Las feas máscaras de la fama

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Las máscaras de redes

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En la era de la hiperconexión, las superestrellas viven rehenes de su propia marca personal. Imagina estar atado a una imagen pública impecable, a contratos millonarios y a millones de ojos escrutando cada «Me gusta» que das en una red social. Para escapar de esa presión asfixiante, las celebridades han tenido que desarrollar una táctica de supervivencia en esta despiadada jungla digital: la creación de identidades secretas.

Actores, cantantes y deportistas recurren constantemente a lo que conocemos como Finstas (Fake Instagrams) o Burner Accounts (cuentas «quemador»). Perfiles sin foto verificada, diseñados exclusivamente para recuperar el derecho a ser nadie y poder husmear en la realidad sin ser juzgados. Son muchos los ejemplos y revelan mucho sobre la naturaleza humana.

Celebridades atrapadas por su propia imagen

La cantante Rosalía mantuvo durante meses una cuenta secundaria para poder subir fotos borrosas, sin filtros ni maquillaje, buscando un rincón donde no tener que ser un producto internacional perfecto.

Adele ha confesado que su equipo de relaciones públicas le tiene vetado el acceso a su propio perfil oficial porque postearía de una forma impulsiva; así que opera desde las sombras con una cuenta secreta solo para leer, desde el anonimato, el pulso de la actualidad.

El anonimato y supervivencia digital

Lorde llegó al extremo surrealista de gestionar un perfil anónimo dedicado, única y exclusivamente, a reseñar y puntuar los aros de cebolla que probaba durante sus giras.

Kevin Durant, la gran estrella de la NBA, protagonizó el desliz más humano de los últimos años: un error técnico destapó que utilizaba burner accounts para pelearse con aficionados anónimos y defender su propio honor en internet, discutiendo como un usuario cualquiera.

Cuentas falsas para no enloquecer

Consumo libre de contenido, protección de la marca, salud mental frente a la horda de detractores, o simple y llana autodefensa. Las celebridades necesitan cuentas falsas para no enloquecer.

Pero vamos a dejarnos de estrellas del pop y de deportistas de élite que no le interesan a nadie. Vayamos al salseo literario.

El salseo literario entra en escena

Si hay un gremio que domina el arte de la cuenta falsa, de la identidad de usar y tirar y del espionaje desde las sombras, es el de los escritores. Y, como no puede ser de otro modo, he rebuscado en los contenedores para mostraros los más turbios ejemplos.

En la era de la hiperconexión, las presiones por mantener las ventas, dominar los algoritmos y sobrevivir al escrutinio público han empujado a muchos autores de élite a adoptar las tácticas más sucias. Hoy desvelaremos lo que en el ecosistema digital se conoce como sock-puppetry (usar marionetas de calcetín). Hablamos de la creación de cuentas «quemador», perfiles falsos y avatares anónimos diseñados con un único propósito: alabar la propia obra y cortarle la yugular a la competencia. Va a ser divertido.

Sock-puppetry y guerra sucia editorial

Lejos del thriller y la novela negra, donde se supone que los autores solo narran crímenes en la ficción, varios pesos pesados han sido cazados con las manos manchadas de sangre digital.

Si crees que la envidia es un pecado de escritores novatos, observa el caso de R.J. Ellory. Autor británico de novela negra aclamado por la crítica, traducido a decenas de idiomas y con ventas millonarias. Desde fuera, el éxito personificado. Desde dentro, un tipejo consumido por la inseguridad.

R.J. Ellory y las reseñas falsas

En el año 2012, Ellory fue desenmascarado tras llevar una década operando una red de cuentas falsas en plataformas como Amazon. No utilizaba sus perfiles anónimos únicamente para masajear su ego, dándose a sí mismo reseñas de cinco estrellas con textos que hablaban de su «magnífico genio» o asegurando que sus libros «deberían ser lectura obligatoria». Eso habría sido patético, pero inofensivo.

