de un gigante
al batallar del lado de la justicia.
Pareciera que el precio de vivir intensamente
siempre va a oler a muerte.
¿Será que solo vinimos a dejar una enseñanza?
¿Qué me motiva a seguir? ¿Qué te motiva a seguir?
El final es inminente…
¿Y el mar, incluso en calma, arrastra igual con su corriente?
¿Hay trampas? Muchísimas.
Lo único que quiero es agradecerte:
hoy, mi eco se volvió espejo.
Ya no arde por dentro,
se transformó al conocerte.
Poema de la poetisa previos al taller
«La torre»
Enamoramiento sordo, que no escuchó tus palabras tan directas y claras.
Tu presencia en mí despertó una condena de la cual ya no soy ni seré parte.
Fuiste mi kriptonita, pero yo, al irme,
soy esa torre que se cae.
Mírala, amor… eso fuiste vos.
Nancy Elisabet Olivet
Nancy Elisabet Olivet nació el 23 de abril de 1960 en Lanús, Provincia de Buenos Aires, Argentina. De ascendencia española y vasco-francesa, contrajo matrimonio a temprana edad y formó una familia con cuatro hijas y trece nietos.
Su interés por la poesía y la música comenzó en la niñez. Según comenta, «A los 65 años, de la mano del profesor, escritor y editor Juan Ortiz, inicié el camino hacia la publicación de mis primeros escritos y poemas, con la ilusión de llegar a mi primer libro». A continuación, un ensayo en prosa poética nacido a partir del taller:
La epopeya de Gilgamesh
Gilgamesh fue un rey histórico de la ciudad mesopotámica de Uruk hacia el año 2750 a. C. Hijo de Lugalbanda y de la diosa Ninsun, tenía dos tercios de divinidad y un tercio de humanidad.
Realizó grandes hazañas, pero también infundió temor en su pueblo por su arrogancia, violencia y abusos. Los pobladores, cansados de su tiranía, elevaron oraciones e imploraron al cielo. Al escuchar sus lamentos, los dioses acudieron a Anu, protector de todos ellos, quien decidió poner fin a los excesos de Gilgamesh llamando a la diosa de la creación.
Entonces, Aruru creó a un hombre que lo igualara en fuerza y valor: el poderoso guerrero Enkidu. Este habitaba en los montes, lejos de la ciudad, protegiendo a los animales y liberándolos de las trampas del cazador. El trampero, arruinado por ello, buscó a Gilgamesh para pedir ayuda. El rey le indicó que acudiera al templo de Ishtar y buscara a la sacerdotisa Shamhat. Ella sedujo a Enkidu y lo condujo a la civilización.
Enkidu compartió la mesa de los pastores, comió su pan, bebió su cerveza y, lleno de alegría, se volvió completamente hombre al conocer lo que era estar con una mujer.
Tiempo después, enterado de los abusos de Gilgamesh, Enkidu se presentó ante la puerta de la habitación nupcial de una joven, impidiendo que el rey tomara a la virgen desposada. Esto desató la furia de Gilgamesh y ambos se enfrentaron en feroz combate. Tras días de lucha, ninguno resultó vencedor.
Al fin, Gilgamesh encontró a su igual, a su hermano y amigo. Sellaron su amistad con un apretón de manos. Juntos emprendieron un largo camino y atravesaron el bosque de los cedros en busca del monstruo Humbaba, al que dieron muerte, atrayendo con ello la desgracia. Humbaba, moribundo, los maldijo:
—¡Que muera Enkidu, y que Gilgamesh conozca el desconsuelo y el dolor en su corazón!
De regreso a Uruk, la diosa Ishtar se sintió atraída por la valentía de Gilgamesh y le propuso matrimonio. El rey la rechazó, provocando su ira. Ella ascendió a los cielos hasta su padre Anu y su madre Antu, y pidió el Gran Toro Celeste para vengarse. El toro descendió a la tierra, pero ni sus bramidos ni su furia pudieron derrotar a Enkidu y a Gilgamesh, quienes terminaron con su vida.
Entonces Enkidu tuvo un sueño premonitorio: el consejo de los dioses decretaba que él y Gilgamesh debían morir por haber dado muerte a Humbaba y al Toro Celeste. Desde ese día sus fuerzas comenzaron a menguar. Enfermó durante doce días y finalmente murió, dejando solo a Gilgamesh.
