Por José Manuel Sarabia Sainz
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Sobreviviste al laberinto de la burocracia. Sobreviviste a la extorsión de la imprenta. Sobreviviste incluso al silencio sepulcral de tu cuñado Paco cuando le regalaste el primer ejemplar y lo usó para calzar la pata del sofá. Le diste al botón de publicar, cruzaste los dedos y esperaste a que el mundo reconociera tu genio.
Pero el mundo estaba ocupado mirando vídeos de gatos. Tus ventas son un oscuro agujero en medio de ningún sitio. Ahí es cuando te das cuenta de que la excelencia literaria no paga las facturas. Guardas el ego en un cajón, te pones el mono de trabajo y bajas al fango del marketing de guerrilla. Descuartizas tu obra magna, esa que te costó úlceras y noches en vela, y empiezas a arrojar pedazos a las fieras.
Cuando el hecho de publicar no basta para que te lean
Subes un capítulo a Wattpad. Cuelgas un extracto en Substack. Abres hilos en redes sociales lanzando tu prosa como quien tira trozos de carne cruda en un estanque lleno de pirañas. Te expones. Y entonces, se abren las puertas del manicomio. Esperabas encontrar lectores silenciosos y agradecidos. En su lugar, te encuentras con la cara más fea de las redes.
La red está plagada de intelectuales en pijama; gente amargada, con demasiado tiempo libre y un talento inversamente proporcional a su mala leche, que no soporta ver a alguien intentando crear algo. Llegan las notificaciones y empieza el linchamiento. «Esto no tiene argumento», sentencia un tipo con un avatar de dibujos animados que no ha pasado del segundo párrafo. «No sabes escribir», añade otro que confunde SIEMPRE «a ver» con «haber». Se inventan críticas de la nada, destripan personajes que ni siquiera conocen y dictan sentencia sobre un libro que no han tenido la decencia ni de abrir.
El insulto fácil que intenta borrar tu esfuerzo
El anonimato es la valentía de los cobardes, y disparar contra el que asoma la cabeza es el futbol de los más catetos de los catetos. Pero luego llega el golpe de gracia. El insulto perezoso de la década. El comentario definitivo para desmerecer todo tu esfuerzo: «Este texto está hecho con IA». Ese duele.
Es una patada directa a las pelotas. Te has pasado meses sangrando sobre un teclado, peleándote a sangre con la sintaxis, dudando de cada adjetivo y dejando que tu salud mental penda de un hilo. Te has dejado los ahorros imprimiendo pruebas y corrigiendo hasta la náusea. Y de repente, un don nadie te acusa de haber apretado un botón para que una máquina haga el trabajo sucio.
Te acusan de que tu sudor es falso. Tiene una gracia perversa, casi macabra. Sobre todo si te has dejado la vida escribiendo precisamente para domesticar esa nueva tecnología, intentando traducirla al lenguaje de la calle para que cualquier hijo de vecino entienda de qué va el futuro. Te has deslomado humanizando a la máquina, y ahora vienen a decirte que la máquina te ha deshumanizado a ti. Pero lee bien, porque esta es la única verdad que importa: “El odio de un idiota es una medalla conseguida a golpe de tecla en tu pecho”.
Cómo convertir el desprecio en visibilidad y ventas
En el mercado de las redes, la indiferencia es la muerte, pero la controversia es, como diría MIA, mi IA, oro puro. Cada vez que uno de estos iluminados te escupe veneno en la caja de comentarios, cada vez que aseguran que eres un fraude o un robot, el algoritmo sonríe y empuja tu texto un poco más arriba. Te están haciendo la campaña publicitaria gratis. Su bilis alimenta tu visibilidad.
Deja que ladren. Deja que se rasguen las vestiduras jurando que eres un impostor. Tú sabes lo que te ha costado cada coma, y el lector de verdad, el que acabe comprando tu libro de tus propias manos porque busca valor y no ruido, también lo sabrá. Usa su veneno como combustible. Si te vuelven a decir que tu texto lo ha escrito una inteligencia artificial, dales las gracias por la interacción y mándales un enlace de compra. Que la rabia, al menos, les cueste dinero.
¿Ya has comprado mi libro? O, al menos, ¿has hecho algún comentario sobre él?