Ellory cruzó la línea.

Cuando el ego ataca a la competencia

Usaba esas mismas identidades falsas para hundir a la competencia. Se dedicaba a escribir reseñas destructivas, calificando con una sola estrella las novelas de sus rivales directos en las listas de ventas, como los autores Mark Billingham o Stuart MacBride. Cuando otro escritor rastreó su huella digital y expuso el entramado, Ellory no tuvo más remedio que publicar una carta de disculpa, admitiendo que el pánico a perder su posición lo había empujado a jugar sucio.

Stephen Leather y la red de identidades falsas

Stephen Leather, otro gigante del thriller y uno de los autores más vendidos en formato digital, llevó la táctica un paso más allá: no solo usaba perfiles falsos, sino que alardeaba de ello.

Durante un panel en un prestigioso festival de novela negra, Leather admitió abiertamente frente al público y a otros escritores que había construido una «red» de identidades falsas en foros y redes sociales. Su objetivo era generar ruido artificial alrededor de sus propios libros.

Pero cuando se rascó bajo la superficie, la historia reveló un nivel de podredumbre moral mucho mayor. Se descubrió que Leather utilizaba sus cuentas anónimas en redes sociales para ejercer el ciberacoso. Llegó al extremo de crear perfiles suplantando la identidad de escritores aficionados o lectores que habían osado criticar su obra, usándolos para humillarlos públicamente y, en un giro de cinismo, promocionar sus propias novelas a través de esas cuentas secuestradas. Actuaba como el matón del patio, escondido detrás de una careta.

Ciberacoso literario detrás de una careta

¿Te parece patético? Pues sigue leyendo.

Te presento el caso que elevó la mentira a la categoría de enfermedad mental.

Dan Mallory, el autor detrás del superventas mundial “La mujer en la ventana” (firmado bajo el seudónimo A.J. Finn), no se conformó con usar cuentas falsas en internet; se inventó una vida entera para manipular a la industria.

Dan Mallory y la vida inventada

Mallory utilizaba correos electrónicos falsos haciéndose pasar por su propio hermano. ¿Para qué? Para comunicar a sus editores que él (Mallory) padecía un tumor cerebral inoperable.

Sí, sí. Tal y como lo lees.

Mentiras, victimismo y manipulación editorial

Con esta mierda de técnica del victimismo, justificaba retrasos inaceptables en las entregas de sus manuscritos y se ganaba la simpatía y la indulgencia incondicional de todo el sector. Creó perfiles en redes sociales para interactuar con la industria editorial, construyendo una red de mentiras tan densa, oscura y compleja que, cuando fue destapado por la prensa de investigación en 2019, sacudió los cimientos del mercado literario estadounidense.

Cuando caen las máscaras sociales, el ser humano rara vez se comporta con la dignidad que predica. Y los escritores de éxito, créeme, somos humanos.

La máscara social del escritor exitoso

Detrás de la foto de solapa en blanco y negro, detrás de la biografía oficial cuidadosamente redactada y de las entrevistas en medios de prestigio, se esconde el mismo instinto de supervivencia, el mismo ego voraz y la misma agresividad que encontrarías en los bajos fondos de San Bernardo City.

Es una dinámica que conozco bien y que nutre el núcleo de mi propio universo narrativo. En las calles que construyo, pobladas por perros con muy mala leche, no hay moralidad fingida. Un perro no saca la lengua y menea la cola mientras planea cómo morderte por la espalda

Literatura, redes sociales y territorio hostil

Los escritores de éxito, en cambio, han aprendido a sonreír en las firmas de libros mientras afilan los cuchillos en internet. Las redes sociales nos han demostrado que la literatura se ha convertido en un territorio hostil donde, si no estás dispuesto a defender tu terreno, alguien con un perfil falso y una cuenta de correo inventada te va a joder sin ningún remordimiento.

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