El rey lloró a su amigo, proclamó su funeral e hizo ofrendas para que Enkidu llegara sin aflicción al inframundo. Luego, lleno de angustia, dolor y temor a la muerte, abandonó Uruk y partió hacia Oriente en busca de Utnapishtim, a quien los dioses habían concedido la vida eterna.
Tras un largo viaje, Gilgamesh llegó a los montes gemelos, cuyas cimas tocaban la bóveda celeste y cuyos pies llegaban al inframundo. Allí dos hombres escorpión guardaban el túnel por donde el sol se ocultaba y renacía cada día. Ellos le preguntaron:
—¿Qué haces aquí?
—Busco a Utnapishtim —respondió Gilgamesh—. Él es mi última esperanza para vencer a la muerte.
Los guardianes le advirtieron que nadie había atravesado el túnel, pero le dieron la oportunidad: debía cruzarlo en doce horas, antes de que el sol lo atrapara. Gilgamesh corrió y logró salir al otro lado.
En el confín del mundo encontró a Shiduri, la tabernera. Ella le dijo:
—¿Por qué vagabundeas, Gilgamesh? Jamás hallarás la vida eterna. Cuando los dioses crearon a la humanidad, también crearon la muerte. Solo la vida eterna está reservada para ellos.
Gilgamesh no desistió. Halló al barquero Urshanabi, quien lo condujo a través de las aguas de la muerte hasta la morada de Utnapishtim.
El anciano lo recibió y le preguntó:
—¿Por qué tu rostro está tan marchito y tu corazón lleno de dolor?
Gilgamesh respondió:
—¡Cómo no he de estarlo! A mi amigo, a mi compañero Enkidu, lo derrotó la muerte.
Utnapishtim lo miró con compasión:
—Disfruta de tu vida, porque nadie ha visto el rostro de la muerte ni ha escuchado su voz. Llega de improviso y a todos nos destruye. Nadie regresa de ella.
Gilgamesh le preguntó cómo había conseguido la vida eterna. Utnapishtim le reveló entonces un secreto de los dioses: el relato del Diluvio. Narró cómo fue advertido por Ea, construyó un gran barco, salvó a todas las criaturas y, tras el cataclismo, fue bendecido junto a su esposa con la inmortalidad.
Finalmente, Utnapishtim le propuso una prueba: permanecer despierto siete días. Pero Gilgamesh sucumbió al sueño. Al despertar, comprendió su fracaso. Entonces Utnapishtim, apiadado, le confió otro secreto: bajo las aguas del abismo existía una planta que devolvía la juventud.
Gilgamesh la arrancó y decidió probar su poder en un anciano de Uruk. Pero durante el regreso, mientras se bañaba en una charca, una serpiente robó la planta y se alejó mudando su piel. Gilgamesh lloró desconsolado:
—¡En vano fueron mis esfuerzos! He perdido el remedio contra el temor a la muerte.
Al volver a Uruk, mostró con orgullo sus murallas a Urshanabi:
—Mira estas murallas que brillan como cobre al sol. Ninguna ciudad puede compararse a Uruk. Recorre sus templos, jardines y palacios: este es el legado de mi poder.
Epílogo
De nada sirvió a Gilgamesh todo su sufrimiento ni la experiencia de sus viajes. Después de todo lo vivido, no perdió el temor a la muerte: pudo más su soberbia, su avaricia y su deseo de ostentar poder. En lugar de aprender, se limitó a exhibir con orgullo su gran ciudad, sin arrepentimiento alguno.
Poemas de la poetisa previos al taller
«Te vi»
Aquel dieciocho de agosto
te vi por primera vez,
mi corazón palpitó
sin saber aún por qué.
Transcurrió un tiempo muy corto,
y volviste a aparecer,
deslumbrada vi tus ojos
y entendí así el porqué.
Muchos años han pasado,
¡toda una vida, diré!…
cincuenta y un años sellados
desde aquel atardecer.
— Nancy E. Olivet
06/08/2025
«Amiga mía del alma»
Graciela, amiga mía del alma,
cincuenta años de andar…
y ahora solo hay silencio,
ya no te puedo abrazar.
Un llamado en la mañana,
tu partida sin razón,
se quebró mi mundo entero,
se me apagó el corazón.
Quise irme con el viento,
mas Dios no lo permitió,
me quedé con los recuerdos
y esta pena que dejó.
Tu risa vive en mis sueños,
tu ternura no murió,
aunque ya no estés conmigo,
aún escucho tu voz.
