Aureliano Olivares: un actor venezolano que ha encontrado un territorio creativo en la escena teatral de Buenos Aires

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Aureliano Olivares

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Aureliano Olivares se ha convertido en una de las presencias más activas y visibles del teatro venezolano en Buenos Aires. Su irrupción en la escena porteña no es casual, ha llegado precedida por años de formación, de exploraciones múltiples y de un largo trayecto migratorio que lo obligó a reinventar su relación con el oficio hasta encontrar una estabilidad artística fuera de su país. Hoy, Olivares combina actuación, dramaturgia, dirección, canto y producción con una disciplina que ha sostenido incluso en momentos de quiebre personal y desarraigo.

Su recorrido antes de llegar a Argentina incluye vivencias profundas en Caracas, Ciudad de México, Monterrey y el Gran Área Metropolitana de Costa Rica. En esos espacios —muchos de ellos atravesados por la soledad, el duelo migratorio y la urgencia de sobrevivir—, Aureliano desarrolló trabajos en marketing digital, periodismo, contenido web e incluso entrenamiento de inteligencia artificial. Fueron experiencias duras, que lo alejaron temporalmente del teatro, pero que terminaron nutriendo su mirada creativa y su escritura, al punto de que varias de sus obras actuales nacen de ese tránsito emocional y geográfico. 

Orígenes y formación: un actor que creció entre museos, música y escena

Olivares nació en un entorno donde la cultura era parte de la vida cotidiana. Su infancia estuvo marcada por los espacios de la antigua Galería de Arte Nacional y por la Cinemateca Nacional de Caracas, donde descubrió un cine que lo formó desde muy temprano. El teatro también lo acompañó desde niño: creció viéndolo, respirándolo, escuchando los procesos, porque sus padres estaban vinculados a la escena y le enseñaron la ética del oficio.

Participó en montajes infantiles como Érase una vez un pueblo y El Calibirrinae, mientras se formaba en canto con agrupaciones como los Niños Cantores de Mérida. Esa mezcla entre música y dramaturgia se convirtió en un cimiento que con los años se manifestaría en su salto al teatro musical. Más tarde, en la Universidad Central de Venezuela, estudió Artes y profundizó en cine, escritura y actuación, participando en montajes universitarios como Los Números, además de dirigir y protagonizar su primer cortometraje de ficción, Carretera 58.

Una carrera atravesada por los desplazamientos

Durante dos décadas, Olivares trabajó en comunicación, periodismo y marketing digital sin abandonar del todo la actuación. En Caracas participó en piezas como Crema Paraíso y 33 La galaxia X, y colaboró en proyectos televisivos como El Hato para Televen. También actuó en campañas publicitarias para marcas venezolanas de amplia presencia nacional.

Durante su migración a México y Costa Rica, se alejó del teatro y vivió una reinvención profesional y adaptación intensa. Aunque perdió momentáneamente contacto con el escenario, esas experiencias dieron origen a ideas que luego se transformaron en textos y personajes.

El actor en Buenos Aires disfrutando de un mate
El actor en Buenos Aires disfrutando de un mate

En 2023 regresó a Caracas con un impulso creativo renovado. Estrenó Espantados y Plátano en Alquiler en Microteatro Venezuela, y trabajó junto a directores como Daniel Uribe, Marcos Purroy y Jayler Romero. Ese reencuentro con las tablas fue una especie de regreso a casa, una reconexión con sus raíces formativas que preparó el terreno para su salto a Argentina.

Buenos Aires: el reencuentro estable con el escenario

A finales de 2024 se instaló en Buenos Aires junto a su familia, un factor que él mismo reconoce como decisivo para su estabilidad emocional y profesional. A diferencia de sus migraciones previas, donde debió enfrentar la soledad y el desarraigo, en esta etapa el acompañamiento familiar se convirtió en un motor, incluso económico, para que continuara en el teatro y no abandonara su camino artístico.

La primera obra que hizo en Argentina fue El gitano de París, dirigida por Andy Nor. Fue su primer montaje fuera de Venezuela y, también, una prueba de adaptación artística en un entorno nuevo. Más tarde presentó Mi novio Héctor, escrita por él y dirigida a distancia por Keiber Orellana desde Caracas. La obra no solo significó un reto actoral —por la intimidad emocional y física que exigía el personaje— sino también su primera experiencia reciente como productor y dramaturgo en territorio argentino.

