Manuel Rufino Araguallán Marcano es un poeta venezolano nacido el 19 de julio de 1960 en Los Arroyos, estado Sucre. Su infancia estuvo marcada por el arraigo familiar y por una temprana sensibilidad hacia la palabra. A los ocho años se estableció en La Vecindad, municipio Gómez, en Nueva Esparta, donde cursó toda la formación escolar y universitaria. Ese territorio insular terminó convirtiéndose en la base afectiva y cultural desde la cual desarrolló la mirada poética que hoy lo distingue.
En su juventud combinó el trabajo, los estudios y la escritura, y solía registrar en pequeños fragmentos el tránsito cotidiano, la memoria doméstica y el pensamiento sencillo pero profundo sobre la vida. Más adelante obtuvo el título de Licenciado en Educación Integral y la especialización en Derechos Humanos, formación que fortaleció la dimensión ética, comunitaria y reflexiva que atraviesa su obra.
Orígenes y formación
Hijo de Celso Araguallán y Elia Margarita de Araguallán, creció en un hogar que valoró el esfuerzo y la disciplina. En La Vecindad formó su familia junto a Ana Victoria Ríos, con quien tuvo a sus hijos Johan Manuel y Adriana del Valle. Sus primeras influencias literarias provinieron de las obras de Mario Benedetti, Violeta Parra y Paulo Coelho, así como de la poesía insular de José Ramón Villarroel, Jesús Ávila, José Joaquín Franco «Cheguaco» y Carlos Cedeño Gil, este último compañero y amigo cercano.
Trayectoria y obra
Araguallán ejerció durante dieciséis años la labor docente en la Unidad Educativa Nacional Bolivariana José Cortés de Madariaga y, posteriormente, por dos años en la Universidad Experimental del Magisterio «Samuel Robinson». En 2021 emigró a Santiago de Chile junto con su esposa y sus hijos, etapa que consolidó la dedicación plena a la escritura, especialmente a la décima espinela, aunque también cultivó los sonetos, las cuartetas, los poemas libres y las letras tradicionales, algunas de las cuales han sido interpretadas por artistas neoespartanos como Johan Sánchez, El Turpial Tacariguero.
En 2024 publicó Decimando lo vivido, editado y prologado por el poeta y editor venezolano Juan Manuel Ortiz. Esta ópera prima reúne los poemas, las experiencias y las reflexiones que ha venido desarrollando en los últimos años, y representa el primer esfuerzo sistematizado por organizar y preservar su producción literaria.
Estilo poético y características
La voz de Manuel Araguallán se caracteriza por la claridad expresiva, la cadencia rítmica y la valoración de la experiencia cotidiana, elementos que transforman las escenas del terruño, los recuerdos familiares y las preguntas existenciales en materia poética. Su afinidad por la décima espinela le permite enlazar la tradición oral venezolana con una perspectiva introspectiva que aborda la identidad, el conocimiento, la temporalidad y la condición humana.
En Decimando lo vivido, cada texto se convierte en una forma de ordenar lo vivido y de proyectar aquello que lo ha marcado, entrelazando los rostros, las costumbres y las reflexiones que acompañan su trayectoria. Ese equilibrio entre lo popular, lo filosófico y lo afectivo otorga a su obra una singularidad que se distancia de la simple poesía tradicional, pues incorpora la búsqueda consciente de una voz que piensa y canta a un mismo tiempo.
De igual manera, Araguallán concibe la poesía como un medio para preservar la cultura, las palabras y los testimonios de su comunidad. Por ello entiende la décima no solo como una forma estrófica, sino como una herramienta de orden, belleza y memoria, capaz de convertir su legado en un acto de continuidad cultural.
Algunos poemas de la obra de Manuel Araguallán
A continuación, una breve muestra de la obra poética del autor.
«El mar del pensamiento»
I
En el mar del pensamiento
recreo cada experiencia
y cada bella vivencia
con sereno sentimiento.
Lanzo suspiros al viento
al recordar el pasado,
grato tesoro guardado
decorado con valores,
ambientado con olores
y con fino hilo bordado.
II
En el mar del pensamiento
va mi barca a la deriva,
como un ave fugitiva
va luchando contra el viento.
Con preciso movimiento
surca azules senderos
entre sueños majaderos
auxiliados por la luna
y por la luz oportuna
de los brillantes luceros.
«Tengo un sueño»
I
Tengo el sueño de volver
a mi tierra, a mis raíces,
a sus campos, sus matices,
sentir de nuevo el llover.
En sus charcas remover
los recuerdos de mi infancia,
y recorrer con prestancia
cada calle, cada espacio,
de aquel hermoso palacio
que en mi niñez fue substancia.
II
Tengo el sueño de volver
a mi pueblo, mis andanzas,
llevando las esperanzas
de algo poder resolver.
Un proyecto promover
en pro de la juventud,
brindarles a plenitud
estudios, aprendizajes,
sin caretas, sin vendajes,
con amor, con gratitud.
III
Tengo el sueño de volver,
abrazar mi tricolor,
apretarlo con amor,
el pasado disolver.
A mi gente poder ver
sin limitación ninguna,
disfrutar de la fortuna
de gozar de sus placeres,
sus tardes y anocheceres,
bajo la luz de la luna.
«Cuando la pluma se expresa»
I
Cuando la pluma se expresa
muestra su marcado acento
saboreando su momento
con gracia y con sutileza.
Va surcando con fiereza
cada espacio de la hoja,
con la mano no se enoja
por algún error casual,
¿o es que acaso el manantial
reprende al agua que arroja?
II
Cuando la pluma se expresa
abrillanta el pensamiento,
se revuelve el sentimiento
y nace alguna sorpresa.
El escritor no se estresa,
lleva todo con holgura
resaltando la hermosura,
de la letra, de su trazo,
del contacto, del abrazo
del alma con la escritura.
III
Cuando la pluma se expresa
la tinta corre amorosa
y la inspiración se adosa
a su encanto y su pureza.
Con una alegría impresa
se desplaza al magno plano
donde el cerebro y la mano
se enlazan al corazón
y dibujan la ecuación
del alma del ser humano.