Existe una enfermedad imaginaria y muy conveniente que afecta a la clase acomodada de la literatura: el famoso «bloqueo del escritor». Suena a diagnóstico clínico, a aflicción romántica. Queda muy bien decirlo en una cafetería hipster mientras remueves tu té matcha y miras por la ventana.
La verdad, mucho más sucia e incómoda, es que el bloqueo rara vez existe, lo que hay es cobardía, miedo a teclear basura, o simple y llana pereza.
Escribir empieza cuando desaparece la coartada
Los que se han dejado la piel en este oficio nunca esperaron a que una musa bajara a destaparles el bolígrafo. Operaban con tácticas de supervivencia pura y dura. Tomemos a Ian Fleming, por ejemplo. El tipo no parió a James Bond viendo llover por la ventana de su piso en Londres, lo hizo huyendo. Se refugió en su casa de Jamaica, la famosa Goldeneye, acorralado por el pánico y la presión asfixiante de su inminente boda.
Allí, utilizó la tensión vital como combustible, encerrándose a escribir durante cuatro semanas de frenesí absoluto para escapar de su propia piel. Cuando las ideas no aparecían, se encerraba en habitaciones de hotel anónimas o se obsesionaba con la ornitología, buscando en el rigor de los pájaros la disciplina que le faltaba.
Fleming entendió que la creatividad a veces necesita un entorno hostil para despertar. Pero él no fue el único francotirador que tuvo que usar la fuerza bruta contra su propio cerebro. Si crees que la literatura nace de la relajación, observa los métodos de aquellos que nos precedieron en el duro oficio de garabatear folios.
La disciplina también puede cerrar la puerta
Víctor Hugo no tenía tiempo para excusas místicas cuando el plazo de entrega de Nuestra Señora de París le respiraba en la nuca. ¿Su método para aniquilar el bloqueo? El secuestro voluntario. Le ordenó a su sirviente que guardase bajo llave toda su ropa, dejándole únicamente un enorme chal gris de punto. Desnudo y sin posibilidad de salir a la calle a buscar distracciones, no le quedó más remedio que sentarse frente a la mesa. Se convirtió en rehén de su propia novela. No hay bloqueo que resista a la humillación de no poder cruzar la puerta de tu casa.
Maya Angelou aplicaba una táctica de privación sensorial que roza el masoquismo. Nada de despachos luminosos ni bibliotecas inspiradoras. Alquilaba habitaciones de hotel baratas y sórdidas en su propia ciudad, pagaba por meses y exigía que la gerencia descolgara cualquier cuadro o decoración de las paredes. Llegaba al amanecer y se encerraba en ese cubo estéril, llevando consigo solo un bloc de notas, un diccionario, una Biblia y una botella de jerez. Buscaba el aislamiento total, despojando al entorno de cualquier estímulo para que lo único que quedara vivo en aquella habitación fuera la carne cruda de sus palabras.
No vaciar el pozo antes del amanecer
Y luego estaba Hemingway, el estratega del racionamiento. Su truco para no enfrentarse jamás al vacío de la mañana siguiente era detenerse siempre cuando aún sabía qué iba a pasar a continuación. Dejaba la frase a medias. Dejaba el rastro de sangre fresco en la lona para que, al día siguiente, solo tuviera que seguir el olor. Es un instinto de depredador viejo: nunca vacíes el pozo, deja siempre un trago de agua para arrancar al alba.
Escribir no es un acto de magia, es un ejercicio de extorsión, por ende: tienes que acorralarte a ti mismo. Cuando los callejones de San Bernardo City se niegan a hablarme, cuando el teclado me devuelve una mirada gélida, no me rindo a la excusa del bloqueo, aplico la violencia. Yo mismo fuerzo la puerta de la imaginación hasta que escucho el crujido de los goznes, me obligo a descender a esos gimnasios subterráneos hasta que el aire se vuelve una sopa espesa en mis pulmones. Y sí, tecleo hasta que el teclado empieza a apestar a sudor viejo, a cartílago reventado y al aliento a leche cortada de los que están a punto de perder la vida.
La página en blanco nunca negocia con el escritor
Si no te encierras con tus propios monstruos y tiras la llave por la ventana, nunca escribirás nada que valga la pena leer. El bloqueo es solo el miedo a mancharse las manos, así que despójate de tu ropa, alquila tu habitación sórdida mental y empieza a golpear.
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José Manuel Sarabia Sainz