El salto al musical: una deuda que se convirtió en impulso creativo

En 2025 debutó en el teatro musical con Santo Grial, pero no como parte de un elenco seleccionado, sino desde un taller de montaje al que decidió unirse voluntariamente. Él mismo lo explica: le faltaban dos cosas por explorar en el teatro —Shakespeare y el musical— y Buenos Aires, al ser una capital mundial del género, le ofrecía la oportunidad perfecta para asumir ese reto.

Se integró a la academia Hay Elenco y trabajó todo el año en canto, actuación y coreografía, siendo el baile su mayor desafío. Allí encontró un nuevo espacio de aprendizaje que ya comenzó a trasladar a su escritura: actualmente desarrolla un musical propio y planea integrarse a más montajes del género.

Presente y proyecciones: una expansión constante

Aureliano sigue moviéndose entre el teatro, la publicidad y los proyectos audiovisuales. Se prepara para la segunda temporada de Mi novio Héctor, trabaja en dos nuevas obras —una comedia de su autoría y un drama cuya producción asumirá apenas obtenga los derechos— y participa en castings para publicidad, área en la que recientemente logró su primer comercial en Argentina.

Además, desarrolla un documental que actualmente se encuentra en etapa de financiamiento, y tiene la mirada puesta en las plataformas de streaming, donde aspira a participar en series y producciones internacionales.

Entrevista con Aureliano Olivares Centeno

Procesos personales y artísticos: una conversación con Aureliano Olivares Centeno

Tras repasar los proyectos recientes de Aureliano y hablar en profundidad sobre su vida cotidiana en Buenos Aires, se abrió un espacio para abordar los procesos íntimos que han marcado su recorrido artístico. El actor compartió, entre anécdotas y silencios, momentos de incertidumbre y miedo, así como aprendizajes y descubrimientos que han sostenido su carrera a lo largo de migraciones y estrenos.

El actor en escena
El actor en escena

En este contexto, las siguientes preguntas surgieron durante la conversación cercana con Aureliano, permitiendo un acceso más profundo a su perspectiva sobre el oficio, la migración y los desafíos personales que enfrenta en su día a día.

Olivares, tú y yo sabemos que has pasado por varias ciudades antes de llegar a Buenos Aires. ¿Qué sientes que te dejó cada una de esas experiencias en tu manera de crear y en la forma en que hoy te paras en escena?

Antes de llegar a Buenos Aires pasé por varias ciudades: Ciudad de México, Monterrey y Heredia, en Costa Rica. Cada uno de esos procesos migratorios —ya van tres— fue accidentado y marcado por las circunstancias que todos conocemos respecto a Venezuela. En México y Costa Rica estuve bastante alejado del teatro. Trabajé en marketing digital, creación de contenidos para páginas web y entrenamiento de una inteligencia artificial para la redacción de artículos y noticias. Fue una etapa dura: mi familia se quedó en Venezuela, y en Ciudad de México me costó adaptarme al clima y a la soledad.

En Costa Rica la transición fue más llevadera porque estaba mi hermano, aunque no fue sencillo. Aun así, **todas esas experiencias me nutrieron**. Mucho de lo que escribo hoy surge de ese tránsito por esas ciudades. Durante mi tiempo en México también atravesé el período del COVID, lo que complicó aún más la adaptación, pero es parte de lo que me formó. No reniego de nada: fueron experiencias valiosas que moldearon la versión de Aureliano que finalmente llegó a Buenos Aires en 2024.

Antes de instalarme aquí, pasé nuevamente por Caracas con la intención clara de volver al teatro, de regresar a mis raíces. Estudié Artes en la Universidad Central de Venezuela y llevaba años lejos de las tablas. Entre 2023 y 2024 tuve un movimiento teatral muy intenso, hasta que otra vez, por circunstancias inesperadas, tuve que emigrar. La decisión fue tan abrupta que incluso debí renunciar a un montaje en el que estaba en escena para poder venirme. Ha sido una de las decisiones más difíciles de mi vida, pero era necesario.