Amiga mía del alma,
nunca te voy a olvidar…
cincuenta años contigo
y un amor… ¡un amor que es inmortal!
Florencia Denise Villafañe
Florencia Denise Villafañe nació en Lanús, Buenos Aires, y se crió gran parte de su vida en Llavallol. A los 16 años comenzó a escribir, impulsada por la necesidad de transformar sus emociones en palabras. Un año después, su profesora de literatura Natividad Valencia leyó sus textos, la ayudó a corregir detalles y, sobre todo, la motivó a no abandonar nunca la escritura. Con el tiempo reunió más de 75 textos entre poemas, coplas, cuentos y narraciones.
Comentó que, en la actualidad, a los 25 años, gracias al impulso de una persona cercana que la animó a reconectar con sus pensamientos, «Llegué al taller de poesía de Juan Ortiz, donde descubrí una nueva manera de habitar la palabra. Hoy, la escritura y la poesía laten con más fuerza que nunca en mi vida».
«27 de junio»
(Poema creado en el taller Los versos sin dueño)
Agradezco todo lo que sos
la vida hoy nos dio una oportunidad.
Desaprovecharla no es crueldad,
haría lo que fuera por tu voz.
No somos perfectos, solo dos,
necesitamos reciprocidad.
En toda relación debe haber igualdad,
mi alma quedará por un tiempo en vos.
Me dolerá no volver a verte.
Con vos, lo lento ardía como el viento.
No olvides lo que intenté ofrecerte.
Lo nuestro comenzó siendo secreto,
anhelaba el milagro de tenerte,
y fue mucho más que un simple cuento.
Poema de la poetisa previo al taller
«Magari»
Te conocí y pude ver con claridad.
Entendí que no tenía un solo camino por delante.
La neblina se disipó y pude avanzar.
La venda en mis ojos cayó, y comprendí que quien la sostenía era yo.
Me diste la mano y me ayudaste a caminar.
Por seguirte el ritmo, quise trotar, pero el cansancio se apoderó de mí.
No es sencillo que los ojos se adapten tan fácilmente a la luz;
necesitan tiempo, su propio proceso de adaptación.
Al principio, desconfié. No dejaba que te acercaras.
Rechazaba tu curiosidad.
Me asustaba abrirme.
No encuentro un motivo lógico.
No hay respuesta
para explicar por qué mi brazo se posó sobre el tuyo,
ni por qué no lo rechazaste.
No existe explicación para tanto imán.
Cualquiera pensaría que fue casualidad,
un acto hecho por inercia.
Pero no fue así.
Porque ese imán se siguió sintiendo.
Porque nuestras manos se buscaban en cada momento.
Me hiciste conocer a una gaviota viajera,
que va de puerto en puerto,
un ave que sabe mirar más allá de donde se unen el cielo y el mar,
que sabe leer, que lee personas… y también la arena.
Nos encontramos, y te dejé limpiar mi alma.
Miraste la pared y yo miré tu espalda.
Miré la pared y tú miraste mi espalda.
Decidí mirarte y buscar tus labios.
Los encontré.
Y encontramos muchas cosas más.
Aclarar lo que encontramos sería hablar de más.
Sería un pecado querer explicar con palabras
algo donde las palabras no existieron,
donde solo existieron nuestros cuerpos.
Mi mundo se volvió ajeno.
Dejé de sentirlo propio.
Todo lo que tenía color se volvió gris.
Solo cuando te veía podía sentir
que los colores nos envolvían,
que todo era nítido otra vez.
Por primera vez probé lo que nunca había probado.
Muchas cosas las hice por primera vez contigo.
No quiero dejar en el olvido todo lo que pasó.
Fingir que no sucedió era lo mío… pero ya no.
No dejo que el tiempo marque el ritmo en mi corazón.
La permanencia de las huellas no depende del tiempo que coincidimos,
sino de la intensidad con que fueron marcadas.
Quisiera tener un diccionario en mi mente
para explicarte de un millón de formas lo que siento por vos,
pero no lo tengo.
Solo me queda el vacío de palabras rotas,
que nunca sabré si llegan a destino.
Tal vez nos volvamos a encontrar
cuando nuestras almas, corazones y cuerpos
sientan de nuevo ese imán:
ese que nos atrajo la primera vez.
Encontré en tus brazos resguardo.
Reconocí una nueva forma de amar en tus ojos.