Cuando llegaste a Argentina estabas reorganizando muchas cosas a nivel personal. ¿Qué encontraste en el teatro porteño que te hizo sentir que podías respirar otra vez dentro del oficio?

Cuando llegué a Argentina estaba reorganizándome para volver al arte y vivir de él. Una de mis primeras acciones fue sumarme a Refugio Latinoamericano, un proyecto dirigido por Maximiliano Mendoza y orientado a la comunidad migrante. Allí realicé trabajos periodísticos, y mi primera entrevista —recién cumplido un mes en el país— fue a Pablo Ocanto, director venezolano radicado en Buenos Aires desde hace ocho años.

Sin saberlo, Pablo se había convertido en una referencia para muchos teatreros venezolanos que contemplaban migrar a Argentina. Conversar con él fue revelador. Le pregunté si el teatro lo había ayudado a atravesar el duelo migratorio y respondió con una sinceridad que me marcó. De hecho, titulé la entrevista con una frase suya: «El teatro salva». Venía justo de un proceso de reencuentro con el oficio, y hablar con él fue como encender una luz. Desde entonces tuve la certeza de que debía insistir en el teatro y seguir buscándolo.

Las oportunidades comenzaron a aparecer de inmediato. A la semana de haber llegado me postulé para un casting teatral. Audicioné un sábado, en pleno invierno, y a los pocos días me escribieron para ofrecerme el personaje. Acepté sin dudar. Haber llegado y poder continuar casi de inmediato con lo que hacía en Caracas fue una de las mejores cosas que me han ocurrido.

Siempre has tenido esa mezcla de cine, canto, teatro de calle, piezas íntimas, humor y ahora musical. ¿Cómo haces para que todo eso conviva sin que te fraccione como artista?

Siempre he estado dividido entre el cine, el canto, el teatro, el humor y la producción. Esa multiplicidad solía angustiarme: quería concentrarme en una sola área y terminaba haciendo varias a la vez. Con los años entendí que esa supuesta dispersión forma parte de mí y que lo mejor era aprovecharla. He aprendido a organizar mis procesos para que esa energía no se convierta en caos, y en eso me ayudó mucho mi experiencia en marketing digital, especialmente en agencias donde el orden de los flujos de trabajo es esencial.

Durante un tiempo cuestioné haber dedicado tantos años al marketing, pero este reencuentro con el arte me hizo ver que nada de eso fue inútil. Hay un componente creativo muy fuerte en el marketing digital, y comprender sus dinámicas me ha servido para organizar mi vida laboral y mis tiempos como artista.

Ahora convivo con esa multiplicidad sin conflicto. A veces estoy haciendo una cosa y pensando en tres más, pero ya no lo vivo como un peso, sino como parte natural de mi proceso. Y creo que el regreso al teatro tuvo mucho que ver con esa reconciliación. Hacer teatro es jugar. Es un juego serio, sí, pero un juego al fin. Volver a ese espacio lúdico me permitió integrar todo sin fracturarme como artista.

 

Entre El gitano de París y Mi novio Héctor te vemos saltando de un registro a otro mientras debutas en Santo Grial. ¿Qué te está pidiendo cada montaje y qué te está enseñando?

El gitano de París fue un aprendizaje en todos los sentidos. Era la primera vez que hacía teatro fuera de Venezuela; en México no se dieron las condiciones y en Costa Rica recién se estaban reactivando los espectáculos después del COVID. Por eso, este montaje fue mi primer encuentro real con el trabajo de elencos y directores fuera del país. Observar otros modos de creación ya fue, por sí mismo, un aprendizaje. El proceso de ensayo fue completamente distinto a lo que conocía y, en algunos momentos, no entendía del todo la dinámica. A mitad del trabajo suelo atravesar esa etapa en la que me pregunto qué estoy haciendo allí, pero después, cuando me comprometo por completo con el proyecto, aparece el disfrute, el juego y toda la enseñanza que deja cada experiencia.

Representación de El gitano de París junto a Lautaro Astegiano
Representación de El gitano de París junto a Lautaro Astegiano

Luego llegó Mi novio Héctor, una obra que comencé a escribir en 2014, durante mi primera estancia en Ciudad de México, cuando estaba dirigiendo unos documentales entre esa ciudad y Monterrey. La empezaba y la dejaba, una y otra vez. Primero intenté desarrollarla como novela, después como guion de cine y, ya en 2022, en Caracas, comencé a abordarla como obra teatral.

Estando en Argentina, mientras entrevistaba a Lautaro Astegiano para *Refugio Latinoamericano*, me di cuenta de que él era el actor ideal para uno de los personajes. Mi proceso creativo suele partir de escribir pensando en intérpretes concretos, y creo que me costaba llegar al final de la obra porque no tenía la imagen del otro protagonista. Una vez que vi a Lautaro en escena, todo encajó. La fábula estaba clara desde el inicio —una historia recogida de la vida misma, como suelen decir los profesores de dramaturgia, que somos espías atentos a lo que pasa alrededor—, pero me faltaba ese rostro para completar el rompecabezas.

Con el elenco definido, escribir el final fue sencillo. Entonces tomé la decisión de producir mi primera obra aquí en Argentina, asumiendo el rol de productor y dramaturgo. Una vez que todo estuvo finalmente alineado, el proceso fluyó con naturalidad.

Vamos a hablar de Mi novio Héctor. Sabes que la obra ha movido comentarios, sobre todo entre venezolanos. ¿Cómo has sentido tú ese impacto desde adentro?

Mi novio Héctor me permitió aprender, como productor, cómo funciona el teatro independiente en Buenos Aires. El proceso tuvo momentos dolorosos porque, aunque estaba trabajando en El gitano de París, seguía temiendo caer nuevamente en un período de inactividad escénica. Ese miedo me llevó a acelerar un poco la producción del montaje, pero en lo artístico fue profundamente satisfactorio.

La obra me exigió cosas que nunca había hecho en el teatro, especialmente escenas íntimas. Había tenido escenas de besos antes, pero no del nivel de exposición emocional y física que implicaba Mi novio Héctor. Entregarme así en escena fue una experiencia completamente nueva.

También asumí una doble función compleja: productor y actor. Ya había trabajado así, pero con equipos de producción más amplios y con personajes menos demandantes. Esta vez me tocó llevar la cabeza del proyecto, aun contando con el apoyo de Mayra, mi esposa, que suele producir el 99 % de mis trabajos. Equilibrar el rol del productor —que necesita controlarlo todo— con el del actor —que debe soltar y confiar— fue un reto intenso. Cuando un actor intenta controlar la escena, termina logrando lo contrario.

Aun con ese estrés, la experiencia fue muy enriquecedora. Quedamos, como decimos en Venezuela, “picados” con el resultado de la primera temporada. Todo el equipo coincidió en que debíamos hacer una segunda, para pulir lo logrado y ofrecer el espectáculo con la calidad que realmente buscamos.

En escena hay afecto explícito entre dos hombres y tú interpretas a uno de ellos siendo un hombre casado fuera del teatro. ¿Cómo viviste esa preparación y cómo manejaste las reacciones que vinieron después?

Sabía desde el principio que Mi novio Héctor iba a generar comentarios, y en cierto modo lo propicié. Mi formación en marketing me hizo entender que era inevitable que la gente hablara, y que incluso podía ser útil para mover la conversación alrededor de la obra. A nivel personal no tuve mayor impacto: estaba muy claro en lo que estábamos haciendo y en la naturaleza del personaje.

Sí hubo algunos comentarios en redes sociales que me descolocaron, pero tener a Mayra —mi esposa— dentro del equipo de producción me permitió sobrellevarlos sin quedarme enganchado emocionalmente. Su presencia fue un sostén fundamental. Sabíamos que habría reacciones porque en escena hay afecto explícito entre dos hombres y yo soy un hombre casado fuera del teatro; era lógico que despertara curiosidad y opiniones.

En cuanto a la preparación, no fue muy distinta a la que realizo con cualquier otro personaje. Al ser una obra escrita por mí, Mayra suele formar parte del proceso creativo y del equipo de producción, así que el acompañamiento fue el mismo que en otros proyectos. Lo que sí implicó un reto adicional fue la planificación de las escenas íntimas entre dos hombres. Ese trabajo se hizo más llevadero gracias a la guía del director, Keyber Orellana, y al apoyo de Mayra, que ayudó a que todo tuviera un marco seguro y profesional.

Además, ya venía trabajando con Lautaro desde El gitano de París, y habíamos desarrollado una muy buena química escénica. Sabía que, si había alguien con quien podía abordar este nivel de intimidad en escena, era con él. La confianza mutua hizo que todo el proceso fuera mucho más sencillo.

Parece que el ruido más fuerte viene del sector más machista de la comunidad venezolana. ¿Qué te ha llegado de esos comentarios y qué piensas cuando escuchas ese tipo de opiniones?

Lo que ocurrió fuera del escenario no me sorprendió. Efectivamente, el ruido más fuerte vino del sector más machista de la comunidad venezolana. A Mayra comenzaron a preguntarle insistentemente por mi orientación sexual y por “lo que estaba pasando”, como si la obra fuese un reflejo directo de mi vida.

En medio de ese ruido, llegué a comentar en un grupo de WhatsApp algo que sigo pensando: en El gitano de París y Mi novio Héctor interpreto personajes homosexuales, pero mis dos últimos trabajos en Venezuela antes de emigrar fueron completamente distintos. Allí representé a golpeadores de mujeres, abusadores y violadores; incluso interpreté a dos personajes con esas características en simultáneo, alternando funciones. Y, sin embargo, en ese momento nadie expresó preocupación por Mayra ni por lo que esa representación pudiera significar.

Me pareció irónico —y revelador— que esos roles violentos no generaran inquietud, mientras que ahora, al interpretar personajes homosexuales (y en el caso de Mi novio Héctor, un personaje romántico), surgieran dudas sobre mi vida personal. La moral selectiva de ciertos sectores resulta casi cómica.

Al final, los actores no son los personajes. Representamos historias, con sus verdades escénicas y sus ficciones, pero eso no define nuestra vida fuera del escenario. Lo curioso es que la violencia dramatizada no levantó alarmas, y el afecto entre dos hombres sí. Esa asimetría dice mucho más de quienes opinan que de lo que ocurre realmente en mi vida familiar o profesional.

¿Qué te ha significado interpretar a un personaje homosexual desde la responsabilidad artística? ¿Qué crees que aporta la obra a las conversaciones sobre diversidad dentro de la diáspora?

Interpretar a un personaje homosexual ha sido una gran responsabilidad. Una de mis mayores preocupaciones al conceptualizar la obra era que el texto o mi interpretación resultaran inverosímiles. Temía que no fueran creíbles, que sonaran falsos, y esa inquietud era aún mayor porque también soy el autor. Por eso reescribí tantas veces el material: necesitaba sentirlo real. La obra es naturalista y debía sostenerse en una verdad escénica sin artificios.

Encontrar esa autenticidad tuvo mucho que ver con el director, Keiber Orellana, con quien ya había trabajado en Caracas. Desde el principio supe que él era quien podía aportar la capa de realidad que la obra necesitaba, incluso estando en países distintos mientras la pieza tomaba forma. Y, por supuesto, Lautaro: entre Keiber y él lograron darle al montaje esa honestidad que yo buscaba.

Ambos —Keiber y Lautaro— son homosexuales y hablan del tema con total apertura. Relacionarme con ellos y observar su manera directa y honesta de abordar estas experiencias me ayudó a comprender mejor el proceso. La primera lectura que hicieron del texto fue una prueba de fuego para mí. Necesitaba ver sus reacciones, porque eran ellos quienes podían decirme si lo que yo había escrito tenía verdad o no. Hubo una escena en particular en la que ambos reaccionaron de la misma manera, y en ese momento supe: “Sí, esto funciona. Esta obra es honesta”.

La responsabilidad artística es enorme porque no quería caer en una caricatura ni en una representación superficial de una historia de amor entre dos hombres. Mi objetivo siempre fue construir un relato respetuoso, verosímil y profundamente humano, que aportara a la conversación sobre diversidad en la diáspora con una mirada sincera y responsable.

Tu familia está contigo en Buenos Aires. ¿Cómo ha sido equilibrar ese espacio personal mientras atraviesas un momento tan activo profesionalmente?

Sí, mi familia está conmigo en Buenos Aires, y eso ha marcado una diferencia enorme respecto a mis experiencias migratorias anteriores. Estar reunidos ha sido incomparable. Siempre que alguien me pregunta si debería migrar, respondo lo mismo: si es posible, háganlo en familia. Esa idea de que uno se va primero y luego llegan los demás puede funcionar para algunos, pero para mí la unidad familiar es esencial. Solo cuando estuve lejos entendí realmente lo que significa contar con su afecto y su presencia.

Tenerlos aquí ha sido fundamental, no solo en lo emocional sino también en lo profesional. Son ellos quienes me han impulsado a seguir desarrollando mi camino artístico. Mis hijos, que ya tienen 22 y 20 años, han sido un apoyo constante: en más de una ocasión financiaron mis proyectos para que no abandonara el teatro y me recordaron cuál era mi verdadero objetivo. Incluso trabajamos juntos en un restaurante acá en Argentina a finales de 2024, y al verme agotado entre los turnos nocturnos y los ensayos, mi hija me dio un ultimátum: renunciar y priorizar el teatro para no colapsar.

Soy un privilegiado en ese sentido. Sin su apoyo —emocional, económico y moral— no estaría donde estoy hoy. No me habría atrevido a asumir desafíos como unirme al montaje de *Santo Grial* ni a vivir con tanta entrega este momento tan activo de mi carrera en las artes escénicas. Mi familia ha sido, y sigue siendo, el motor que sostiene todo.

Después de todo lo que has hecho en este último año, ¿qué te gustaría explorar ahora? ¿Viene algo nuevo en dramaturgia o estás apostando más por la música y los escenarios porteños?

Después de este 2025 tan intenso, que cerró con Santo Grial y mi debut en el teatro musical, ya tengo bastante definido lo que quiero explorar en 2026. Lo primero es la segunda temporada de *Mi novio Héctor*. Esta vez será un proceso mucho más maduro y tranquilo, sin la ansiedad que tuve al inicio por miedo a quedar fuera del escenario. Ahora lo afronto con claridad y calma.

Es muy probable también que me sume a otro proyecto de teatro musical con la gente de  Hay Elenco, porque la experiencia fue profundamente gratificante. De hecho, entre los textos que estoy escribiendo en este momento hay un musical. Un compañero del elenco de *Santo Grial* me dijo algo que se me quedó grabado: “El teatro musical es una calle de la que no te puedes devolver: una vez que entras, te atrapa”. Y es cierto; estoy completamente prendado del género y quiero seguir formándome en él. Siento que estoy empezando un camino nuevo y emocionante, casi como un aprendiz, descubriendo lo que implica construir un personaje cuando intervienen texto, canto y coreografía. Hubo momentos en los que pensaba: “¿Qué hago yo aquí metido en esto?”, pero la sensación de crecimiento fue invaluable.

Además, tengo dos proyectos teatrales en preproducción. Uno es una comedia de tres personajes que escribí y que Mayra y yo estábamos preparando antes de emigrar; ahora estamos retomándola. En ella interpretaré uno de los papeles. El otro proyecto es un drama —ese no lo escribí yo— que quiero producir apenas terminen de liberarme los derechos del texto. Cuando avance más, podré contar detalles.

También seguiré trabajando en publicidad, algo que nos ayuda a los actores a sostener la vida diaria. Justo mientras me enviabas esta entrevista estaba saliendo de una prueba de vestuario para mi primer comercial en Argentina. Es una oportunidad enorme. En México estuve cerca varias veces, pero mi estatus migratorio siempre lo complicaba. En Buenos Aires, en cambio, he podido hacer castings, teatro y ahora publicidad, lo que ha sido un privilegio.

Otra de mis metas es entrar en el mundo de las plataformas: hacer series, participar en producciones para streaming. Es una de las puertas que quiero abrir.

Y, además, estoy trabajando en la producción de un documental. Estoy en la fase de búsqueda de financiamiento —que siempre es la parte más difícil—, pero una vez que ese apoyo aparece, el proceso fluye con mucha más libertad.

En resumen, lo que viene es más dramaturgia, más musicales, más presencia en los escenarios porteños, publicidad, proyectos audiovisuales y la construcción de un documental. 2026 será un año de exploración y crecimiento en todas esas direcciones.

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